Cosas de Sergio Berrocal

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Me gustaría ir y venir. Ir a cualquier sitio, el cualquier autobús que se parara frente a mi casa con un conductor que no supiera ni de donde venía ni a dónde iba. Porque, ¿qué interés tiene saber adónde se va y de donde se viene? Todos nacemos en un lugar que nadie ha designado y morimos en un sitio que no tiene el menor interés. Hay más vida en cualquier pasajero que sube o baja de un autobús que en la del pasajero de un avión trasatlántico. El que se sube en un autobús descubre olores, colores, personas, menos personas, pueblos por los que nadie le mandaba ir y al final llega a un lugar determinado con un nombre que solo los inventores saben por qué se llama así. Estoy convencido de que ocurren más aventuras en un pueblecito perdido donde nunca has puesto los pies, que no conoces de nada, donde no tienes nada que hacer, que en una ciudad como Nueva York o París donde ves monumentos que no te dicen nada y que has contemplado mil veces en las tarjetas postales. Un día de hace mil años, de cuanto yo creía en la vida, viajé a Nueva York, aprovechando una escala de México, simplemente para ver y tocar los taxis amarillos que habían formado parte de mi infancia cinematográfica. Porque aunque la gente crea lo contrario, tenemos dos vidas, la absurda y aburrida de todos los días en que te levantas, sales, entras, haces ciertas cosas repetitivas que no tienen mayor interés y la que vivimos en el cine, aunque hayas visto la película doce veces. La magia de la imagen que sale de una pantalla pegada contra una pared es diferente de la realidad en la que nos revolcamos como guarros mal criados todos los días. Somos diferentes dentro de un cine y fuera. La gente come palomitas o chupa un refresco cuando va a empezar una película porque ha entrado en otra dimensión.

Cuando la película ha terminado y has salido a la calle, ¿a quién se le ocurriría darse una indigestión de esas horrendas palomitas que, además, cuestan casi más que la entrada del cine?.Todo estas disquisiciones que no sé a dónde conducen vienen a cuento porque el otro día vi por vicio “El tercer hombre”, una película, la de la musiquilla de guitarrilla averiada que dan ganas de estrangular al autor, y salí de mi salón perplejo. Eché de menos unas palomitas y una botella de güisqui.

Porque resulta que se considera oficialmente, muchos de los que pensaban así estarán muertos, mejor para ellos, que El tercer hombre está considerada como una de las mejores películas del mundo. Es cierto que se rodó en 1949 y que entonces no había demasiado cine popular. Lo único interesante que tiene este film es la presencia de la actriz Alida Valli, una de esas mujeres a las que luego nos acostumbró el cine italiano. Pero la película en sí es una de las grandes estafas que se han perpetrado en el cine mundial cuando Hollywood todavía no tenía visado para traernos sus mejores producciones a Europa. No tiene ni pies ni cabeza. Joseph Cotten parece su primo hermano perdido en una película de Charlie Chaplin. A Orson Welles, tan delgaducho y poquita cosa dan ganas de arrojarlo desde lo alto de la rueda de la maldita feria que tampoco sabes muy bien qué hace ahí. Porque 1949 pertenece a la postguerra en Europa, cuando el hambre corría como las ratas y el interés por una pseudo intriga policíaca que no se entiende, y que a nadie le importa, dan ganas de ahogar al director, Carol Reed, con palomitas asustadas por la película.

Claro que ir al cine es como meterte con los ojos cerrados en uno de esos autobuses que me hacen soñar. No saben adónde te llevarán ni cuando te traerán.Pero pese a eso, pese a la estupidez de la argumentación inexistente de El tercer hombre, sigo preparando mis bártulos para un día de estos embarcarme clandestinamente en uno de esos autobuses que hacen escala en mi isla africana y probar fortuna. Pero, por Dios, que no me encuentre a Orson Welles que va en mi misma dirección, ni a Joseph Cotten que parece haber pasado hambre durante toda su infancia. Somos como somos. Farsantes, embusteros, sacatripas. Nos dejamos llevar por lo que nos dicen. Pero se me ocurre algo mejor. ¿Y si en lugar de subir educadamente al autobús lo atraco y lo llevo por caminos fuera de la geografía del mapa. Pero siempre me da miedo Client Eastwood con su Smith Wesson y la chulería de preguntarte si sabes cuántas balas has disparado. Lo mejor será quedarme en mi terraza viendo pasar las gaviotas, que últimamente están de muy mal humor.

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