Periodistas cuabanos

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Me consta, aunque me molesta un poco, que lo que les voy a contar les importa un bledo, dos bledos o hasta mil bledos. Se habla de la prensa cubana generalmente como de una fuente de propaganda para la revolución cubana, y lo es. Pero nadie, que yo sepa y fuera del Caribe, ha escrito nunca que Cuba tiene periodistas de tanto valor como los de otros países. Salvo que tienen que ser más listos porque la censura ellos la padecen aunque no lo quieran admitir. Porque, oiga, entendámonos, periodista no es solo el que da una noticia: “El avión partió a las 12.40”. Periodismo es saber hacer de las cosas que ocurren, poesía o por lo menos un cuento que tal vez le gustaría hasta Tolstoi. He leído algunos libros de tipos que podían llamarse cronistas, periodistas, escribidores o como a ustedes les de la gana. No voy a cometer la desfachatez de citarles a Lezama Lima y a otros cuantos que se enseñan en las escuelas. Para escribir, para saber escribir, hay que tener una culturita, saber el valor de las palabras, cómo se forman las palabras y dónde hay que ponerlas. Toda una religión con muchos padre nuestros, ave marías y algo de glorias. Yo le daría unos cuantos ejemplos de compañeros cubanos, sí, los del cha cha cha, sí, los del mambo, que me han enseñado muchas cosas en el arte de escribir. Por ejemplo el de Manolo Somoza o el de Chango. A éste último todo el mundo le conocía así por su apellido bastardo y así va a quedarse en su puñetera tumba adonde nunca tuvo que haber entrado. Yo se lo había advertido. No te asomes a esos sitios que aunque tenéis uno de los cementerios más bonitos del mundo son peligrosos porque entran ganas de quedarse. Y el mal amigo se quedó. Para siempre.

Podría citarles a otros, Carlos Batista, y alguno más pero acabo de escribir una nota sobre el feminismo y estoy agotado. Fidel Castro supo que para que su Revolución triunfase necesitaba un cine de primera clase y gente de pluma todavía mejores. Y los formó aunque nadie le agradeció bastante porque luego entró en juego la política que dice que se puede ser objetivo pero nunca imparcial. Una aberración porque la objetividad no existe y la imparcialidad menos.Se me ocurre otra compañera pero ella siempre me prohíbe citar su nombre pero que escribe como le da la gana y tiene el nombre de pila más sugestivo del mundo. Activen sus meninges, porque nada más que hay una en toda La Habana. La grande, la de las broncas cariñosas y el café a tres dólares, cuando el dólar daba susto.

La Revolución terminó tras sesenta años pero los periodistas quedaron y menos mal porque algunos escriben notas para periódicos extranjeros que de otra forma no sé cómo conseguiríamos saber lo que ocurre en Cuba y de forma bonita fuera de La Habana. Porque todos esos tipos y otras tipas que les cito escriben con el arte de haber aprendido que lo peor que le puede ocurrir a un periodista es aburrir a su lector.

Chango fue durante cuarenta años director adjunto de la Agencia France Presse en La Habana y esta agencia francesa, a la que yo también pertenecí, se distinguía entonces por tener siempre en sus filas a los mejores. Era además el más viejo de los periodistas extranjeros en La Habana, y parecía que iba a durar para siempre, de los que llegaran cuando había que llegar aunque fuese a bofetadas. Había que ser periodista y no importaba si tenías la sangre azul del Conde de París o la sangre roja de Lenin. Pero tenías que escribir honradamente y con mucho arte. Si me pongo a citarles notas suyas les voy a aburrir, pero incluso a ocho mil kilómetros de La Habana se leían en París con jolgorio, porque eran muy buenas, y escritas en una época en la que había que utilizar el talento del escritor para no molestar a ninguna autoridad. Aunque a veces se iba la mano y el Chango sonreía sabiendo lo que andarían diciendo en el ministerio de Relaciones Exteriores.

De Carlos Batista no les cuento nada porque anduvo hombro a hombro con Chango, a menos que mis recuerdos empiecen a fallecer. Ahora anda metido en los medios de comunicación perdidos en lugares extraños por su procedencia de Facebook y tuits que llegan mucho más lejos que la gente puede pensar.

El periodista José Martínez de Souza en el que yo aprendí muchas cosas gracia a su Diccionario General del Periodismo es un tipo extraordinario por su saber pero que no cuadra con mi periodismo de los años 2019 aunque es verdad que él escribió su libro en 1981.

Y fíjense cómo definía una especie que yo y muchos practicamos todos los días aunque sin saberlo. CRONIQUILLA. Crónica de la vida diaria, de sucesos de escasa trascendencia (Suelen publicarse en días en que no hay noticias de mayor importancia). Pese a todo cómprenlo si lo encuentran. Pero es cierto que no tenemos la misma manera de ver las cosas. Ahora que él lo dice, una croniquilla es para mí el summum del relato periodístico, donde se cuenta en pocas palabras, 700 o 1000 la vida del mundo. Amo las croniquillas. Es la crónica que escribimos unas veces a vuela pluma y otras con la paciencia del monje benedictino rellenando una botella de buen licor.

Iba casi a olvidarme de Manolo Somoza, quien, aunque tal vez en Cuba no lo sepa mucha gente, ha escrito un libro, “Crónica desde las entrañas”, que es un fantástico y minucioso relato de la Revolución cubana (una parte, una parte) porque, como casi todos sus compatriotas o al menos una parte importante, estuvo metido en todas las faenas que requería la Revolución que Fidel Castro quería levantar pasase lo que pasase. Las descripciones que hace de las famosas zafras, el corte de la caña de azúcar que no tiene nada de una película musical hollywoodense, de otros trabajos de Hércules más penosos, de los ataques de los norteamericanos…

Es toda una revolución la que él cuenta con mucho talento salvo que se ha parado un seco. Otros menesteres hacen que por ahora esa saga no continúe y que no podamos enterarnos en serio de lo que fue la Revolución hasta la muerte de Fidel Castro, los años esenciales de ese período histórico, cuando él ya estaba metido en el periodismo.

Porque el periodismo cubano, el que hacen los cubanos a veces para publicaciones extranjeras, contiene infinidad de secretos, suficientes para llenar varios libros como el que Ted Szulck, norteamericano por más señas, escribió cuando apenas se conocía nada de Cuba, de Fidel ni de la Revolución. Luego le toco la vez a Norberto Fuentes y a Manolo Somoza.

Pero ni con todos esos libros aprendidos de memoria sabríamos lo que ha sido la Revolución. Manolo terminó su libro, primer capítulo revolucionario, antes de que Fidel Castro muriera. ¿Y todo lo demás?

Algún día sabremos que mucho de las cosas que ahora se saben en Occidente de Cuba es por el trabajo de esos hombres y mujeres a los que les enseñaron que el periodismo era una especie de deber nacional, que ellos eran soldaditos, pero aprendieron solos, leyendo, estudiando.

No quiero decir que todos los periodistas que se forman en Cuba son genios. Los hay malos y peores. Algunos, ya viejos, a los que no se les ha caído el caparazón que a muchos les enseñaron para defenderse de las influencias de la prensa occidental.

Algunos de los mejores artículos que yo he leído sobre Cuba procedían de plumas de periodistas cubanos, no siempre de extranjeros, que, sin embargo, tenían todas las facilidades del mundo.

Si mañana la prensa cubana olvida esa estupidez de decir que el periodismo puede ser objetivo pero nunca imparcial, la prensa cubana estará al nivel de la francesa, alemana, norteamericana o de cualquier otro país.

Ellos se atienen a las órdenes pero conocen perfectamente lo que es periodismo: informar. Y lo demuestran cuando trabajan, la mayoría, para publicaciones extranjeros que no quieren reproducir artículos de Granma, que a ratos pueden producir gastritis aguda.

Son periodistas como todos nosotros solo que han tenido que recorrer un largo camino, buscar mil trucos para hacer pasar cosas que no pasan en la prensa cubana. En eso los hace superiores a nosotros, a los que nos dijeron únicamente CUENTE. A ellos les agregaron CUENTE CON OBJETIVIDAD PERO NUNCA CON IMPARCIALIDAD.

¿Y eso qué puñeta es? ¿Cómo se cuece?

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