Las Guerras de las Galaxias

Mauricio Escuela Orozco | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Inglaterra es, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, un submarino norteamericano frente a las costas europeas. Así lo reflejó Charles De Gaulle en más de una reflexión, quien sostenía la esperanza de un resurgimiento del poderío francés mediante la integración continental. Fue en las islas británicas donde germinó el moderno liberalismo, con la figura de Adam Smith en la economía y la de John Locke en la política, allí también se sentaron las bases de la expansión imperial, las guerras de reparto, el supuesto papel racial del hombre blanco sobre la Tierra. Si en un país no iba a triunfar la izquierda, era en Inglaterra, dominada por un bipartidismo que desde la década del 80 del siglo XX está enfrascado en la construcción del modelo neoliberal impecable. El final de su Imperio colonial, los ingleses lo disfrazaron con la creación de la Comunidad de Naciones Británicas (Commonwealth), un estatuto que aún rige a enormes potencias como Canadá y Australia. Para la Reina Isabel II, estos países siguen sometidos a su mandato como Jefa de Estado, y por ende comprometidos estratégicamente con el sostén del poderío anglosajón sobre el orbe. En cuanto a la alianza con los Estados Unidos, aunque Churchill evitaba su concreción, no le quedó más remedio que darla por imprescindible, si Inglaterra quería conservar su influencia en el globo. La élite de la city de Londres ha jugado, así, al ajedrez geopolítico, entre la Unión Europea y los norteamericanos, entre el recuerdo del Imperio y la Commonwealth.

Pero a la altura del siglo XXI, los ingleses vuelven a cambiar de bando, abandonan las costas europeas y se sumergen en un Brexit o salida que perjudicará a su propia población, pero que tendría beneficios para la élite gobernante. Inglaterra, a pesar de su puesto de potencia y las riquezas que amasa, es uno de los países más desiguales del primer mundo, donde la política sigue controlada por un puñado de potentes magnates de sangre azul e ideología reaccionaria.  Ya no conviene quedarse dentro de la Unión Europea, pues en términos de competencia empresarial ello supone un reto a las firmas británicas frente a las alemanas, así que parece más favorable volver a un micromundo anglosajón donde Londres define las reglas del juego, aunque jueguen pocos. En este deslinde, los ingleses aspiran a retomar el liderazgo mundial que una vez tuvieron, así como ser un peligroso precedente para que otras potencias descontentas salgan del redil de los alemanes, lo cual supondría el final del proyecto europeo.

Para los ingleses, el continente debe ser débil, siempre fue así, desde la Guerra de los Treinta Años en el siglo XVII, que garantizó por doscientos años más la inexistencia de un Estado germánico que pudiere expandirse en el centro de Europa. El sueño de Carlomagno es la pesadilla de Churchill. Inglaterra encarna un poder marítimo con serias dificultades para influir tierra adentro, ya que se basó  precisamente en una condición insular y en la Royal Navy, que durante siglos dispuso de los mejores y más numerosos efectivos, dispuestos a entrar en la acción bélica o ejercer el bloqueo naval. Por tanto, el alejamiento con respecto a la Unión Europea no resulta excepcional, ni raro, sino la continuidad de un proyecto imperialista que ve, en las alianzas mundiales, el aliento que le permitirá respirar durante unos decenios más.

La Commonwealth en si misma pudiera ser el pivote de fuerza sobre el cual establecer un club de naciones británicas, alternativo a Europa. No resulta descabellado pensarlo, ya que si unimos todas esas economías, resultará un peso considerable en el globo (aproximadamente la tercera potencia) y de allí al Imperio hay muy poco. Los países que conforman este grupo conservan las estructuras coloniales, de las que se muestran incluso orgullosos y han luchado junto a Inglaterra en el mismo bando durante las dos guerras mundiales, además de integrar una alianza estratégica permanente. Así que naciones prósperas y unidas por lazos culturales, pudieran muy bien establecer una forma de neo imperio, donde la cabeza visible sea Inglaterra, pero que todos controlarían. Ello contando también con la anuencia y participación de Estados Unidos en su papel de padrino o mecenas, que usaría el nuevo poder colonial a su favor en el orbe.

Y es que la Unión Europea se les hace cargosa a los norteamericanos, que se quieren desentender de la OTAN, demasiado conflictiva, y por ende les vendría bien la aparición de una Inglaterra militarmente fuerte y global, que les sirva de gendarme. En definitiva el proyecto de la Guerra Fría era ese, que los primos británicos llevasen el peso principal en la primera línea bélica contra los enemigos del este. A la vez, el neo imperio les servirá a los norteamericanos como salvoconducto para no pedir permiso a la hora de entrar militarmente, ya que se trataría de una entidad con presencia en las cinco porciones del planeta. De hecho, desde hace mucho tiempo, las bases militares británicas son usadas por Estados Unidos casi como propias, por ejemplo en el Océano Índico.

El Brexit se revela como un proyecto de ganar-ganar para los poderosos, quienes apuestan siempre por metas a largo plazo, de ahí el apoyo bipartidista de los norteamericanos a la salida de Inglaterra de la Unión Europea, pero sobre todo del propio presidente Donald Trump, quien señala que se trata de un asunto para recobrar la soberanía. La saga continúa, en esta película sobre un imperio que contraataca.

 

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