En la tierra como en el cielo

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Era una niña de la montaña cuando su hermano, Paco, ganó la única medalla de oro obtenida por España en los campeonatos de esquí de Sapporo 1972. En 1992, Blanca Fernández Ochoa, su hermana, se adjudicaba de forma casi heroica, con caída al final, la medalla de bronce de esquí para España en Francia. Dos hermanos, dos campeones, dos leyendas.Para entonces, Paco ya no estaba en este mundo. Había fallecido el seis de noviembre de 2006 de lo que se suele llamar una penosa enfermedad.En este mes se septiembre de 2019, muchos años después de que lo hiciera el tan querido hermano, el día 4, le tocaba a ella emprender el viaje hacia el más allá y España ha estado tetanizada durante muchos días por la muerte de Blanca. Su hermano había fallecido de una larga enfermedad que fue un largo duelo para España. Blanca fue encontrada plácidamente muerta en el pico de una montaña, adonde le gustaba ir para dar largos paseos, cerca de Madrid.España cerró casi el mes de septiembre con la pérdida de esta campeona, tanto más apreciada cuanto que España no es un país que se distinga por sus performances deportivas en la nieve. Pero como en toda Europa, gusta presumir de marcas deportivas, de hazañas que se traducen en imágenes con miles de aplausos, sonrisas de ganadores, porque los perdedores no tienen más que la resignación. El mundo no es justo, todos los sabemos. Y en deportes minoritarios como el esquí en un país sin tradición, se prefieren los astros del fútbol que meten goles como millones en sus cuentas bancarias.Después del bronce, Blanca siguió su vida con sus hijos y el resto de su familia en Cercedilla, un pueblo montañés de los alrededores de Madrid donde probablemente desde que ganó aquella lejana y grandiosa medalla de bronce esperaba otra ocasión. Vivía retirada, madre de familia, hermana de sus hermanas y amiga de sus amigas. Una mujer muy sonriente siempre y que parecía lo que en España llaman una buena persona.

Pero la suerte no es precisamente justa. Pasó años esperando otra oportunidad, siempre con el recuerdo del hermano, la gran estrella de Sapporo, clavada en el alma. Dice la gente que era una familia muy unida y querida. Sin embargo, ella debió creer que un día la llamarían y que volvería el griterío de la nieve, en busca de otra oportunidad.La muchacha no hubiese vuelto a los informativos del mundo entero sino es porque hace unos días, el 4 o el 5 de septiembre de este año, salió de casa a dar un paseo por la montaña como acostumbraba hacer cuando le parecía.

Fue el último paseo.Ya nadie volvió a verla salvo un ratito en una tienda, donde sonriente con la sonrisa que le había hecho legendaria, estuvo comprando cuatro cosas, charlando un ratito antes de marcharse hacia los senderos de la montaña, donde dicen que existen las más bellas vistas de la región.Y ya no reapareció más ni por su casa ni por ningún sitio. Se dio la voz de alarma. Equipos de la Guardia Civil y de todas las fuerzas de socorro disponible salieron en su busca. Por casualidad, un perro la vio y llamó a su amo. Dicen, y digo dicen porque el silencio sobre esta desaparición ha sido por una vez casi ejemplar, que Blanca estaba sentada entre dos gigantescas piedras frente al valle que le ofrecía todas las bellezas del mundo, por lo menos las que ella conocía desde que era una niña, desde que empezó a comprender que la montaña era su vida.

Al parecer no tenía daños visibles de haberse despeñado, de haber sido agredida. Estaba simplemente muerta. Y había estado mirando quizá la belleza que la rodeaba.Me pregunto si estuvo recordando la gloria del año 92, acordándose de aquel hermano que llevó al esquí español al cielo. Pero estaba todo tan lejos. Como los picos que durante los días de su desaparición pudo contemplar desde lo alto de su montaña.La bajaron al pueblo y ahí acaba el cuento de una campeona olvidada por señores de altos despachos que deberían de haber tenido siempre presente lo que hizo por el deporte español, ese deporte que en España es la razón de vivir de millones de personas. Porque no se crean, no solo del fútbol viven los españoles. Son forofos de la mayoría de los deportes y la doble hazaña de los hermanos Fernández Ochoa dejó las huellas que suelen dejar las grandes odiseas, las que se leen en los libros, bueno, ahora en los periódicos, porque ya los libros no se leen ni para recordar a Ulises.

El griego regresó a su casa en Ítaca treinta o cuarenta años después de haber salido en busca de la hazaña. Blanca ya no volverá. Pero es posible que algunos piensen como uno, que ha cumplido su objetivo y que al final ganó la medalla de oro que nunca pudo tener entre las manos. Y que en medio de algún Principito juguetón y filosófico, ahora está reunida con su hermano, echando unas risas, las risas del triunfo tardío pero por fin conseguido.

Nadie les verá, me dirán ustedes. Pero qué importa. Hay infinidad de cosas que nos rodean y que no vemos nunca. Existen fuerzas invisibles contra las que nosotros no podemos nada. Y a veces son cosas buenas.Los brasileños están convencidos de que cada uno de nosotros tiene un ángel de la guarda. Reconozco que no los he visto nuca, pero creo en ellos. Porque, con la experiencia de los años, de los vientos y de las borracheras de la vida, llegas a la conclusión de que tiene que existir alguna fuerza que te evite caer en el agujero antes de tiempo. Algo que te ayuda a vivir. Y a morir. Y que entonces, cuando ya se ha acabado todo en este mundo, existe otro en el que siempre te espera alguien querido. Comprendo que quizá esté diciendo tonterías. Entiendo que ni los curas me creerían. Pero si no tenemos esa esperanza de un existir más allá de la muerte, ¿para qué hemos vivido un montón de años de desesperación?

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