La trampa de Chernóbil

Por Mauricio Escuela | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Serruchar piso. Así llamamos en Cuba cierto proceder de quienes ambicionan el puesto de otros, o que simplemente gozan con ver la tristeza y la decadencia ajenas, aunque ello no suponga un beneficio directo y personal. Con la serie “Chernóbil”, la casa productora HBO le serrucha el piso a la nueva Rusia de Vladimir Putin, una potencia militar que se erige heredera del pasado zarista y bolchevique, a la vez que se proyecta como valladar diplomático ante los planes de Occidente para dominar el mundo. Tras la aparente vindicación de las víctimas y la defensa de la verdad informativa y la transparencia gubernamental, HBO oculta una intención geopolítica, un discurso que retoma las viejas armas de la Guerra Fría: la propaganda y el anticomunismo. ¿Que en la Unión Soviética se le mintió al pueblo sobre la gravedad de los hechos en torno al quiebre de un reactor nuclear?, eso nadie lo duda, incluso el propio Gorbachov llegó a reconocer su culpa y la de otros en el mal manejo de la información, lo cual tuvo consecuencias peores, en un desastre nuclear sin precedentes en el mundo. ¿Que la KGB manipulaba a los científicos, intimidándolos a veces, para acallar aquellas verdades incómodas al poder burocrático?, sería ingenuo mirar hacia otro lado, ya que si algo caracterizó los errores de aquel socialismo fue el extremo secreto, injustificado, que impedía que la población se implicara y empoderara en la construcción de sentidos, al punto en que durante la debacle de 1991, nadie salió a defender el proyecto social porque “no había indicaciones desde arriba para hacerlo”.

Lo que HBO calla, reside en el contexto de salida de la serie al mercado y  en el mensaje ideológico que se nos fabrica. La mentira, según la serie, es  consustancial solo al socialismo, ya que las potencias occidentales tienen un “extremo cuidado” a la hora de explotar la energía atómica. De esta forma se polariza el uso de un elemento que no distingue de ideologías, como lo es el átomo. Detrás de esa semántica de poder está claro el mensaje: nosotros, los norteamericanos, ingleses, franceses, etc., podemos fabricar a partir de este tipo de energía, incluso tener la bomba atómica, porque nuestro sistema “es real”, en cambio resulta peligroso que otros posean el mismo derecho. Un solo bando de la historia, el supuesto vencedor de 1991, se erige en árbitro del mundo, determinando de qué lado está la ciencia y de cuál no.

En el lenguaje cubano, esto es serruchar el piso, o como también se conoce, ponerle el “picao” malo a alguien. Una serie de excelente factura formal como esta,  llega a millones de personas, mucho más que un discurso en el seno de Naciones Unidas o un comunicado de prensa de la Casa Blanca. La línea de mensaje se inocula así en todas las direcciones, en un acto de propaganda que tiende a legitimar cualquier agresión que se haga contra lo que se coloca como enemigo, o sea el otro bando ideológico. A lo largo de los capítulos, vemos cómo, en el personaje de Ulana Konyhuk, se presenta la dicotomía razón (los científicos) contra barbarie (los políticos). Y ello se hace de manera tal que la simbología rusa, socialista, de izquierda, quede mal parada. Cuando se serrucha el piso, trabajo que conlleva un determinado tiempo, por lo general no se esperan resultados inmediatos, ya que el serruchador seleccionará el momento propicio para asestar el golpe final, que hará caer a su adversario. La labor de zapa funciona así.

Rusia hoy no es socialista, ni parece que ya lo será. La gobierna un grupo de personas potentadas, que no obstante se consideran herederos del contrapoder ejercido por el bolchevismo a lo largo de casi todo el siglo XX. El área de Chernóbil abarca una zona de exclusión de dos mil seiscientos kilómetros, donde está prohibido cualquier acercamiento humano. Allí quedaron en un gesto trivial ciudades enteras, bosques, casas de campo, fábricas, hospitales, escuelas, parques. Todo un mundo de fantasmas. De manera que visitar dicho sitio es como remontarse a un pasado socialista, perdido, en perenne desastre, con el rostro siempre de la condena. Para Vladimir Putin, la grandeza de Rusia es importante, ya que forma parte de su simbología de gobierno, pero ello incluye el reconocimiento positivo de la historia de la Unión Soviética, cosa que vemos en el uso de signos socialistas en los desfiles militares. Por tanto, revivir el fantasma atómico va contra esa voluntad de poder rusa, la debilita, abre las heridas y la acidez de un momento de fracaso para ese inmenso país que una vez fueron.

A Putin le serruchan el piso desde la HBO.

¿Casualidad, ansias de justicia de parte de Occidente?, debemos recordar que Estados Unidos ha sido la única potencia en usar el arma atómica contra civiles, y ello no se hizo de forma accidental, sino premeditada, con asunción total de las consecuencias que se extienden hasta hoy. Aún queda pendiente la cinta o la serie que hagan justicia a esos acontecimientos, tan traumáticos como los de Chernóbil, pero que la propaganda silencia o trata en positivo,  una prueba del “poderío yanqui”. También se olvida el desastre reciente en Fukushima, Japón, que tuvo una implicación ecológica devastadora, y que se debió a errores humanos en el diseño y manejo de la central nuclear.

En la serie de la HBO “Chernóbil”, el profesor Legasov hace una defensa de la verdad científica durante el juicio a los empleados de la planta. En el último capítulo, repite la palabra “únicos” muchas veces, para culpar a los rusos entre las demás potencias, por su falta de escrúpulos en el manejo de la energía y sus implicaciones para la vida. La trampa del lenguaje reside allí, en lo que dice el personaje. Ni el Kremlin ha sido el peor asesino atómico de la Historia, ni la maldad premeditada asistió lo acontecido en Chernóbil (aunque sí un miedo visceral a la verdad y un oportunismo reaccionario). Y sí, el Estado fue el responsable del accidente, sobre todo legal, debido al tutelaje ejercido por la Unión Soviética sobre las instancias sociales, pero no es objetivo pensar que ese gobierno quisiera automutilarse mediante un escape de energía hacia los civiles.

La imagen, el excelente guion, el sonido de los medidores de radiación, las escafandras estrambóticas de los militares que incursionaban en medio del desastre, incluso la matanza de animales domésticos contaminados; todo ello es lo que queda, un mundo de violencia y mentiras, un mundo que ya estaba condenado y que, según nos plantea HBO (o la CIA), debía desaparecer por completo en 1991.

Esta serie, que serrucha el piso de Rusia, muestra no obstante la preocupación de Occidente y el celo porque aquellas banderas rojas no echen a andar otro reactor de la Historia, y lo hacen colocando la energía en una sola dirección. Menuda manera de entretenernos que nos estupidiza y nos atrapa en las garras de la propaganda.

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