Muerte a la memoria

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Todos los pueblos, toda la gente, tienen recuerdos que guardan a veces con asco pero casi siempre con ojos llorosos. Habría que prohibir los recuerdos bajo pena de muerte.La memoria es una infamia, no una gracia de Dios como creen todos los tozudos de la estupidez religiosa que construye cementerios siniestros o urnitas para meter cenizas. Qué asco, mon Dieu. Paz a los muertos. Muerte a la memoria.Asesinemos a los mosquitos de la memoria, aplastémosles. No dejemos que nos invaden la cabeza, que nos torturen las meninges, que nos recuerden día y noche cómo fue, como pasó e incluso el refinamiento supremo de cómo pudo ser o de cómo no puedo ser. Los hombres de ciencia, por decir algo y no llamarles otra cosa, fueron capaces o son todavía capaces de borrarte cachos de memorias, con electrochoques y otras ricuras. Te quitaban lo que era tuyo. Pero a veces, cuando menos te lo esperabas, reaparecían, y era entonces cuando te comprabas una escopeta, o la pedías prestada, es para un ratito, no te la estropeo, y te pegaban un tiro. Satán inventó la memoria de lo malo, para que nunca olvidásemos que éramos unos putos desgraciados expuestos a esos malditos recuerdos que nunca son buenos, nunca. En lo absoluto, no hay recuerdos buenos. Hay recuerdos que llevan a otros recuerdos y luego a otros y que terminan en catástrofe. Satán era un abusón de los débiles, un bicho repugnante que no aprendió nunca que el mejor recuerdo es aquel que no se tiene.

Solo las revistas siniestras compran recuerdos, porque siempre son malos, terribles, espantosos, como para electrochocarse con una central eléctrica alrededor del cerebro. Pero el lector fiel lee y se regocija de que le haya pasado a otro. Los recuerdos fueron inventados para provocar catástrofes, decepciones. Hay recuerdos pero no recuerdos buenos. Y los buenos duran muy poco. Satán está ojo a visor. Los imbéciles citan como ejemplo de felicidad el romance de Romeo y Julieta. Dos tumbas. Los que han superado ese estadio de imbecilidad ponen como ejemplo sus propias vidas. Del divorcio a los cuernos pasado por la indiferencia o el aburrimiento, escojan.

Los recuerdos solo para cementerios. No hay recuerdos agradables vivos. O muy pocos. O muy desagradables. Hay nostalgias, enormes, extraordinarias nostalgias que son un bálsamo para el alma pero que en nada quitan el dolor de la desaparición del no volver atrás.

Y están esas malditas fotos, de las que nos gusta rodearnos, porque ella te mira con los ojos granujillas que eran los suyos cuando estaba cargada de alegría o con el rostro más serio, aunque tal vez más dulce, el que tenía aquel día que quería convencerte de irse a estudiar fotografía a la mejor escuela del mundo. Pero estaba un poco lejos de París. Y para ti no verla era como una traición.

Ella sabía manejarte con sus ojos, los labios con los que podía convencerte de que dos y dos son seis. Y aquellas manos, finas como esos collares casi transparentes, que podían hacer cualquier cosa. Te rozaba con dulzura una mano tuya, como jugando, y ya sabías que tenías la partida perdida.

Tan perdida como aquella noche de un fin de semana –desde entonces odias esos días sin calendario—en que te dijo muy zalamera que iban a pasar el día en la playa, en ese Deauville que tú amabas tanto y que luego odiaste pese a los esfuerzos de aquel hombre y de aquella mujer que volvían a encontrar la concordia del amor en la arena de la playa.

Todos perdemos partidas en la vida, a veces más de la cuenta. Pero aquella era la de jaque y mate y te dejaste engañar por el dolor de una molestia. Y cediste a su sonrisa, una vez más, salvo que en esta ocasión los chirriantes neumáticos del auto fueron por donde no debía. Quizá ella jugaba con sus adivinanzas, con sus manos hechas para la felicidad. Quizá. Quizá. Nunca lo supiste, pese a aquel oficial de gendarmería que se mostró tan cortés.

El ya sabía, tú todavía lo sospechabas, que tu partida estaba perdida. Que nunca más volvería la sonrisa gatuna, ni la zalamería de unas cejas que hablaban.

Y allí acabó el cuento, tu cuento, porque siguieron otros, pero tú ya no aprendiste a sonreír de la misma forma. Habías perdido la partida. Y cuando se pierde hay que pagar.

 

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