Cuba interior

Por Mauricio Escuela | Sergio Berrocal Jr

Aquellas eran mis primeras clases de Historia, así que me enteraba sobre los habitantes originarios de la isla, sus costumbres, aspectos, la manera en que desaparecieron casi como por arte de magia o más bien crueldad humana. A mis escasos seis años, en una escuela de la Cuba interior, ya me despertaba la curiosidad por el pasado, una clave que me permitiría ir luego hacia tópicos humanistas como el arte, la filosofía o la literatura. Aquel era mi nacimiento intelectual. Me recuerdo sentado en aquel suelo, ignoro si a falta de sillas, casi como en sueños, pero la cara de la maestra se me borra en la memoria, se confunde con los rostros de tanta gente que luego pasaron por el papel de mentores en el camino hacia el saber. La Cuba interior, la que he llevado a lo largo de los treinta años vividos, ha sido así, siempre una imagen vaporosa, como las que quizás tuvo el descubridor en un sueño, cuando decidió el viaje a lo que él llamaba por entonces Las Indias. El país se me hace eternamente un vapor, agua que sale por todos lados en medio del caluroso agosto, que nos castiga sin que medien las clemencias del aire acondicionado del primer mundo. Cuba como sueño, como imagen, como imago en la obra de Lezama Lima, o como esa casona siempre misteriosa, llena de habitaciones, con un patio interior y el pozo en el medio. Cuba, el país que se confunde consigo mismo, y que no distingue entre Cipango y un cayo de la costa, entre un imperio y la aldea. La casona colonial como caja china que se devela de a poco, con sus habitaciones cerradas a cal y canto, en medio de ese calor, para revelarnos que afuera el sol calienta demasiado y se está mejor en lo oscuro, a la sombra, entre las tinieblas de la alcoba y leyendo un buen legajo. Cuba, aunque muchos no lo crean, es así casi un mito gótico, un tópico literario.

En un film sobre los militares españoles que venían a luchar contra los rebeldes cubanos durante el siglo XIX, un joven, parado junto a la costa ibérica, señala hacia el sol, y dice: “allí, esa es”, ya que en otras latitudes persiste esa imagen clásica del país de los techos de oro, donde el sol calienta y levanta el brillo, en incendios inofensivos. El tema proviene de las descripciones de Marco Polo, cuyo legado buscó Colón en Cuba, en vano, aunque a cada paso vio cosas tan maravillosas o más como las que había en la corte del Gran Khan o en Cipango, esa isla inconquistable. En realidad, hemos padecido desde la colonia esa fiebre de oro, que todos ven, pero nadie posee, de tal manera en Cuba los indios murieron al ser obligados al trabajo en supuestas minas fluviales, que jamás aparecieron amén de algunas pepitas que no hacen rico a ningún avaro.

En aquella epopeya vil, se destacaba Vasco Porcallo de Figueroa, un bandido que vino a América con 15 años, luego de matar a un primo en España. Aquí se volvió el hombre más rico de la isla, fornicó con tantas mujeres que se habla de una descendencia absoluta: casi todos en Cuba seríamos sus hijos. Lezama Lima lo describe como un huracán, que a su paso transforma en caos el orden, dejando un país diferente. Porcallo era un machista empedernido, el mayor castigo que les imponía a los enemigos consistió en castrarlos y hacerles comer sus propios testículos. Fue el primero que engañó a la Corona, cuando escondió la existencia de su hacienda particular, Santa Cruz, al centro norte de la isla, con el fin de usarla para el contrabando de mercancías.

Porcallo inauguraba así dos grandes vicios cubanos: las mujeres y el dinero. En un libro acerca del hampa cubano, Fernando Ortiz describe la permanencia de estos en la gente, hasta la República, un fenómeno que el contacto con otras culturas  que vinieron al país acrecentó: el negro era casi tan machista como el español, de hecho, las sociedades religiosas cubanas hasta hace poco tenían bastante limitado el papel de la mujer, ni hablar de darles alguna relevancia a los gays. Para el cubano, la historia se basa en una larga batalla, donde en cada episodio hay una chica que conquistar, un tesoro escamoteado, incluso la misma independencia nacional se representa de esa manera en las pinturas del siglo XIX y de inicios del XX.

Para los nacidos en esta tierra, que algunos describen como un bote en el Caribe, la Cuba interior es todo eso, aunque no lean libros de historia, ni escriban crónicas sobre ello. Cada isleño sabe de los dos grandes vicios y los padece en alguna medida. Lezama, por ejemplo, no gustaba de las mujeres, pero sufrió en ausencia una gula imparable, sobrepeso que lo llevó a perder la vida en un anónimo hospital. Carlos Montenegro, en su obra “Hombres sin mujer”, describe la cárcel cubana de inicios del siglo pasado, donde los presos solo pensaban en el sexo, en el cuerpo femenino, casi como el dinero o la libertad. Y es que el vacío genera en los de Cuba un mayor vicio.

Se trata de un país del que no se puede renegar, del que vale acordarnos cuando truena y cuando no, es una isla que ha querido ser a veces Roma, pero se parece más a Cartago. Los que salen de ella la llevan a cada paso, se reconocen en otros cubanos, sin apenas hablarse una palabra. Incluso, en ocasiones, hallamos en diferentes pueblos tanto parecido que nos confundimos, y vemos a la isla como una omnipresencia. Los andaluces, como abuelos nuestros, son casi cubanos, o nosotros casi andaluces. Pero también, quien viaja a África, hallará allí los cánticos, el gesto y el legado, sentirá que camina por los barrios de Matanzas, Remedios o Regla.

Por último, la Cuba interior es también silencio, un callado Martí que nos mira con un rostro adolescente, como inquiriendo. A ella le hemos dedicado la vida y, como mujer que se resigna a nuestro machismo, nos escucha, se sienta en el suelo y ahora ocupa ella el lugar de alumna. Nos deja, sin más, el papel de protagonistas, de habitantes del presente. Somos ahora el libro vivo, el que deberá escribirse. Cuba, la de Martí, la que uno conoce a los seis años, vuelve al vapor de agua, como en los inicios, siendo la nube un recuerdo, una sombra que se alza invisible encima del cañaveral.

 

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