Érase una vez …

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Le temblaban los párpados, le temblaban las profundidades de los oídos, que se negaban a recoger sonidos. El estómago era una bola de chicle que se quedaba agarrada en la garganta. Era miedo. Era el miedo. Pero no sabía por qué porque no tenía razones sensatas. Las piernas las tenía que agarrar para que no le temblaran al andar. Sin razón, sin causa. Pero ese es el miedo, la sensación de no poder mover los músculos sin que alguien te lo diga. Pero, ¿miedo por qué?, ¿a qué? Todo tiene una razón y aquello no lo tenía. Era como si supiera que no era dueño de sus movimientos. Y siempre la misma foto de toda la vida. El choque. El gendarme tan acostumbrado que ni siquiera le temblaba el kepí. Érase una vez. ¿Sintió alguna vez miedo Sergio Leone cuando se había embarcada en una de sus faraónicas películas con presupuestos de ciego millonario, sin saber qué ocurriría una vez que el rodaje en el desierto de Almería terminase. Una vez que le hubiese hecho la transferencia a Clint Eastwood y hubiese liquidado todos los pequeños sueldos de los caballistas, de los muleros.

 

¿Qué era el miedo? ¿La sensación de no saber qué iba a ocurrir o la certeza de lo que iba a suceder?

Un día, Leone desapareció dejando en latas algunas de las mejores películas jamás rodadas, “Érase una vez en el Oeste”, “Érase una vez América”, “Érase una vez la Revolución”. Obras maestras que ya nadie volverá siquiera a imaginar. Un día se habló mucho de él, en pasado presente singular. Luego, poco a poco, solo fue quedando la música inolvidable, imborrable de sus films, los sones inigualables de Ennio Morricone, que todavía gira por el mundo con una formidable orquesta, como si no quisiera desaparecer. Quizá el miedo sea eso, el temor a desaparecer, a no estar más de la noche a la mañana, a mirarse en unas líneas de un periódico, cortas o largas, donde los que te amaron dirán cosas bonitas y los que esperaron con asco tu muerte te buscarán todos los minúsculos defectos que tienen las obras maestras. ¿Cómo murió Mozart? Con solo 35 años nadie le preguntó si se había cansado de componer obras maestras. Pero lo echaron al foso de los que fueron.

Nunca sabremos si hubiese querido que le dejasen unos años más de vida para componer, para comer, para amar. Hay gente que ansía la muerte porque le parece la única salida, el único escape cuando nadie sabe qué es marcharse para siempre, sin dar explicaciones ni nadie te las de. Los musulmanes hablan de un paraíso con no sé cuántas vírgenes que esperan tu llegada, para hacerte feliz. ¿Es igual para las mujeres? ¿Les esperan también jóvenes efebos? ¿Y para qué? Para seguir viviendo, otra vida claro, o para iniciar una muerte que nada tiene que ver con lo que imaginan los cristianos. ‘Érase una vez”… Y esa vez pasó. Pero ¿te diste cuenta de que ya no dirigías aquella película que te había valido aquel Oscar, de pie delante de una sala que aplaudía no porque hubiese que aplaudir sino porque lo merecías, porque eras único. Y ¿qué más da si luego viene el final que nadie aplaude?

¿Por qué sufrimos tanto si al final gana el más allá? Érase una vez, pero aquella vez se acabó, el tren siguió rodando por las pantallas del mundo entero, sobre todo en las cinematecas, en esos refugios del buen cine, en esos santuarios del talento.

¿Por qué no nos damos cuenta a tiempo que nuestra vida es la que vivimos y que luego no habrá ninguna otra por mucho que los curas de todas las religiones te prometan el oro y el moro?

¿Qué ha quedado de todos esos personajes que centraron nuestras vidas, en la política, en el deporte, en el cine?

Nada. Rien.

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