Cuba y el monstruo de las mil cabezas

Manuel Juan Somoza

La Habana

Son muchas, demasiadas, las veces que la cotidianidad nos atraganta sin dejarnos ni siquiera respirar de forma acompasada. Imposible hacer comparaciones, no sé si será igual en otros países, aunque sospecho que en este maldito asunto Cuba es también sui géneris. Imposible que en el día a día puedan hacer valer sus derechos ciudadanos los simples mortales, esos obligados a hacer filas (colas) por cualquier cosa, a cualquier hora, en cualquier trámite y hasta para disfrutar tres bolas de helados en Coppelia, porque el monstruo de las mil cabezas, indetenible, está al acecho en todos lados. La burocracia, en su esencia, es necesaria, compleja, irritante y temida en cualquier parte; la he vivido y sufrido en Francia, España o en Argelia. Es un asunto complejo pero en la isla, a mi modo de ver, tiene una esencia muy sencilla: el tamaño descomunal que ha alcanzado, en la misma medida que el Estado aspira a controlarlo todo o casi todo, al tiempo que llama a combatirla y recuerda en discursos y consignas sin trascendencia práctica alguna la condición de servidores públicos de estos personajes como dioses, que están en todos lados, que frenan cualquier gestión, por elemental que sea, y hacen que fracasen a la hora de ser ejecutados los más brillantes planes o proyectos que se diseñen en las alturas, echando cada segundo –fíjense bien, cada segundo– leña al fuego de la desidia, el cansancio y el descreimiento. Son tantos y tantos que temo que a alguien se le ocurra crear facultades y doctorados en las universidades de la isla a fin de hacer todavía más afilado y cortante su accionar.

El lector que se encuentra lejos de esta realidad cubana hará comparaciones con su entorno y sin dudas podrá llegar a conclusiones con el sosiego de quienes están lejos del fuego. No obstante, para los que TODOS LOS DÍAS deben lidiar aquí con el monstruo de las mil cabezas, las opciones son reducidas: o discutir y discutir hasta el infarto del miocardio, o callar y murmurar como hacen muchos, no sé si la mayoría, y buscar cualquier puerta lateral de salida al precio que sea, y estoy hablando de plata y corrupción.

Esto ocurrió el 5 de septiembre en la sede del Banco Metropolitano situado frente a ese lugar emblemático que es el Salón Rosado de la Tropical, en el oeste de La Habana, cuando una colega y editora a quien conozco perfectamente, Vivian Núñez, fue por TERCERA VEZ a intentar abrir una cuenta fiscal. En el primer intento, en agosto, no pudo porque le faltaban requisitos; en la segunda tentativa el mismo mes tampoco porque la funcionaria encargada del trámite estaba de vacaciones y es la única facultada para esas gestiones; “vuelva después del 3 de septiembre”, le informaron; y hoy, tercera vez y otra cola por medio,  ni soñar con consumar el acto, con la adición de ser blanco de una de esas respuestas características  de los funcionarios públicos cubanos, lo mismo sean banqueros, funerarios o dependientes de cualquiera de las mayoritarias tiendas estatales.

– ¿Usted está molesta? -, fue la respuesta de la funcionaria a los buenos días dados por la recién llegada.

– ¡Claro que estoy molesta, es la tercera vez que me hacen venir!- osó responder.

¡¿Y qué ?!-, le espetó ella y con ese “y qué” llegado a modo de bofetada sin manos se formó el pandemonio, uno de los muchísimos, no tengo la menor duda, de los que deben haber ocurrido ese mismo día en la isla.

Como era de esperar, después del intercambio acalorado y los murmullos del resto de los allí presentes, llegó “la multa”, como le dicen los cubanos a las represalias a las que suelen acudir los funcionarios cuando alguien los enoja. “¡Falta otro cuño!”. Esta simple historia del día a día en la isla no ha terminado, habrá una CUARTA VEZ.

El Estado cubano ha creado regulaciones de estricto cumplimiento para “protección del consumidor”, ha habilitado números telefónicos para quejas y busca desarrollar gobiernos electrónicos a fin de estar más cerca de las bases, pero en la práctica, en todos esos mecanismos el monstruo es parte y juez, dejando escapar solo algunas excepciones a fin de nutrir la propaganda, justificar las estructuras y seguir diciéndonos a la cara: ¡¿Y qué?!.

× ¿Cómo puedo ayudarte?