Indiferencia

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Soy un profesional e la escritura, lo que me lleva a leer mucho, bueno y malo. Pero no sé permanecer indiferente. Puedo despotricar contra un artículo, un libro, una simple frase, pero nunca o casi nunca permanecer como si nada. La indiferencia es la peor de las enfermedades contagiosas que pueden existir. Pero no padecerla implica ser capaz de decir sí, tienes razón, o no, ni hablar.Pero en general quienes no tienen nada que ver con la escritura o con la lectura, algunos analfabetillos que confunden las letras a la hora de imprimir sus elevados pensamientos en Facebook no pueden aguantar la rabia de no haber podido transgredir la maravillosa vida de alguien que se ha pasado toda la vida contando, expresando opiniones, pensando con las teclas. Y esos imbéciles a los que una extraña circunstancia creada por una empresa norteamericana, o lo que haya detrás, ha dado la posibilidad de imprimir lo que les de la gana, a veces monstruosidades que nada tienen que ver con la libertad de expresión (¿y qué saben ellos lo que es el derecho a expresarse libremente sin insultar, sin delirar?) se crecen en sus pobres mentes delirantes que solo el capricho o la necesidad de una empresa deja expresarse. Para los profesionales, lo peor es la indiferencia. No recuerdo haber tirado un libro a un rincón por indiferencia. Pero los profesionales saben que escribir cuesta lo suyo, es la traducción de millones de pensamientos que se entrechocan donde sea, quizá en el cerebro, en busca de ideas, presunciones.

El buen profesional es capaz de despotricar de un libro de Hemingway, pero lo hace con la sensatez del que sabe, porque ha tardado muchos años en comprender cómo se llega a componer palabras, oraciones, ideas, y como han ido enlazándose hasta pintar una sinfonía que es un capítulo, hasta conseguir que el lector se entusiasme, o por lo menos que se interese.Pero es una pena que haya una “escuela” de la indiferencia, que es la misma de los que creen que denigrando, escupiendo en un capítulo demuestran su hacienda intelectual, su capacidad a entender. No, la indiferencia es lo que más se parece a la envidia que suele ser usada hasta la cuerda por los que acaban de aprender a poner palabras juntas para formar una injuria, un despecho, un escupitajo.Hay gente que cuando evacúa en el baño se queda en contemplación delante del producto que su intestino acaba de liberar. Miran atentamente el dibujo que forma en el agua, lo contemplan desde todos los ángulos, buscan su belleza, su estructura que un día puede parecerles un dibujo de Le Corbusier y otro el comienzo de un plano de Lucio Costa cuando concibió esa maravilla de avión que es Brasilia. Observan, no buscando los fallos, si no recreándose en lo que creen es una belleza de líneas que expresan su parecer, su indiferencia.

Me gusta sonreír a la gente en la calle cuando veo que alguien me mira, no necesariamente una mujer, por casualidad o no. En seguida se forma un puente. No hay indiferencia. Incluso me ha ocurrido charlar un rato con alguien que había abierto los labios en mi dirección. Estoy seguro de que si no fuese por la majadería siniestra del femenino inquisitorio, el mundo sería más bonito, se verían más rostros agradables en la calle, aunque fuese de paso, un segundo o dos.Vivo en una isla africana donde hay más turistas extranjeros que nativos. Y cuando atravieso una calle no es raro que una mujer sonría. Los tíos deben de creerse muy hombres y con los nuevos tiempos probablemente creerían que estábamos entablando un comienzo de amistad gay.Suelo comprar los periódicos a un kiosquero que siempre me sonríe y cuando en una tienda la dependienta me enseña los labios sin que sea necesariamente un repudio machista me siento muy feliz.Y todo viene de la indiferencia. Procuro entrar en una iglesia donde suelo ir a contar mis cosas cuando sé que está limpiando tal persona. Una sonrisa, sobre todo si por una suerte rara se prolonga unos segundos, con unas palabras sin trascendencia, es una felicidad. En serio, no sea indiferente. Considere que todos los que escriben, hablan, viven, pueden aportarnos algo, aunque finalmente no le guste a usted. Observen y verán qué bello es un intercambio de sonrisas, a veces con unas palabras musitadas, a veces mudas, como en aquellas películas de antaño, en la penumbra de una iglesia, sin que la religión tenga nada que ver. Suelo ir a esa iglesia de la que les he hablado y siempre me paro un ratito de charla con la Virgen de guardia, que en general suele ser bella, genio de los escultores, y que a mí, cineasta sin película, me recuerda a una de aquellas bellas divinas del Gattopardo o de aquella Dolce Vita que es un poco el padre nuestro de todos mis pecados.

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