Mujeres

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Ay, Satanás, ¿qué hubiese sido de los hombres si no nos hubieses dado por compañía la maldad, deliciosa maldad, de las mujeres que en estos años dos mil reniegan de sus dueños y querrían volver a la Inquisición para colgarlos, lincharlos, llenarlos de escupitajos? Las feministas furibundas sueñan con ser machos con faldas, Papa dixit, pero la mayoría sabe que una vida sin uno de esos machitos que ellas dominan y hasta pisotean la vida no sería igual. Aunque en estos años en que arde Amazonia y bulle la cabeza de la gente como marmitas de un campamento de Napoleón los gays, poderosa sociedad anónima solo combatida en países del Islam, han impuesto sus penes feo y desagradable como una bandera de ser diferente, los hombres y las mujeres siguen luchando uno contra otro, hasta casarse, hasta tener hijos, hasta adorarse, hasta odiarse, que es lo mismo. Las mujeres están en la historia del pobre hombre desde que Jesús decidió hacerse profeta y transformar el mundo. Eran sobre todo mujeres las que le seguían, las que le guiaban, las que le alimentaban, las que les amaban.Desde entonces la mujer es el bicho más poderoso, ya un poco amaestrado, que el hombre idolatra aunque la odie hasta el infinito. Son dos sexos, diferentes, complementarios, necesarios para engendrar pero no para vivir fuera del sexo, y todo se vuelve mujer. Y no hay libro en la que las señoras no sean las protagonistas, las amas, las que le dicen al escritor por donde tiene que ir. “Les égeries de la Révolution” de Jean y Marie José Tulard, un libro que anda por las librerías de París como un venerable homenaje a las mujeres que en la Revolución Francesa, la de 1789, y ya no hubo más, todo lo demás fueron copias mal hechas y a veces fallidas, tuvieron un papel decisivo. Porque no fueron solamente las amas de casa que se echaron a la calle porque la reina Maria Antonieta había dicho que si no tenían pan para comer que comiesen bizcocho. Era peor. Era el odio de la mujer maltratada, pobre y sin recursos que se levanta contra la señora, el ama de los salones bastardos de sexo.

Pro lo curioso es que según esta historia de la mujer francesa en la Revolución se llega a la conclusión de que aparte gritar por los barrios de París, putear y zarandear a alguna señorita vestida de seda fina las mujeres del pueblo de París no tuvieron gran cosa que ver con la Revolución que cambió el mundo. Pero nadie olvida a Charlotte Corday, que no sabemos si era bonita y feminista, o fea y desagradable. Ella dio un estirón a la Revolución cuando asesinó con un enorme cuchillo a uno de los líderes de la Revolución, Jean Paul Marat, que tomaba un delicioso baño caliente a punto en su casa de París. Diputado atractivo y probablemente muy influyente y no solo en las cosas del Estado sino bajo las faldas de las mujeres, fue acuchillado por Charlotte como un cerdo cuando toda la familia se reúne una vez por año para descuartizar a la bestia.

Eso sí, aquellas mujeres del París de 1789 mandaban en sus casas, desde donde salían los voluntarios para hacer que lo que ocurría en la calle cambiase el mundo de sus vidas. Los guillotinazos en la Place de la Concorde, pura ironía, los ajustes de cuentas, todo eso fue cosa de hombres enfurecidos probablemente por los chillidos de sus mujeres que les incitaban a matar a los nobles, sencillamente porque a ellos les hubieses ido mejor sus trajes de gala en el Palacio de las Tullerías.

Mucho tiempo ha pasado pero la lucha de la mujer y del hombre es infinita, interminable, enajenante. ¿Qué pensarían aquellos que por primera vez leyeron el poema más erótico de las letras en español, cuando el maricón, así le llamaban quienes les mandaron matar y le mataron en Granada, el maricón gay hoy Federico García Lorca recitara por primer vez cómo se había llevado a aquella mujer al rio, que no era mocita, como la montaba como una yegua loca.

Lorca también amaba a la mujer. Porque los gais también saben que son las únicas que hacen de nuestro mundo un lugar vivible. Y volvamos a París, que es donde se publican los libros interesantes, todo lo demás es provincia polvorienta. Otro libro, “Mrs Hemingway” que no son ni más ni menos que las aventuras amorosas de Ernesto Hemingway, uno de los escritores que mejor escribió el amor-odio entre los dos sexos. Y eso que se dijo que en la primera guerra mundial, sí, la de 1914, Hemingway pudo quedar castrado por una mala bomba alemana que hizo polvo la ambulancia que él conducía. Lo cuenta en algunos cuentos, porque los escritores están hechos para contar todas las intimidades, incluso si son mentiras. ¿Y que importancia hubiese tenido si realmente Hemingway, como él mismo hace con su principal personaje en la gloriosa “Fiesta” hubiese quedado retorcido de su virilidad. ¿Acaso el hombre no está tan lleno de recursos como la mujer para hacer el amor? Que se sepa, ninguna mujer, ni las que Zeus mandaba follar por el mundo, las que Ulises amaestró, han tenido nunca una polla y, sin embargo, son las reinas del amor. Para nada necesitan un palitroque que estropea las portañuelas. Ellas tienen mil medios más.

Igual que los hombres que saben que el amor no es solo entrar y salir en una tienda de las mil y una noches. Es hurgar, buscar la caverna de Alí Baba y robar hasta el último brillante, desde el clítoris al interior de los muslos capaces de ahogar la sinrazón.

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