La segunda muerte de Hemingway

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Fue lo que los españoles llaman afectuosamente un cabroncete con mucha suerte, hasta que le tocó la hora y de Hemingway no quedó más que el recuerdo del escritor Premio Nobel, uno de los mejores del siglo, que prefirió pegarse un tiro antes que vivir con la preocupación de la nada royéndole el alma. No sé por qué, y ya hace de ello la eternidad de 58 años, otra vida, el suicidio de Hemingway me ha perseguido toda mi vida. Supongo que a mucha gente le habrá ocurrido igual y yo creo que es porque cuando se tienen 62 años, sólo 62, se es célebre de talento, rico, adulado, adorado de las mujeres, fuerte aparentemente, nadie piensa en desaparecer. Hasta parece absurdo que una bala lo haya conseguido. No es superstición. Ya hace mucho tiempo que no tengo 62 años, no tengo nada que defender y sé que el día que desaparezca, como le ocurrirá a mucha gente que conozco y con más relevancia que yo, a nadie le importará un bledo. Habrá unas cuantas personas que asistan al incendio de un cuerpo que ya no vale para nada y ahí se acabará la fiesta. No sé adónde fueron a parar las cenizas de Hemingway porque siempre es un problema. Hace ya unos años, estando de corresponsal en Madrid, un compañero sudafricano que tenía su despacho en nuestro edificio falleció repentinamente y solo nos enteramos rápidamente porque lo descubrió un guarda que teníamos en la Redacción para el caso de que los terroristas vascos de ETA tuvieran la mala idea de llamar a nuestra puerta. Una estupidez exigida por los seguros porque el guarda, uno cada ocho horas, tenía instrucciones mías muy precisas: “Te tiras al suelo y no te mueves. Que le metan fuego a la Redacción si quieren”.

Este compañero nuestro sudafricano tuvo un infarto en la Redacción cuando solo estaba allí el guarda nocturno, quien nos avisó rápidamente. Como había pedido que le incineraran así se hizo en espera de que su esposa o antigua esposa, ya no recuerdo, viniera de Johanesburgo, para llevarse la urna. En espera de que aterrizara uno de nosotros la guardó en su casa y resulta que los niños del guardián de la urna la desparramaron jugando. Hubo que recogerla con un aspirador en espera de la llegada de la heredera. Lo que nadie pudo decirle era cuánto de cenizas del cuerpo había en aquella urna y cuanto de basura recogida por el aspirador.

Creo que a Hemingway le hubiese gustado la anécdota. En cierta ocasión, cuando ya era una celebridad, el avión en que viajaba se estrelló y le dieron por muerto. Parece ser que se tomó muy bien las esquelas que algunos periódicos carroñeros se apresuraron a publicar. Todo esto viene a cuento a que una escritora británica, Naomi Wood, acaba de publicar, con el escueto título de “Mrs Hemingway”, un libro muy documentado sobre las mujeres que formaron la vida del escritor, Mary Welsh, Paulina Pfeiffer, Marta Gellhom y Hadley Richardson. Por lo visto las amó a todos con la misma intensidad que hablaba de la enfermera que le curó en “Adiós a las armas”, Dios sabe si era cierto, y con la misma pasión con la que trató a todas las hembras que circularon por sus libros.

Mary Welsh cuenta a su manera, supongo, cómo se dio cuenta de que Hemingway había confundido la realidad con lo que nunca lo fue. Dice que en los últimos tiempos bebía mucho, cualquier cosa, que llegó un momento en que… “Ahora bebía vodka, o ginebra más bien que vino y si no había alcohol en casa, se las arreglaba con líquido par enjuagarse la boca…” Tal vez (Mary) hubiese podido tirar todas las botellas que había en la casa, insistir para que prolongase su estancia en la clínica y los electrochoques, que le viese un psiquiatra, pero es tan difícil ayudar a alguien en ese estado y tanto más cuando el paciente se llama Ernesto Hemingway. Solo le quedaba esperar que volviese a ser el hombre que había sido en la Finca (Cuba), volver a aquellos años en los que habían sido tan dichosos en esta luz cálida y dorada, cuando él le echaba el brazo por encima a su mujer y le decía “Estoy orgulloso de ti”.

Hay en esta novela otra escena en la que Hemingway va a salir del hospital donde lo han crucificado con los electrochoques. Está sentado en una punta de la cama, sonriente, como sonríen los enfermos que tienen miedo, con una maletita entre las piernas. Cuenta la autora –el libro es magnífico—que sin saber cómo ni por qué Hemingway pareció volverse loco pensando en que el FBI le perseguía, en que le iban a reclamar muchos dineros de impuestos –se supone que no pagados—y que quedarían pobres y miserables, ellos que habían vivido siempre en la opulencia.

Ya sé que es difícil entender por qué “Mrs Hemingway” me ha roto el alma. No soy célebre, no gano un duro con lo que escribo porque nadie lo compra pero tengo esa misma obsesión de que vengan a buscarme y que no tenga ni para un mendrugo de pan. Estas líneas que ya se acaban, afortunadamente, las he comenzado a escribir creyendo que sería solamente un artículo más sobre Hemingway. La autora del libro me ha roto todos mis sentimientos, me ha llegado a lo más profundo de mis miedos. Ya sé que ya hoy no se llevan los electrochoques… Ni los manicomios, o eso dicen, pero… Pero el tiro profundo y acertado como el de Hemingway, sí.

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