Puñetero Hemingway

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

No crean que es solo envidia. ¿Qué hubiese sido de Ernesto Hemingway si en lugar de encontrarse con todas las guerras posibles, incluso la espantosa matanza de Armenios por los otomanos, hubiese vivido estos tristes años de ahora donde no pasa nada que valga la pena, aparte el incendio de Amazonia que, sinceramente, a los periódicos les importa un carajo?. No se debería nacer periodista sin tener en qué emplearte. Él tuvo todas las guerras, hasta la Primera Mundial (1914-1918) aunque estuviese allí en Italia como conductor de ambulancias, pero sacó uno de sus mejores libros, “El adiós a las armas”. Luego tuvo la II Guerra Mundial, en la que lució su talento para pasar por el norteamericano repelente que hace que uno de los más prestigiosos generales franceses le llame al orden delante de todas sus tropas porque el corresponsal se había pasado tres pisos de chulería. Hemingway y un puñado de anarquistas españoles con un par de tanques habían entrado en París, de donde ya huían en 1945 los alemanes, para presumir de haber liberado París los primeros. Tenían que haberlo fusilado pero seguramente se andaba mal de municiones. Estuvo en la guerra de España, la más bonita para él (lean algo suyo, “Por quién suenan las campanas”, y se convencerán) donde se permite todas las libertades que solo un periodista de su prestigio podría pasear por el bombardeado Madrid.Hay que ser sinceros y sensatos. Hay libros de relatos de guerra que son testimonios sin florecitas, pero Hemingway tenía la gracia de convertirlo todo en un espectáculo donde él era la vedette. Nadie más que él hubiese inventado “liberar” París bebiendo los mejores vinos del Hotel Ritz de la Place Vendôme con sus guerrilleros españoles. Y así todo. Es cierto que para ser norteamericano tenía una chulería de general de brigada y cuando ya se hizo famoso no respetaba más que sus convicciones. He conocido a gente de su temple, uno de ellos cubrió la guerra de Indochina para la Agencia France Presse (AFP) y luego creo que también la de Vietnam sin chulerías más de lo necesario. Era un periodista que hubiese podido darle lecciones a todos. Además, aunque era un poco hemingwayano, mantuvo el idilio más bonito que yo podría imaginarme, con la periodista más célebre de Italia, Oriana Fallacci..

Es cierto que nuestro hombre en Saigón, François Pelou, pertenecía a la Agencia France Presse, y esta agencia de prensa siempre se ha distinguido por el rigor, la seriedad y la calidad de monjes-periodistas. Un ejemplo. Durante años, los periodistas, aunque hubiesen tenido que jugarse la vida, firmaban sus despachos solo con las iniciales de su nombre y apellido. Éramos los mejores en la cafetería pero los periódicos a los que vendía la Agencia sus noticias ni nos conocían. Esto duró años.

Ese periodista, desconocido para el gran público del que les hablo y que estuvo en Vietnam no era una excepción. Otro compañero, que probablemente no encontrarán en los libros ni en las listas de éxito, cubrió las matanzas de Camboya. Cuando la cosa fue fatal se refugió con otros franceses en la Embajada de Francia en Pnom Penh. Hasta que un día, los terribles jemeres rojos, que te decapitaban por pura distracción, decidieron que todos los no franceses deberían de salir de la embajada, lo que les conducía directamente a un campo de concentración donde casi siempre esperaba la muerte. Mi amigo, trabajamos juntos en España una temporada pero allí no teníamos más que a los terroristas de la ETA que solo habían prometido liquidar la Agencia France Presse en Madrid, se enteró de que una joven camboyana no tenía papeles y que al día siguiente la sacarían del refugio de la embajada. Habló con el embajador y los casaron inmediatamente, con lo cual al día siguiente los verdugos se encontraron con una francesita más de pasaporte a la que no podían fusilar.

La conocí en Madrid, en una cena, lejos de las atrocidades de Camboya.

Otro de los dramas de los jóvenes periodistas de los años sesenta es que éramos demasiado inexperimentados para que France Presse nos mandara a un puesto arriesgado como Vietnam, Camboya o alguna guerrita de esas.

Mientras tanto, Hemingway se chuleaba del mundo, escribiendo artículos y luego libros y ganando un pastón y una fama que merecía porque sabía escribir.

Hemingway es mi ídolo y considero que nadie hubiese sido capaz de escribir “El viejo y el mar” ni algunos que otros libritos, pero no todos, no exageremos. Pero sabía venderse. Se fue en cierta ocasión a Cuba con su yate y decía que estaba patrullando las aguas en busca de submarinos alemanes. ¿Qué diablos, explíquenme ustedes, hubiesen ido a hacer los submarinos de Hitler en aquellas aguas excelentes para la pesca?

Pero además de ser uno de los más grandes escritores del mundo, con Joyce quizá, sabía hacerse publicidad.

Mi espantoso mal humor que estarán notando en este artículo es porque acabo de leer “Mrs Hemingway”, de Naomi Wood, ya imaginarán a la gloria de quién.

En este volumen se habla muy poco de sus libros y mucho de su vida sexual, y eso que se llegó a decir que se había quedado sin aparato genial en la I Guerra Mundial. Pero como era tan chulo y tan embustero, como tienen que ser los grandes periodistas, vaya usted a saber si era cierto o le implantaron uno.

Naomi, que no tengo el gusto de conocer, cuenta cosas terribles y que hace que uno se vea con más derecho a llamarle chulo. Dice que jugaba con las mujeres como le daba la gana. Y relata cómo en cierta ocasión hizo el amor con una de sus amantes sin siquiera bajarse totalmente la cremallera del pantalón. A todo esto, estaban en un salón de las mil y dos noches, había una fogata romántica, bebidas deliciosas y ella estaba vestida como Zeus cuando se disfrazó de cisne para conquistar a una amante que pasaba por allí.

En otra ocasión, dice la cronista de todas estas cositas, tuvo un affaire con otra amante que, precisa, ni llevaba bragas.

Que quieren que les diga. La envidia es muy mala. Y este articulito lo demuestra. Y conste que yo soy de los que hubiese sido voluntario para llevarle a Hemingway las maletas al tren, bueno al Transiberiano.

 

 

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