Más periodista serás tú…

Por Mauricio Escuela | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Recientemente, como parte de esas coberturas que se realizan en medio de estrépitos de cámaras, figurones y figuras, entrevistas al vuelo; tuve la oportunidad de conocer a un colega que, al ser llamado en público con el apelativo de periodista, respondió con un evidente enojo, casi agresividad: “más periodista serás tú”. Según él, estaba en ese evento como escritor, aunque su oficio diario fuese el de pergeñar cuartillas para varios periódicos y revistas. Aquello me llevó a la reflexión acerca de qué cosa somos los que llenamos unas cuartillas en blanco que, al dia siguiente o el minuto inmediato, serán leídas por cientos de miles y que, quizás, queden como la única memoria histórica de ciertos momentos, recuerdos, impresiones, incluso acontecimientos.

El periodismo solo funciona como tal por apenas unas horas (antes, décadas atrás, su vida se extendía a un día, o media jornada), luego pasa a formar parte de un colchón memorioso que todos llamamos historia, pero ya deja de ser periodismo en el sentido clásico de la academia: el dato oportuno, preciso e imprescindible. Cuando las cosas ya sucedieron, se las mira como en un museo, y nadie busca noticias allí, no hay novedades en las tumbas egipcias, todo tiene miles de años. Sin embargo, cualquier hecho fue alguna vez susceptible de salir publicado en un periódico y ello define la preexistencia de la mentalidad del periodismo, su prehistoria en los anales de la comunicación humana. Bendito Gutenberg que nos trajo la imprenta, y con ella el nacimiento de la producción seriada de materiales, su distribución, consumo, y culturas profesionales.

Para mi colega, periodista de larga data en las páginas nacionales, él realiza una labor casi  forzosa cuando llena cuartillas de hechos o analiza fenómenos con alguna vigencia, en cambio, su carrera real, la que él prefiere, es la de escritor. Se separa así, en dos, un mismo acto de creación, lo cual recuerda la mítica figura de Dr. Jekyll/ Mr. Hyde, metáfora del hombre que lleva en sí los lados oscuro y luminoso de un universo que a ratos da la sensación de no pertenecerle a nadie. El malo hace periodismo de día, el bueno escribe en la noche, actividad esta última que es la antítesis de la primera. ¿Cómo llegó el periodismo a estar tan separado de la noción de lo exquisito, aquello que entraña algún tipo de arte? La historia nos muestra una larga data de claudicaciones de parte de los plumíferos reporteros, que los llevaron a su actual estado mundial de sumisión a los poderes del mercado y el chantaje.

No muy lejos de Cuba, en México, un periodista es casi un perro o una mosca que se aplastan contra el pavimento, de un golpe, y esto sucede sin que nadie se inmute. En determinadas regiones, existe toda una prensa laudatoria a los hampones locales de la droga y el tráfico humano, dicha loa forma parte de una industria cultural del crimen organizado, que incluso cuenta con rancheras mandadas a componer, donde se narran las supuestas bondades de los caciques y delincuentes. Así que abundan los articulistas de lo superfluo, del corazón, los cronistas de salón, quienes se buscan la vida sin meterse en problemas, pues ya la sociedad ni se inmuta cuando desaparecen a un reportero. Quizás mi colega, que conoce esta situación (generalizada además en casi toda América), devalúa de forma consciente e inconsciente su carrera, la reniega, ve en la cuartilla a su némesis. En un mundo que no quiere mirar su verdadero rostro, la comunicación nunca cumplirá con los estándares mínimos de calidad.

Así que la culpa de que muchos, periodistas y lectores, hoy desconfíen de la situación de los medios y su veracidad, así como del nivel profesional mismo del gremio; la tiene el estadío degradado de un mundo donde los amos de la Humanidad apenas llegan a un uno por ciento, pero saben controlar muy bien lo que se publica. La concentración de los centros comunicacionales ha dejado en la inanición a una parte inmensa del planeta, así África es invisible para las agencias, todo lo que allí ocurre se resume en una gran desgracia y punto, nada más que hablar. En cambio, un grupito de reporteros bien pagados se encarga de crear las líneas de mensajes que a diario salen desde Europa y Norteamérica y que marcan el devenir informativo del resto de los medios. Incluso aquellos periódicos alternativos, que son pocos y que pretenden sobrevivir, se ven obligados a entrar en la agenda de esas líneas de mensaje, en un universo como el de Internet, donde manda la dictadura de los clicks, los comentarios y los me gusta en Facebook.

El periodismo, a la vez que deja de existir (su credibilidad se resume casi a cero) se transforma en su contrario, en la desinformación, mientras que quienes lo ejercen pierden relevancia social, liderazgo, prestigio, pues todo parece ocurrir al margen de las culturas profesionales periodísticas, en las redes sociales, mediante la participación de nuevos actores que no tienen siquiera que saber escribir. De existir estos nuevos medios, en tiempos de la batalla de Waterloo por ejemplo, andarían por allí miles de versiones todas distintas acerca del resultado final, los culpables y héroes, etc., y es que hoy la infinidad de supuestas verdades en la web impide ver algún tipo de verdad.

Mi amigo, el colega renegado, estará de esta forma reivindicando el acto libre de escribir, de hacerlo sobre lo que él quiera, aunque no se lo vayan a publicar. No es que no haya la calidad literaria y el vuelo artístico en una buena crónica, sino lo mal que se tratan, en los medios, estos géneros, ya que prima la lógica antes descrita. El periodista se va separando de la esencia de sí mismo, hasta convertirse en otro. De tal manera, los monopolios han ganado las batallas, deshumanizando las actividades más cotidianas y naturales, para convertirlas en un coto de caza privado, en una mercancía por la que hay que pagar, como ocurre también con productos vitales como el agua, o con servicios como la educación, la cultura o la salud.

Para quienes crean en quimeras como la libertad de expresión o el periodismo imparcial, solo existe un cruel despertar o un dormirse en esas tinieblas. Nuestra realidad es la de la censura, la omisión de datos relevantes, la dieta regulada por los poderosos, o el hambre total que nos convierte en analfabetos sin criterios y simples marionetas de los caprichos de otros. En un mundo capitalista, todo parece llamado a desmoronarse, pero antes deberá convertirse en su contrario, en Mr. Hyde.

No extraña que por esos pasillos, ya sea por precaución a la vida o a la honra, haya hoy hasta quien se ofenda y responda: “más periodista eres tú”, ya que a estas alturas se sabe que escribir es otra cosa y que tampoco sirve de nada.

 

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