La plaza roja

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La plaza debajo de la terraza estaba iluminada como para una verbena pero yo no veía más que bombillas de ocasión compradas en el mercadillo que colgaban de un cable vía enchufe. No era el 14 de Julio, ni el 2 de mayo, Había gente que movía los labios refregones de rojo como putas de una película de Fellini. Nadie hablaba. Se abrazaban imbécilmente en las encías, en plan de pueblo cuando la liberación de los arcángeles negros llegados a la huerta del tio Jacinto. Solo emitían risotadas envueltas en globos de plástico como cuando los rusos entran en Berlin (en 1945, al acabar la matanza de la II Guerra Mundial). Sus superiores, es decir los que mandan a los soldados y que se llaman capitanes, coroneles y todas esas cosas, los que llevan botas de verdad, botas de cuero, camaradas de trabajo que habían conquistado la plaza ordenan a los soldados, bueno, les dan permiso para violar a todas las mujeres alemanas que se les pongan a tiro. Nadie será castigado, Stalin es así de generoso.

Hay que vengar la humillación que las tropas de Hitler le han infligido. Ahora pagarán estas tías buenas que luego veremos pacíficamente en “Cuando pasan las cigueñas”. Qué bonita que era mi niña, con sus ojitos verdes. La plaza estaba callada y las luces se apagaban porque el fluido eléctrico se lo habían llevado los soldados rusos a los campos que alegremente preparaba Stalin para sus huéspedes, los gulags que luego se venderían en librería. Es que bailar a oscuras daba angustia y los tranquilizantes escaseaban. Los cabrones de los norteamericanos, aliados en aquella matanza, se los tomaban todos a puñados. Hitler, maricón sin saberlo porque incluso tenía una querida que estaba como los dioses de Zeus, pero maricón certificado por todos los servicios secretos designaban a las mozas, según estatura, belleza facial, arte para moverse, para ser violadas según la Convención de Abulquerque. Era la venganza de los rusos por haber sido zarandeados.

Gary Cooper salió de pronto a caballo enfurecido y con sus doce pistolas asesinó a mucho de los soldados que habían tirado sus fusiles para sacarse la picha y ponerla en posición de erección de violación según la ordenanza del Alto Estado Mayor. Las pistolas de Gary Cooper, que todavía estaba cabreado porque Grace Kelly lo había abandonado en aquella película donde estaba tan mona con su vestido de novia encargado a Balenciaga, disparaban dieciocho proyectiles magnum del 45 por minuto y los soldados rusos no tenían tiempo de quitarse las guerreras, porque muchos eran supersticiosos de la secta de los pichacortas y no veían venir las balas.

Luego, en el plano siguiente, llegó Georges C. Scott, que acababa de aceptar el contrato para el papel de jefe supremo de las fuerzas norteamericanas, pero nadie le había dicho nada. Y sobre todo no le habían dicho una palabra de lo que tenía que hacer. Así que sacó sus dos Colts nacarados de 235 balas cada uno y fue metódicamente dejando sin polla a los matones rusos que poco a poco preferían correr y dejar de perseguir a las alemanas, según las cifras oficiales. Nadie dijo si entre las violadas había monjas.

Las soviéticas, tan guapas ellas, corrían pero elegantemente porque creían que aquello era un teatrillo. Nadie les había dicho que las violarían al final de la guerra para que los soviéticos quedaran satisfechos y vengados. Joseph Stalin, el padrecito de los pueblos, era así, nadie sabía nunca que nuevo chiste se le ocurriría, si mandar el ministro de Relaciones Exteriores al gulag siberiano más lejano u ofrecerle unas vacaciones en Hawai.

La plaza Roja estaba llena de nieve fresca. Gary Cooper no paraba de tirar. Se los cargaba a todo. Odiaba a los soviéticos porque tuvo una criada rusa que no quiso acostarse con él y desde entonces aquellos bolcheviques merecían lo que merecían. Debajo de la terraza volvieron a encenderse las luces, pero esta vez, como había más presupuesto, pusieron bombillas enormes y se veía como las señoras iban vestido de lagarteras y como los tíos se metían debajo del chaleco todo lo que podían robar en los bares.

Ellos no estaban al tanto de lo que ocurría en Berlin porque Berlin quedaba lejos. Y como tampoco sabían leer, para qué les cuento.Cuando hubo terminado los otros 2422 cartuchos que el Estados Mayor le había concedido, Gary Cooper dejó de disparar pero entonces un indio comanche, que le perseguía desde su última película rodada en los Apalaches, le metió un navajazo en un ojo y el general George C. Scott se cabreó mucho y mandó el alto el fuego.Así terminó la guerra y empezó la paz con miles de muertos y heridos porque entonces aparecieron unos tiparracos llamados yihadistas que querían exterminar a todo los blancos. El primero que cayó fue el general. Una bala de Kalachnikov le atravesó la oreja derecha, con tan mala suerte que bifurcó hacia el tercer apartado de su enorme cabezón. Y volvimos a bailar el vals que tenían preparados los músicos de París, llegados por vía aérea para animar la fiestecilla, con la orquesta de Benny Goodman.

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