La Falta

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Empecemos diciendo que si Tarantino no hubiese nacido nunca el cine hubiese sido tan divertido. Desde que ha sacado su película sobre el Hollywood de nuestros amores hay casi duelos a capa y espada. Yo le pediría a D’Artagnan la espada que le legó como herencia su padre antes de que se fuera a buscar fortuna a París para atravesar las carnes de los analfabetos contemplativos que van al cine para comer palomitas y tomarse uno de esos güisquis que adora nuestro presidente (otra vez me he olvidado su nombre, carajo… Esto no puede ser, tendré que ir al ornitólogo)… Ah ya, Donald Trump, Porque aunque ustedes no lo saben, insulsos gañanes a cinematográficos, Trump se toma cada botellazo de Coca sin azúcar que es un primor. Y ya se sabe que ese mejunje es más dañino y menos divertido que un buen güisqui al lado de esa amiga que ha venido a verte porque estás resfriado. Ahora resulta que además de haber conseguido la película que nadie se había atrevido a hacer, Tarantino va a ser papá por la primera vez, murmuran las gacetas, aunque Dios y el diablo saben… Y me ha hecho recordar aquella mañana en que yo me estrenaba como aprendiz periodista en el semanario “Cosmópolis” de Tánger y la secretaria me pasó el teléfono: “Tengo una falta…” (terrible palabrota que presuponía un posible embarazo) oí muy bajito y ya no sé lo que le dije a aquella maravillosa mujer que me llamaba y que había conocido un mes antes durante la proyección de Lo que el viento se llevó. Era algo mayor que yo, pero aunque todavía yo no conocía que alguien pudiese llegar a rodar una película tan históricamente como La dolce vita, mi compañera de butaca se parecía horrores a Anouk Aimée, una de las bellezas que rodean a Marcello Mastroianni.

Salimos del cine y ella me invitó a acompañarla a su casa. Allí permanecí tres semanas. Y todo por el cine, porque cada vez que la miraba se me cruzaban por la mente algunas de aquellas escenas que hicieron célebre a Federico Fellini. (Por cierto, aprovechen para buscar un cd y vean La dolce vita, que les cambiará la vida). Cuando hube sabido lo que significaba para una mujer tener una falta, que no era una multa de tráfico ni una carrera en la media, quedé perplejo. Yo era un chiquillo y me anunciaban que iba a ser papá. Era sin contar que las mujeres nos llevan mil años de distancia en todo y que mi extra de La dolce vita” había querido probar mi fidelidad. Cosas de la vida.Ahora ya no se lleva lo de la falta porque la gente se mete en la cama con un ordenador que calcula la gravitación arterial de la mujer y prevé la curva que seguirá el semen del encamado. Un asco, que quieren que les diga. Tanto que hay que encargarlos por teléfono a Filipinas para que te hagan un crio porque ya la señoras se han olvidado tener esas románticas faltas.

Les hablo desde mi atalaya donde estoy pensando en qué castigo reservarle a un amigo de París que se ha atrevido a escribir que he exagerado diciendo que la última película de Tarantino es una maravilla. Claro, como ya no saben lo que es una falta en lenguaje amoroso, como ya no utilizan el aparato genital más que para expulsar albúmina, creatinina, agua, urea y algunos cuantos cuerpos cetónicos pues todo resulta banal y aburrido.

Después de Lo que el viento se llevó –confieso que aquella primera vez que oí “Tengo una falta” me produjo un choque meditativo inolvidable—el tiempo pasó, Errol Flynn estuvo a punto de ahogarme en la bahía de Tánger y me marché a París. Y una tarde en que entrevistaba a un astro viejo como el mundo en los estudios de Billancourt, una asistente de la tercera secretaria del primer ayudante me avisó de una llamada urgente para mi persona. Corrí hasta el despachito de una secretaria muy mona y oí: “Mi vida, tengo una falta”. La verdad es que me eché a reír porque me daba igual. La “faltona” era una de las hembras más bellas de París y además tenía un temperamento de mujer morena de origen que lo que me extrañaba es que tuviese solo una falta. Porque era la perfección. Pasó la alarma, seguimos saliendo cuando se lo permitían sus labores como secretaria de una de las bailarinas-cantantes negras que revolucionó París con unos cuantos plátanos atados a la cintura, y la vida siguió en aquel París que era lo que el Hollywood fue para Tarantino. Ahora, en esta mañana de verano ardiente, les escribo desde mis muchos años, cuando ya no proyectan Lo que el viento se llevó ni La dolce vita, y ¿saben qué?, que me gustaría recibir una llamada telefónica, por el móvil naturalmente, con tres palabras solamente: “Tengo una falta”.

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