Arte joven, siempre rebelde como Rimbaud

Mauricio Escuela Orozco | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Un amigo pintor tiene más o menos mi edad, entró a la Asociación Hermanos Saíz y ha hecho su obra, siempre irreverente, a pesar de las instituciones las más de las veces, aunque se haya servido de estas para exponer. Abandonó su puesto como especialista de artes plásticas de una Casa de la Cultura, luego de soportar durante meses la autoridad allí de un cuadro de esos que siempre se reciclan (el jefe provenía de puestos no artísticos, donde invariablemente tenía problemas con sus subordinados, llegando al punto de la ingobernabilidad). Sin un trabajo fijo, mi amigo regresó al batey de donde proviene y se dedica a su arte raro, en medio de la más absoluta falta de lazos con instituciones promotoras. La Casa de Cultura mientras, perdió su mejor y más trabajador especialista y al cabo el cuadro se marchó. La anterior anécdota pudiera ser un caso aislado, pero no, como soy joven y me muevo entre el mundo de los creadores conozco a muchos que miran de soslayo las instituciones cubanas de la cultura, y no es que las rechacen, sino que prácticas anti-artísticas han marcado en los últimos años el accionar de algunos de dichos lugares, puestos más en función de un plan que de la real promoción de los artistas y su legitimidad. Todavía resuenan en mis oídos las palabras de aquel director de esa misma Casa de Cultura, otro, que se halaba los pelos porque no alcanzaba la población de la ciudad para llenar los planes de asistencia a las actividades artísticas, impuestos “desde arriba”.

¿Qué relación podría haber entre el arte joven, siempre o casi siempre auténtico y la más burda burocracia cultural?, obvio que no se trata de un fenómeno aislado, sino de un suceso que no se estudia lo suficiente, ni se publica en los medios de prensa, triste realidad que aún no queremos mirar, espejo del que rehuimos.

La burocracia no es un eslabón perdido, sino una cadena, se legitima ella misma, aunque esté destruyendo al mundo, mediante una serie de funcionarios incapaces (esos que en Cuba llamamos cuidapuestos), que ni siquiera quieren capacitarse. A tal punto se llegó, que muchos de esos directivos ven a las instituciones como entidades primarias, mientras que a los artistas los miran como prescindibles, o fichas de un juego poco serio.

¿Y qué hace una institución que invisibiliza u obvia al artista joven?, se anquilosa, tiende a buscar legitimidad en lo ya legitimado por otros, no produce el movimiento del arte para el cual fue creada. Muy poco vínculo veo entre la Asociación Hermanos Saíz (AHS) y las entidades encargadas de la promoción, ya sea una Casa de Cultura o una emisora de radio o televisión, ya que se suele relacionar a la sociedad civil de los artistas con un club de frikis que beben ron y oyen trova o rock. Por otro lado la AHS tiene que buscar en los entresijos de las instituciones esos nichos, donde se pueda batallar, sin que se renuncie a la esencia joven, legítima, de una organización que existe para y por los artistas y que hasta el momento ha cumplido con tal finalidad. Durante años hubo, en la emisora radial de Santa Clara, un programa dedicado al sector del arte, me pregunto no solo por qué desapareció, sino por qué no se generalizó como ejemplo.

Los espacios hay que tomarlos, eso lo sabemos los miembros de la AHS, y no siempre nos van a recibir con los brazos abiertos, más de una vez nos cerrarán las puertas o pedirán ese rosario de premios en el currículo que supuestamente le dan a nuestro arte la brillantez suficiente para merecer atención. Muy mal que así sea, pues el artista joven, como ser que está empezando, no tiene por qué cumplir con los altos estándares impuestos y que la burocracia, incapaz de ver más allá de sus narices, agarra como bastón de apoyo. Los directivos debieran ser capaces por sí mismos de reconocer el talento, y no la papelería, hay que actuar orgánicamente y en correspondencia con ello.

Cada cuadro, por vocación, constituye en potencia y por definición un intelectual de la política, por ende deberá comprender las diferentes instancias con una mirada amplia, compleja, que vea cada caso en su especificidad, nunca como si se tratase de una fábrica de morcillas, sino cual una obra de arte en lo social. También guardo con cariño la frase de cierto cuadro, quien solía decir que la AHS era su obra, porque tal es la mentalidad del verdadero líder, del que crea una instancia mejor en la cual se desenvuelven las dinámicas históricas, que no histéricas o mediocres. Se trata de mandar obedeciendo, y ello implica la tan cacareada humildad que se exige “para abajo”, pero que no abunda en sentido contrario, al menos en el terreno de algunos decisores culturales.

Al pueblo no se baja, se sube, lo mismo ocurre con el artista joven, a quien si hoy le damos la espalda porque no tiene currículo, mañana lo veremos con ojos de hipócritas cuando regrese lleno de reconocimientos, y le tendamos una alfombra. También ocurre que, al no haber espacios de legitimación serios en las instituciones o estar copados de malas decisiones, el joven recurra a otros, que desde el punto de vista de la finalidad ideológica se sitúan en las antípodas. Aquí, como sabemos, tampoco cabe ni la satanización de ese creador, ni su anulación, sino corregir el mal rumbo que, desde un inicio, la institución tomó con una obra las más de las veces valiosa.

Durante la clausura del Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), el actual presidente de la AHS citó a los Hermanos Saíz, como muestra del arte joven plagado de esperanzas, en una era adversa, que no les permitió el justo florecimiento. Hagamos porque esta obra, la grande y social, siga siendo de todos los que con sinceridad queremos decir lo que pensamos y sentimos, aunque no sean las directrices.

El arte joven será siempre una rotura, de estilos y sentidos, y allí halla su legitimidad, no en la copia o la reiteración, ni siquiera en el acatamiento. Los que hoy se miran como frikis o fracasados de nueva data, que creen en utopías personales alejadas de lo meramente económico o burocrático, mañana podrían darnos una lección, o estar sentados en el lado justo que la Historia les otorga. También a Rimbaud lo llamaron loco, provocador, caballo de Troya, etc., hoy nadie concibe la poesía sin leerse Una temporada en el infierno o El barco ebrio.

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