La felicidad

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Un día encontré a un hombre totalmente feliz. Cantaba con voz gangosa y arrastraba los pies por el malecón ayudándose de unas muletas. Charlamos un rato en la playa. Vendía cupones de lotería y le compré uno. Me dijo que era feliz porque tenía una novia inválida como él que la esperaba siempre en casa para comer al mediodía. “Pero tengo que darme prisa, porque la comida la tengo que hacer yo. Ella es ciega, pero si vieses la mesa que pone… Un día te invitaré. Es allí arriba, en las Grutas de Hércules”.Yo en aquellos tiempos andaba normalmente, no me faltaba de nada e incluso había un par de imbéciles del bar donde tomaba café con leche que me envidiaban porque la camarera, Lucía, un primor de chiquilla, que se reía mucho conmigo. Como si la felicidad existiese. Es una cosa que los cristianos, los primeros, los que andaban metidos en la secta de Jesús ya crucificado, habían inventado para que no se les fuese el público. Para ser feliz se necesita tener un grado menor de inteligencia, suficiente para que no puedas pensar demasiado y te des cuenta de que no se puede amar una vida donde no hay más que maldad, embustes, malas intenciones, locos malos, vamos que no pertenecen a mi estirpe, donde consideramos la locura que nos ha tocado como una manera de ser generosos y decentes. Al día siguiente volví a encontrar al vendedor de lotería, que arrastrando los piés se desgañitaba con mucho arte para que la gente, a la que le importaba un carajo, le comprara por lo menos un cupón. En cuanto me vio se abalanzó hacia mí y me abrazo mientras farfullaba palabras de una gran felicidad que estallaban en medio de la saliva que se le salía cada vez que me explicaba algo. Le senté en un banco y le calmé. Y entonces, más tranquilo me contó con una cara de felicidad que valía la pena pintarla: “Sabes que Alicia, mi novia, va a tener un niño. Me lo anunció anoche. ¡Te imaginas la alegría! Era lo que nos faltaba para ser totalmente felices”.

Pensé que cuando naciera, los cuatreros y cuatreros de los servicios sociales se lo quitarían para meterlo en una de esas instituciones que Dickens lloraba tanto. Pero callé y sonreí con la sonrisa que todavía recordaba del rato que había pasado hacía un momento con la camarera, Lucía. Me había besado cuando fui a buscar una cajetilla de tabaco, aunque a ella no le gustara que fumase.

Al día siguiente le conté a Lucía la alegría del ciego, que ella conocía también. Se puso muy seria y me rehuyó durante toda la mañana.

Por la tarde me las arreglé para obligarle a hablarme. Lucía musitó: “Perdona si he estado tan saborearía pero me dejó muy triste lo que me contaste del ciego”

-Pero no te preocupes, tonta, cuando llegue el momento le ayudaremos y ya verás cómo todo sale muy bien. Incluso podríamos proponernos como padrinos…

Lucía me abrazó como nunca lo había hecho entre jipíos: “Verás, es que me gustaría que tú y que yo… Me gustaría que tuviésemos un hijo, como el ciego…”

Traté de darle los argumentos que se me vinieron a la cabeza para demostrarle que era una locura. Ni siquiera salíamos juntos. Nos habíamos besado una vez de refilón. ¿Cómo iba ella a querer que yo fuera el padre de un dijo suyo?

-Hace mucho tiempo, desde la primera vez que pediste un cortado de máquina con leche me enamoré de ti. Hace seis meses y ocho días, pero no quería decirte nada porque temía que me rechazases. Yo no pertenezco a tu clase. Tengo el bachillerato, te lo puedo enseñar, pero tú eres un escritor, o como tú dices un escribidor y…

Aquella noche la pasamos juntos en su pequeño apartamento frente a una esquina de la playa. Y no nos separamos nunca más.

El niño del ciego nació un cielo. Era el niño más bonito del mundo, lástima que su madre no pudiese verlo.

Nosotros tuvimos el nuestro quince días después.

Entonces acepté que la felicidad podía existir y en lugar de seguir escribiendo ensayos profundos empecé a escribir novelas policíacas que, por cierto, tuvieron una gran acogida.

Lucía termina Filosofía y Letras. Le encanta porque dice que así podrá corregirme.

Y yo que creía que la felicidad era para gente feliz por decreto.

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