Tarantino GENIAL!!!!

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

El cinéfilo que se muera sin ver la película de Quentin Tarantino, “Érase una vez en Hollywood”, irá de seguro al infierno. Lo jura alguien que entró a ver este filme escandalizador de Cannes y del mundo entero temiendo lo peor. Cuando mis labios sonríen por lo bajines durante cinco minutos sin parpadear, ya pueden comprar la entrada. Lo juro por sus madres. Érase una vez en Hollywood no es una película, es un grito, un alarido, proferido por un hombre de cuarenta y pocos años, un niño, pobrecito mío, que ha querido plasmar en la pantalla todo su amor y toda su repulsión por esa ciudad mítica del cine, donde se inventó el cine, donde nacieron nuestros primeros enamoramientos y nuestras primeras decepciones del cine. Porque desde que los Lumière hicieron andar las imágenes, no tuvimos más Dios que el cine. ¿Qué les cuente la película? Ya les he dicho que no hay película, ni actores, aunque se menciona en los títulos a Margaret Robbie (en el papel principesco de Sharon Tate), Leonardo di Caprio, Brad Pitt y Dakota Fanning. El gran protagonista es el cine norteamericano, con sus limusines blancas que parecen pasadas por Omo, sus casas de mal gusto, sus bulevares, sus mujeres, caras bonitas que empobrecen cualquier concurso de Miss Universo. Tarantino ha hecho como un juguete que yo tenía cuando era un niño y mi papá el Coronel me riñó. Lo destrocé todo lo que pude. Rompí, hice trizas el amor que nos unía a los dos a través de aquel juguete metálico con muchos tornillitos. Tarantino destruye Hollywoood, destruye los mitos, se destruye a sí mismo. Se inmola como aquellos bonzos cuando Vietnam era una guerra romántica hasta que se convirtió en un infierno del que Estados Unidos no ha salido ni con las chulerías de Donald Trump.

Pero, atención, para ver ésta película hay que tener por lo menos el tercer grado de cinéfilo. Hay que haber chupado cine desde el amanecer de la vida, porque si no váyase a la película de al lado que no le dará ninguna sorpresa y solo alguna sonrisa. Solo por ver a la actriz Margaret Robbie, el mundo merece ser una sala de cine. Solo por descubrir con estupor que Leonardo di Caprio y Brad Pitt pueden ser dos actores de verdad, vale la pena comprarse una entrada y escuchar el silencio de las catedrales en la sala. Porque todo el mundo sabe, aunque sea un muchachito de catorce años que ha entrado por casualidad, que Érase una vez en Hollywood es un pedazo de historia escrito con los renglones torcidos de Dios que a veces deletrea el Diablo.

Por ver un cachito al auténtico Al Pacino con su cara de Satanás en su jugo haciendo de productor todopoderoso que quiere relegar a los actores a simples burros, yo hubiese pagado un suplemento o diez kilos de odiosas palomitas. Pero les advierto nuevamente. Es sin duda el mejor filme de Tarantino, es probablemente el único que no volverá a hacer porque ya se ha dejado en esos estudios el talento de toda una vida. Me guardo mi antinorteamericanismo y soy capaz de llevar a hombros la bandera norteamericana para darle las gracias a Tarantino.

Hay que ser un cinéfilo de cuna, de nacimiento y oírles hablar de la película de Roman Polanski Rosemary’s Baby para entender que el cine no es una cámara, actores y el vozarrón de Rueden. Hace falta amar, amar mucho, hasta la perdición, y Tarantino ama el cine como los drogadictos la droga. Me ha dejado pasmado convirtiendo en monstruos de interpretación a esos dos actores que tanto he odiado, di Caprio y Pitt. Cuando se consigue hacer algo así, sin más intenciones que contar lo que fue Hollywood, hasta la matanza de la secta de los Manson , hay que pedir la vuelta al ruedo y la salida por la puerta grande, aunque no te gusten, aunque odies los toros.

El maldito Tarantino te mete en los bulevares de Hollywood, en sus monstruosidades, en la cerveza que beben como si fuera champán Taittainger, hace que cualquier mujer sea la más bella del mundo. Te trae el recuerdo de aquella primorosa Sharon Stone, que los dioses la tenían embalsamada para que él la sacara y la hiciera de nuevo. El cine me ha hecho gozar y sufrir mucho. Ha habido películas que me han hecho llorar en cincuenta años de crítico de cine, que me han hecho patear las butacas, gritar, arrancarle una oreja al pobrecito de crítico de mi butaca de al lado. Con Érase una vez Hollywood me sentí morir cuando llegaron los títulos de fin. Porque es una película que no debería terminar nunca. Es una película que debería poder grabarse en el corazón y pedirle un autógrafo firmado en el corazón, aunque no tengas más que uno, pobre imbécil, a la Sharon Stone de Tarantino. Toda la vida me has parecido presuntuoso, chulo de Lavapiés o mejor de Chueca. Con esta película tuya, supongo que la última porque es imposible que te queden fuerzas para otra, te beso los pies y me meto derechito en tu harén. Eres un genio, Tarantino, aunque un montón de críticos de cine, por decir algo, de analfabetos de la película, no hayan entendido nada a tu Érase una vez Hollywood. Que dios te bendiga.

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