Cuba y el manicomio

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

Como supongo le ocurrió a todos los niños cubanos de los años 50 del siglo pasado o a buena parte de ellos, para mí la sequía, los ciclones o el cambio climático no eran preocupación. Disfrutaba cuando llegaban los huracanes porque con mis primos nos reuníamos a retozar y a comer churros con chocolate en la casa más sólida de la familia, allá en la Habana Vieja; y de la adolescencia lejana recuerdo con alegría .-fíjese bien, CON ALEGRÍA porque la juventud es temeraria-   las veces que ayudé a enfrentar las amenazas de huracán, y mantengo clarísima la imagen de una maestra saliendo con el agua al pecho de su escuelita pública, a la que volvió para salvar los libros después de que habíamos evacuado el pueblito pesquero de la costa sur donde ella daba clases y donde se temía la ocurrencia de un ras de mar. Casi nadábamos por el medio del pueblito un amigo y yo, más cinco guarda-fronteras tirando todos de un botecito –ahí iban los fusiles, una planta de radio defectuosa y otras menudencias-, cuando ella apareció de entere las olas que ya iban cobrando fuerza. Y es que pertenecer a una isla plantada en el mismo medio del camino de los huracanes lo lleva a uno a mal suponer que cuando termina cada año la temporada ciclónica, la vida vuelve a ser normal.

Sé que el corre-corre de la modernidad, la tendencia de las redes a simplificar lo complicado y la urgencia del periodismo tradicional por salvarse han contribuido a que la gente se conforme leyendo titulares, leyendo poco. La gente no quiere que la cuenten cosas tristes porque el mundo está repleto de tristezas. Me consta que cuando Trump lanzó la idea de comprar Groenlandia para los americanos la gente rio, reímos todos; que cuando Bolsonaro demoró más de 15 días en reaccionar ante la quema de uno de los pulmones principales del planeta, mucha gente reaccionó en contra del neofascista brasileño, más por estar a la moda en Facebook, en Twitter o en Instagram, que por conciencia de lo jodío que estamos los humanos. A mí tampoco deberían preocuparme estos asuntos porque cuando se pasan los 70 años de vida, uno sospecha que lo ha hecho casi todo y que la música le toca tocarla a otros. Pero ocurre que es imposible zafarse de este manicomio en el que nos han metido sin preguntarnos.

Aguaceros, granizadas e inundaciones inéditas en un barrio de Madrid –solo en un barrio- y después sensación de frio; antes una ola de calor estremeció a Europa y todavía lo hace en el Caribe; una tormenta –Dorian– , sin llegar al grado de humilde huracán puso a temblar a Puerto Rico, porque todavía ese “Estado Libre Asociado” a Estados Unidos –así le dicen oficialmente- no ha podido recuperarse del golpetazo del ciclón María en 2017 –casi tres mil muertos-, cuando Trump tuvo a bien llegarse allá a lanzarle personalmente rollos de papel sanitario a los boricuas,  como ayuda; otro de los chistes malos del jerarca. En fin, para qué seguir enumerando, todos sabemos a qué me refiero. Y habrá que unir la voluntad de todos o de la mayor parte de los que estamos en el manicomio sin quererlo, para que este planeta pueda subsistir. Y no lo hará, créanme, por obra del consumo o del mercado.

En Cuba hay planes para protegernos del cambio climático –Tarea vida, creo que le dicen-; se tienen identificadas las zonas que desaparecerán cuando el mar suba más de cinco metros, como parece inevitable, y las acciones a acometer; se buscan las formas técnicas de proteger y aumentar las reservas de agua potable; se invierte en energía renovable; hay un sistema probado para minimizar los estragos de los ciclones.  Hay voluntad política y ciencia para saber qué hacer, pero no hay dinero, y cuando las finanzas no dan ni para importar el alimento que se necesita, no son suficientes ni la voluntad ni la ciencia. Lamentablemente, es así, donde sobra o alcanza la plata, por lo general no hay ni voluntad ni estrategia, y uno hasta asiste impávido al sainete de Bolsonaro con Macron por la oferta de ayuda monetaria – de la Unión Europea a iniciativa del francés- para sofocar los incendios en el Amazona, que rechazó el brasileño hasta que el galo no se disculpe por haberlo declarado en público inepto a fin de manejar la crisis de fuego. Con estos líderes políticos, señores, apaguen y vámonos, no sé pa´dónde.

 

 

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