La fumata negra de Bolsonaro

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Nos hemos acostumbrado a mentir tanto, pero no solo la gente en la calle, en sus casas o en el trabajo sino en la prensa que debería ser un ejemplo, que inventar una barbaridad, fake news, para que la gente que sabe dos palabras de inglés entienda de que va. Somos pretenciosos hasta para echar mentiras. Y los primeros los periódicos que escudándose o no en las monstruosidades que dicen los políticos sacan los titulares más atrevidos y más odiosos. Mentir ya no es un pecado, ni siquiera la Iglesia Católica no consideraría así porque la primera que miente es ella cuando saca de atolladeros de todo tipo de maldades, y principalmente la pederastia, a obispos, arzobispos e incluso a íntimos del Papa. Mentir es la defensa más elemental del ser humano. Miente el niño pequeño cuando hace una travesura, miente el adulto y, sobre todo, mienten de forma profesional y patéticamente enfermiza muchos personajes que ocupan altos cargos. Un capitán de barco tratará de huir de sus responsabilidades cuando su barco embarranca. El militar siempre encontrará un pretexto, el político profesional, no el casual, sino el que se ha preparado desde la cuna, sabe perfectamente conoce la retahila de mentira. Hace muchos años, durante unas elecciones presidenciales en Francia, pude observar a uno de los candidatos, el del Partido Socialista, Michel Rocard, que era todo lo contrario de un payaso y un exhibicionista, un hombre austero, durante las clases que tomaba a diario con especialistas de lo gestual, de la palabra, de la media palabra. Era como asistir a una clase de Arte Dramático. Cada palabra requería de un gesto, cada explicación de expresiones adecuadas. Y eso que era un personaje respetable. Qué sería de nosotros si no hubiésemos aprendido a mentir al nacer. Probablemente moriríamos de inanición, porque no conseguiríamos comer lo que nos gusta, hacer lo que nos da la gana, tomarle el pelo a los padres y, en una palabra, hacer lo que nos diese la gana.

Cada uno de nosotros tiene sus métodos para hacer creer a los demás lo que nos interesa que crean. Cuando un vendedor de libros llama a su puerta, antes de abrirla ya sabemos que nos va a ofrecer la enciclopedia más acabada del mundo (esto era antes de la informática, claro), que nunca hubiésemos abierto, o raramente, y por la que habríamos pagado durante muchos meses un pastón. Mentir es la manera que cada cual tiene para defenderse en una existencia en la que nadie dice la verdad, en la que conseguir los objetivos es razón más que justificable para conseguir subsistir. Porque todo se limita a eso, conseguir seguir adelante.

La mentira es tan necesaria, natural, que algunos hombres políticos están convencidos de que cuando prometen que el hambre terminará en el plazo de diez años creen que lo están jurando en la Biblia. Porque para mentir hay primero que creérselo. Actualmente, Amazonia arde. Medio millón de kilómetros de bosque que necesitamos como el comer porque es el espacio que nos asegurará cuando lo necesitemos agua potable –allí están las mayores reservas y más puras del mundo–, para la que ya se probó que Estados Unidos tiene planes para apoderarse de este sector, plantas medicinales de las que dependen nuestras vidas, riquezas infinitas de todo tipo y, sobre todo, aire puro.

La prensa del mundo dice que Amazonia arde y es cierto pero con un poco de exageración. Porque desde tiempos inmemoriales, los grandes propietarios sin escrúpulos, habrá quizá alguno honrado, organizan regularmente feroces incendios en ese pulmón del mundo para limpiar la selva de árboles y plantarla y, naturalmente, ganar dinero. El Estado no ha puesto nunca medios suficientes para combatir esas fechorías y han sido los campesinos sin tierras los que más han luchado contra los sicarios de los grandes propietarios que meten fuego a la floresta. Batallas campales con muertos y heridos. Pero durante muchos años ha sido algo corriente.

Es posible que ahora, con la aquiescencia del nuevo presidente, los hacendados estén echándole más candela al fuego para adelantar sus operaciones, quedarse con tierras arables. Y no hay que olvidar que actualmente Brasil tiene un gobierno muy favorable a esos mete fuego. Pero aquí también mentimos un poquito porque esos incendios siempre han existido y seguirán existiendo, solo que ahora Brasil tiene un presidente, Jair Bolsonaro, que no le cae simpático ni a sus propios familiares, y que es suficientemente perverso para que se le atribuya como a Nerón el incendio de Roma.

Los principales países europeos, como Francia, están amenazando a Bolsonaro para que tome medidas más radicales contra los incendios, con lo cual le acusan indirectamente de tener una responsabilidad mayor en los mismos. Bolsonaro replica que se metan en los asuntos de su casa. Pero es difícil creer que el mundo deje que este presidente cada día menos popular y más odioso no sea obligado a frenar los incendios como sea, amenazando a sus propios compinches los terratenientes o tomando medidas de extinción realmente eficaces. Pero es cierto que mientras tanto, la superficie de Amazonia seguirá disminuyendo, los gañanes de los amigos de Bolsonaro llenándose los bolsillos y el mundo perdiendo un poco más ese aire que tanta falta le hace.

Por supuesto que entre quienes reclaman a Bolsonaro no está el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, que es probablemente el hombre más antipático del mundo, ya que para él el medio ambiente es un invento estúpido de cuatro locos. Cualquier encuesta, por manipulada que esté, concluirá que es el personaje con el que el noventa y siete, o algo parecido, de la población, no querría invitar a tomar un café. Se cuentan sus mentiras, que le salen por la boca con una facilidad asombrosa y mientras un día está casi anunciando la posibilidad de una guerra nuclear al otro dice todo lo contrario con esa sonrisa que probablemente se pintó en la cara en tiempos en que era estrella de la televisión. Para él, mentir es un arte y lo hace con una convicción terrible, pero la prueba de que esas mentiras tienen su público, en millones de personas, es que fue elegido Presidente del país más poderoso del mundo, cuando ni siquiera sus correligionario del Partido Republicano podían soportarlo.

Necesitamos la mentira como el café que nadie se pierde después de comer, porque es la única manera de poder tener razón alguna vez. Si nadie mintiese, si los políticos dijesen siempre lo que iban a hacer sin mentir ni una mijita, ¿quién los creería? Inventaríamos que están mintiendo porque necesitamos rectificar y tener frente a nosotros a gente que no engañe para poder tener a alguien a quien combatir. Nosotros mismos, que no dirigimos países ni tenemos que decirle a un jefe de Estado que nuestra bomba atómica es mucho más grande que la suya, ¿podríamos estar todo el día sin contar un embuste, una exageración? Necesitamos jugar un papel que no tiene nada que ver con nuestro carácter ni con nuestras intenciones. Y ese papel pasa por una mentira, por pequeña, por absurda, por inútil que pueda ser. Pero Dios quiera que contrariamente a un filósofo francés, el mundo no lo creo Satán y Bolsonaro vuelva a su parroquia evangélica de Río y rece por la salvación de su alma mientras ordena dejar en paz a la Amazonia.

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