Nuevas luces para el cine cubano

Mauricio Escuela | Sergio Berrocal Jr.

En el cine es donde se apagan las luces y se enciende la luz de la historia más perfecta, aquella que narra los sucesos desde el lente sensible, como ha ocurrido desde los mismos inicios de la gran ficción allá en los experimentos de los hermanos Lumiere. El fenómeno de masas no excluyó jamás ese momento de soledad reflexiva, desde la luneta, como testimonio de un arte que no termina en la mera proyección, sino que se traslada más allá de los ámbitos meramente exhibicionistas. Así lo retrata Arnold Hausser en Historia Social de la Literatura y el Arte, como ese momento en que al fin el alma realiza un movimiento espacial gigantesco, sin que se abandone ese espíritu específico del sueño, sin que la fabricación en serie obvie lo específico. Cuba tuvo la ciudad con más salas de cine de América Latina, así lo refleja Guillermo Cabrera Infante en su novela La Habana para un infante difunto, una gran alegoría a la identidad nacional y su relación con las películas que en distintas épocas han marcado a nuestro público, desde los western hasta las cintas de aventuras y del corazón. El cine cubano, entonces incipiente, contó con iniciativas de gran atrevimiento, y con críticos de alta valía, como el mencionado autor, quien desde las páginas primero de Carteles, Bohemia y luego desde Lunes de Revolución, trazaba las líneas del buen consumo, ese que no se basaba en lo conveniente, sino en la cinta monumental.

Con ese pasado hay que jugar, a la hora de plantearnos una industria cubana y renovada del cine, ya que instituciones e infraestructuras han caducado, y el escenario exige una reelaboración de presupuestos filosóficos y prácticos. De ahí que aparezcan en el horizontes regulaciones sobre la obra del creador audiovisual que, no es que solucionen todo el panorama de la imagen y el sonido, sino que podrían significar el principio de un ambiente más sano, lleno de oportunidades, para aquellos que hoy hacen cine y los que en un futuro quisieran hacerlo. Cuestiones como el patrimonio fílmico, el acceso a las tecnologías y los presupuestos, la salida al mercado, la distribución ilegal, el derecho de autor, la superación profesional y el intercambio cultural; están dejadas de la mano, y priman muchas veces prácticas poco serias, que comprometen la existencia de un cine cubano, un consumidor nacional y una identidad fílmica.

En todos los grandes momentos de la historia, las potencias mundiales establecieron un discurso cinematográfico, al que protegieron, ya que se trataba de un arte no solo para el reflexivo consumidor de la luneta y la oscuridad, sino hacia la mente colectiva. Así, tenemos que en minutos tan difíciles como aquellos en que Inglaterra se quedó sola frente a los nazis, tras la caída de París en manos de Hitler, los británicos a iniciativa de Churchill arreciaron mediante regulaciones, mecenazgos y un buen volumen de cintas, aquellos films que exaltaran la identidad de la isla insumisa. Y no es que hagamos lo mismo, un cine constantemente patriótico o chovinista, lo cual además de no funcionar en los tiempos que corren, empobrecería el discurso artístico, sino que debemos aprender la valía que las cintas generan en quienes hacen la historia, los hombres y mujeres del día a día. Una cinta como Insumisas, de Fernando Pérez, no solo refleja a Cuba, sino que llama a ese consumidor a una toma de conciencia más iluminada, a pesar de las oscuridades de la sala y de su propia vida.

Hay que hallar, además de la ley que nos proteja, el discurso fílmico que nos defina, he ahí el reto de la Cuba que hoy está en las cintas de cine. No solo las regulaciones hacen un país, sino la sociedad civil y sus significantes y ello implica que las constituciones oigan a los constituidos. La Habana, haciendo uso de la cantidad de cines que hoy tiene en desempleo y mediante una modernización de la mente y las estructuras físicas, pudiera volver a la Babilonia fílmica, que describe Cabrera Infante, un atractivo sin igual en la posición geográfica cubana, incluso un agregado vintage a una capital que cuenta con los atributos de tiempos que siguen pasando, en eterno retorno. La mayor pérdida, además del patrimonio fílmico, está hoy en la desaparición de esas salas, antaño verdaderos exponentes de corrientes como el Art Decó en Caribe. Y es que el cine cubano ha padecido de la indolencia y el canibalismo.

Si existe un cine independiente, o mediado por productores que no forman parte del circuito legal cubano, una ley que regule y proteja dicha obra estaría bien, pero no un aparato censor que diga qué podemos o no visionar. Lejos se fue en el pasado, con cintas inofensivas, como Alicia en el pueblo de Maravillas, que nada merecían la enorme carga de subjetivismo venenoso que recibieron de parte de una mal llamada crítica. El arte es siempre independiente, aunque esté financiado por el gobierno, a esa definición, socialista y revolucionaria, llegamos hace décadas. Falta que las mentes atrapadas en sí mismas, los que Silvio Rodríguez llamó “delimitadores de las primaveras”, dejen de pensar al estilo del Código Hays norteamericano. Y la historia enseña que filmes sin trascendencia son lanzados al estrellato por la misma mal llamada crítica que los quiere invisibilizar, sin tenerse en cuenta que lo mediocre cae por su propia (falta) de peso.

Aún las narrativas cubanas no se agotan, y lo demuestra la cinta Inocencia, sobre el crimen colonial español contra un grupo de jóvenes estudiantes de medicina. Ese mundo nos espera ahí, pletórico, pero refractario al mediocre y al censor. No vale que en espacios de exhibición televisiva se siga aplicando una censura a escenas ya sea de sexo o de un debate ideológico en las antípodas, hay que confiar más en la mente activa, crítica, de nuestro público, no tratarlo como un infante difunto. Una ley sobre el creador audiovisual abarcaría todos esos escenarios, pero ya sabemos que son las prácticas las que hacen la historia, y llevar los cambios al diarismo requiere sagacidad a toda costa, sin miedos, con la defensa siempre de la obra de arte por delante.

Muy mal estaría que, en lugar de aparato legitimador, el registro audiovisual se convierta en un mecanismo excluyente, que dicte quién hace o no esas narrativas pendientes de la fílmica nacional, ello equivaldría a apagar todas las luces naturales y conformarse con la tímida liquidez de una pantalla poco atrevida. El cine es rebelde, dice aquello que hace catarsis social, le habla al presente con voz de futuro.

Las muchas caras del mundo audiovisual cubano, sobre todo del cinematográfico, muestran dos flancos, por un lado el alto vuelo de las ideas, y por otro el panorama desolador de las infraestructuras y mentalidades decisoras. Que este divorcio termine será crucial…

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