Padre

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal

Después de hacer todos los paripés que el enfermo espera, el médico soltó solemnemente su estetoscopio en la mesa y le miró con fingida severidad.

–Luis, nos conocemos desde hace muchos años. La primera vez fue cuando tuvo usted aquel todavía no sabemos qué que estuvo a punto de llevárselo. Tiene que darse cuenta de que los años no pasan en vano. Que usted ya está en edad de quedarse quieto y como mucho de seguir escribiendo sus cositas tranquilamente. Pero nada de reportajes al otro lado del mundo ni de querer comprender la Revolución. En la calle hacía un día espléndido. El médico no le había dicho nada en definitivo. Que estaba agotado, que tenía los años que ponía en su pasaporte y que le quedaba el tiempo que Dios quisiera. Hacía un sol de escándalo pero el calor era tenue y agradable. Se sentó en el bar de siempre. Antes de que pidiera nada el camarero apareció con un vaso largo y un güisqui de bautizo.

–¿Qué le ha dicho el médico? Estoy seguro de que ha vuelto a prohibirle beber, cansarse y preocuparse.

El camarero era un viejo republicano español que en su huida delante de las tropas del Generalísimo había caído al agua y había llegado a Tánger, donde llevaba veinte años sirviendo copas en el bulevar.

El viejo periodista, era viejo por periodista no por la edad, decía él, se tragó el güisqui en el rato en que las moscas tardan en aterrizar delante de un buen manjar. Pensó que el Dr. Crevecoeur tenía razón. Ya tenía que haber colgado los trastos y quedarse quieto en la casita que tenía por encima de la playa de Hércules desde hacía una eternidad.

–¿Permite que me siente en su mesa, está todo lleno?, pidió una voz joven que no identificó porque nunca la había visto. Cuando se quitó las gafas con las que repasaba la primera plana de Le petit marocain se dio cuenta de que aquella muchacha le recordaba a Audrey Hepburn. Cosas de viejos, se dijo mientras que quitaba sus cosas de la silla para que ella pudiese sentarse.

No sabes ni dónde estás, ni quien es esta niña ni qué te quiere. A lo peor la mandan los malvados esos que te quisiera regalar una placa de mármol en el cementerio de Tánger.

De pronto se sintió roto, muy cansado, “la edad de las arterias” lo llamaba su médico. Se le fue la palabra por unos segundos y perdió el sentido de la orientación. Los ojos marrones picantes de su improvisada visita le miraron con cierta preocupación.

–No se preocupe, señorita. Son cosas del tiempo que no pasa en vano como podríamos creer.

Ella se apresuró a presentarse: Soy Yvonne Lefranc,  vicecónsul de Francia. Llevaba año y medio en ese puesto en Rabat y cada vez que podía se escapaba a Tánger, una ciudad que la había embrujado y adonde no le hubiese importado que la mandasen incluso en un cargo más modesto.

Hablaron, habló él, y los ojos de ella parecían estar corriéndose una juerga con las cosas que le contaba. Decidieron almorzar en la misma mesa y el ex combatiente republicano le sirvió lo que mejor tenía el restaurante, el más famoso de la ciudad. Fue entonces cuando ella decidió que sería él o nadie. Había leído todo su curriculum y le había investigado. Era el hombre ideal

Él sintió en un momento que estaba flotando y recordó que había olvidado tomarse aquella famosa pastilla milagrosa, como todas, que según su médico era su salvavidas.

–Va a tener que perdonarme pero necesito volver a casa con cierta urgencia… Empezó a levantarse y entonces se le ocurrió invitarla a conocer toda la parte de las Grutas de Hércules.

Ella aceptó sin pensárselo. No iba a dejar pasar semejante ocasión. Mi a cosa hecha.

En un rato de carretera el taxi les dejó en la puerta de la Villa Monica, una vasta propiedad. El ruido del motor hizo que acudieran rápidamente dos árabes jóvenes. Uno de ellos llevaba la mano en la espalda con un Magnum 357.

Mientras les servía un té en una de las terrazas que se hundían en el mar, él le contó:

–Perdone que la haya casi raptado pero necesitaba tomar una pastilla, que me había olvidado. La verdad es que me ha sacado de varios apuros. Hace un montón de años un médico saudí me diagnosticó un problema cardíaco y me pidió que nunca me separara de estas pastillas.

Ella no pudo aguantarse y le preguntó que por qué había tanta seguridad en la villa, con cámaras de televisión y dos guardas que no parecían precisamente jardinero.

–Sabrá usted, señora vicecónsul, dijo en plan de broma, que el más ilustre residente de esta ciudad es un hombre de negocios norteamericano, Lucky Luciano…

Al oir el nombre ella tuvo un respingo:

–¿El mafioso?

–Respetable hombre de negocios según las autoridades que tiene su despacho en el Boulevrad Pasteur. Es importador e importador de todo tipo de drogas. Pero, bueno, aquí acogemos a todo el mundo. Y no tiene un cariño muy especial por mí desde que publiqué una serie de artículos sobre sus actividades.

La vicecónsul pidió permiso para retirarse.

Él la acompañó hasta una suite en el primer piso.

–Mañana mis hombres la llevarán al aeropuerto para que tome usted su avión.

El viejo no podía dormir. Desechó la tentación de fumar e iba a servirse un güisqui cuando ella apareció en la puerta abierta muy suavemente.

–Perdone, pero con tanta guardia, tengo algo de miedo… ¿No podría quedarme aquí?

Él ya se había olvidado de Lucky Luciano. Ella se acurrucó y al cabo de mil y una noches se durmieron.

Uno de los guardaespaldas la llamó a tiempo para prepararse y tomar su avión.

Ella no quiso despertarlo y antes de marcharse le besó y le dejó una nota.

Hacia el mediodía, uno de los guardaespaldas subió a la habitación porque llamaban al señor por teléfono. Llamó varias veces y al final entró. El amo seguía dormido, menuda noche, se dijo.

Pero como era urgente le sacudió para despertarle.

Estaba muerto. En la mesilla de noche, una bandejita de cedro con un vaso de agua y la pastilla milagrosa que le había recetado aquel extraño médico saudí que un día le salvó de un ataque en el Yemen. A su lado una nota en francés: “Creo que usted será el mejor de los padres. Hay mucho imbécil suelto”.

El 24 de septiembre, nueve meses y unos días después, en la sección social de la prensa francesa editada en Marruecos apareció un aviso en la rúbrica Nacimientos: “Mlle. Yvonne Lefranc, vicecónsul de Francia en Marruecos, ha dado a luz a un niño que será bautizado con el nombre de Luis.”

Luis, como el viejo de la pastilla milagrosa.

En su residencia de Rabat, la vicecónsul leyó la nota y la besó. Inch Allah.

× ¿Cómo puedo ayudarte?