Please

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Se amaron como probablemente hombres y mujeres lo hacían en la más lejana antigüedad, sin reglas, sin convenciones, sin contrato ante notario.El peliculero que me hablaba en aquel chiringuito de Tánger ya tenía sus muchos años años y pronto moriría, como mandan los mandamientos que nos hacen iguales por un rato.Yo le conocía de muchas películas, porque era una estrella de ese Hollywood del que hoy no quedan más que dos mexicanos. –Sabe usted, en Hollywood, donde yo pasé mi vida, cada cual vivía como le daba la gana. No había escándalos sexuales, las mujeres no querían ser hombres porque eran reinas. Mientras me ofrecía el té verde de la amistad, el sonriente actor dijo algo en una lengua que no entendí. Con diecisiete años apenas solo se distingue entre las cuatro reglas de la conversación.Sin que la hubiésemos oído entró en la habitación una mujer de mediana estatura, un cuerpo moldeado apenas por una túnica de extravagantes colores entre los que relucía el amarillo. Era bonita pero sin exageraciones. Tenía un rostro hecho de sonrisa que parecía una invitación permanente al pecado. Parecía salida de un cuadro de Gustav Klim. Aida, según me contaría, venía de un país más allá de los Balcanes, cuando esa geografía no la manejaba más que Julio Verne.

–Sabe usted, en aquel Hollywood cada cual llevaba la vida que le parecía siempre que pagases tus impuestos, remachaba mi interlocutor. Te ponían multas por aparcar mal pero no por besarse en la calle o ir incluso más lejos. Aida se sentó frente a mí sin apenas ocupar espacio. Olía a lo que algunos años después yo distinguiría como el olor del amor, ese que exhalan algunas mujeres que parecen vivir metidas en un harem con o sin sultán de un cuento de las mil y una noches. Es un perfume sin olor que se lleva ya poco, porque el amor se ha ido y no queda más que interés, apariencia y sonrisas falsas de mercader de Alí Babá. Era una mujer fuera de todo compromiso de cálculo, no encuentro otro adjetivo, de una belleza que a mí me pareció haber visto en alguna de aquellas superproducciones de la MGM.

Mi peliculero seguía hablando aprovechando que ella se había ausentado:

-Hace dos semanas, una mañana, a la hora decente del mediodía, Aida se presentó en mi casa. Lo extraño es que yo no había oído ningún coche frenar o pasar en plena montaña. Llegó, entró sin decir nada y se sentó a mi lado, en un sofá parecido a este y yo le puse una mano en la falda. Cuando quise acordar ella dijo firmemente “Sí” en no sé qué lengua, pero sus ojos hablaban más elocuentemente. Me cogió una mano y la apretó muy fuerte. Sabía lo que quería, lo que había estado deseando desde el segundo que la ví entrar. No sé cuánto tiempo pasó pero al cabo de una eternidad gritó muy bajito en el cuello de mi chilaba y el tiempo pasó. Luego, mientras él trataba de comprender, ella bajó la cabeza y le susurro: “Please”. Y el mundo desapareció. Desde que la conozco no sé contar el tiempo y no sé cuánto llevamos juntos.

Aida, que se había reincorporado a nuestra conversación, sonreía, como si estuviese contando no intimidades sino simplemente algo sin trascendencia, sin aparentes consecuencias.Estuve un rato callado. Aquel enorme actor y yo nos habíamos conocido en una casa palacio de las que había en el barrio árabe de Tánger, cerca de donde vivía Barbara Hutton. Me recibió con la chilaba y unas babuchas bordadas en plata y oro. Me contó toda su vida, como si acabase de llegar al cine. Entre los títulos que citaba yo las había visto casi todos. Todavía era una estrella de aquel Hollywood con barcos que se hundían en plena fiesta en el salón.

Hablaba con un acento cubano un poco forzado pero justo.

Él contaba y yo tomaba notas, mientras Aida nos miraba con la misma sonrisa que no había soltado desde que entrara.Lo que él no sabía en aquel momento, ni yo tampoco, aunque tal vez Aida intuyera algo, es que el actor de vacaciones moriría en aquella ciudad Internacional unos años después.Pero todo el tiempo que vivieron en Tánger fueron la comidilla de los cócteles a los que ellos no asistían nunca. A las mujeres se les secaba la boca cuando hablaban de aquel amor que nadie conocía: ¿Existía realmente Aida?

Una tarde tuve que volver al palacete para llevarle unas fotos. Charlamos un rato y le pregunté amablemente por Aida.

Por primera vez, el viejo actor no supo sonreír. Calló y calló. Cuando me acompañó hasta el taxi que me esperaba, me apretó fuerte en un abrazo como de adiós y murmuró: ”No sé a quién se refiere.

–Pero yo hablé con ella, con Aida, charlamos, usted parecía muy enamorado…

–Dentro de unos años entenderá, ahora es pronto. Fantasía, querido niño, fantasía. Todo es fantasía. La vida es una fantasía, igual que el cine. Nada existe. Todo es ilusión.

Pero en el taxi, el olor, aquel olor de aquella mujer, que no sabía a nada conocido, que ni siquiera existía según mi amigo, seguía dentro de mí.

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