Un cartel de cine será un iceberg o no será

Mauricio Escuela | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Hace muchos años, siendo yo un estudiante de Periodismo que cursaba el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso de La Habana, vi por primera vez el cartel del film “Fresa y chocolate”, colgado en una de las paredes de dicha institución. La aparente simplicidad del mensaje, la reunión de dos barquillos de helado, sobre un fondo oscuro, me dieron la impresión de un minimalismo que intentaba lo máximo: el gran relato de la magia del cine, que como sabemos es inapresable. La cartelística, un arte en sí mismo, relacionado con el boom de la cultura de masas a partir del siglo XX, tuvo en Cuba un largo desarrollo, desde modelos convencionales hasta el discurso irreverente que con el impulso de Alfredo Guevara asumió el Instituto de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). De hecho, es allí, junto al cine Chaplin, donde podemos ver una especie de museo o recorrido por los más variados y mejores carteles que le dieron un rostro a las películas cubanas. Y es que durante muchos años, sin que mediara el internet o el paquete semanal (esa web de los cubanos desconectados, donde hay desde el oro hasta la mugre), los carteles fungieron como ese vehículo indispensable entre el público y la obra, el autor y los consumidores. A ese minimalismo que apostaba por la expresión, que no el impresionismo, a esa teatralidad del cartel, hay que irse en estos momentos, cuando fórmulas del diseño han derivado hacia el comercialismo de peor data, primando técnicas que supuestamente el mercado sanciona como exitosas. Hoy, por ejemplo, quiere concebirse el cartel con el rostro del actor protagónico, tal y como hace canónicamente Hollywood, cuando ni es tradición, ni funciona en la cultura del consumo de cine por parte de nuestros espectadores, siempre más atentos a la trama misma, sin desdeñar el peso de las figuras actorales que igualmente se respetan y se siguen. También se echa mano a manejos con tipografías tremendistas, que suelen derivar hacia el kitsch, lo cual es una paletada de tierra a lo que durante décadas cultivó el ICAIC. El cartel es un arte, paralelo al cine mismo, aunque dependiente de este, debe representar un ejercicio de crítica y síntesis, de buen gusto y sugerencia, de precisión y generosidad en la propuesta plástica. Esa fascinación por lo foráneo, de la que tanto se habla en los corrillos intelectuales, no deja de abrumarnos a cada paso, ya que no responde a un multiculturalismo, sino a la hegemonía de un grupo oligopólico mundial, cuya ideología neoconservadora ha manejado hasta los hilos más ínfimos de las fibras del consumo artístico y cultural. Por tanto, un cartel que imite las normas con que allá venden un filme pornográfico o un concierto de reguetón, no es sino una concesión cipaya y mediocre a poderes como Rupert Murdoch, ese magnate de la cultura de masas, quien declaró que en diez años sería dueño de prácticamente todo el conglomerado de la comunicación mundial, lo cual establecería una dictadura de la conciencia sin precedentes en los anales de la ¿evolución? humana.

Y es que el buen gusto es además un acto de desacato a la esclavitud cultural. La cartelística, lo gráfico, deben expresar esa irreverencia mediante los códigos de una rebeldía hermosa y propositiva. Una expresión sin duda que nos lleva a ponderar a aquellos artistas plásticos cubanos, que dedicaron parte de su producción a la cartelística y que con justeza muestran en las salas de sus casas los originales que les dieron rostro a diferentes clásicos del cine cubano. Ahora mismo, amén de algunas excepciones, carecemos de aquel minimalismo, de ese atisbo de luz que nos llegaba como epifanía, revelador de algún misterio que habríamos de hallar en el film.

El siglo XXI, en su afán de que “los públicos no decodifican ya con la sagacidad de antes”, ha dado paso a un decirlo todo, a un aburrido discurso de la totalidad, en el que nada nos queda de aquel iceberg maravilloso de la creación. Una mujer desnuda es bellísima, pero pasados segundos, aburrida, en cambio sugiere más la metáfora cuando se añade “en lo oscuro”, como en la famosa pieza de arte. Así lo supieron los renacentistas, verdaderos creadores de una estética que ya prefiguraba el cartel para las masas, cuando en esa intimidad del trazo incordiaban, con síntesis, la razón comedida de la época.

Un film como “José Martí, el ojo del canario”, con excelente factura que al fin le hizo justicia a la figura angelical y marmórea, tiene como cartel al niño actor que mira asomándose a una puerta entreabierta. Hay allí un misterio, una historia en sí misma, ya que a la vez que el personaje mira, nos sugiere algo más allá, y nos sitúa dentro de su conciencia, nos introduce en el enigma del arte. Cada cartel deberá llevarnos por esos derroteros de la búsqueda, diciendo solo aquello que tribute a la independencia de la conciencia y el acto puro y luminoso del hallazgo. Generalmente, Fernando Pérez se encarga de que sus films sigan esa tradición cartelística cuya ontología se sitúa en una historia tributaria, pero paralela, de manera que sea una chispa de arte.

Hay que volver a la mejor tradición cubana y, claro, universal, a aquellos carteles del cine alemán expresionista que floreció en la República de Weimar, en los films de Fritz Lang por ejemplo, que eran verdaderas revelaciones de un ser auténtico e irreverente, en el cual las masas hallaban la resonancia de sus más íntimos destellos. Así ocurre por ejemplo con “Metrópolis” donde la ciudad futurista del cartel coincide con el mito fáustico del humanoide, en un momento que la identidad occidental se estaba reinventando a sí misma, a partir de un periodo decadente (ver “La decadencia de Occidente”, de Oswald Spengler). Y es que, en la luz y la sombra, el cartel ilumina, muestra, sirve como memoria histórica de una nación y del hombre como ente, de ahí la necesidad establecida en los cónclaves de que se pondere la obra y no la fórmula, el triunfo y no el éxito, el prestigio y no la farándula.

El arte, ya lo dijo Nietzsche recurriendo a los griegos es la palabra de los veraces, o sea, aquellos que en la antigua Grecia firmaban con ese nombre, porque se sabían depositarios de un algo revelado y remoto a lo chato del mundo. Baudelaire, padre de la crítica moderna, aseguró que los intelectuales son aristócratas del espíritu y que esa condición a la vez los condena y los salva. Un cartel, pudiéramos decir, recorrerá ese camino de los veraces que habla el Loco de Turín, pero además, tendrá el sello de esa nobleza que no es de la sangre, sino de la revelación. Es así, o no será.

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