Cita en el Hotel Nacional

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Conocí a un tipo que hablaba con el mismo entusiasmo que yo de Jesús y creí que era alguien de bien.Divido a la gente entre los que saben del Nazareno y los que les importa un carajo.En mi primer viaje a La Habana, hace lo que hace, simpaticé con una colega encontrada en una conferencia de prensa, Cristina, de la que me enamoré treinta segundos después, porque yo tengo la teoría de que hay que enamorarse rápidamente y dure lo que dure. Un amigo nos dio asilo en una casita que ni García Márquez inventó jamás en ninguno de sus libros, ni siquiera cuando nos cuenta el sinvivir de un coronel que se pasa la vida metido en una selva de ensueño esperando una carta. Probablemente la misma que yo espero sin saber qué puede contener. Cristina era una criatura deliciosa, sabía de todo y tenía los ojos de gato cariñoso. Nos contamos muchas, muchas cosas, tantas que la imprimí en una foto para no olvidarlas. Y durante horas hablamos de Jesús de Belén, de Nazaret o de Mallorca. Luego pasó la noche, una de esas noches de habaneras que no entiendes que el sol no luzca. Quedamos para vernos dentro de un ratito en el Hotel Nacional para desayunar. Me senté a esperar en un salón donde en los años de una lejana primavera discutían sus planes los mafiosos llegados por avión especial de Miami, probablemente con Frank Sinatra como espectador. Adoro a Sinatra pero siempre me ha fastidiado su admiración por los bandidos sacados de cualquier película en blanco y negro o en color. Habíamos quedado a las diez, hora decente después de una noche tan larga. Y dieron las diez y cuarto, las diez y media. Cristina no aparecía. Intenté localizarla en su periódico. Un compañero, encantado de darme la buena noticia, me dijo que hacía un rato había salido para el aeropuerto, donde la esperaba un avión hacia México. Cuando hube reemplazado la taza de café por tres o cuatro ron Havana, un compañero de una agencia de prensa se me acercó y seguimos bebiendo. No tardó mucho en comentarme “la suerte que ha tenido Cristina”. Por fin, me explicó, le habían dado el puesto de corresponsal que ansiaba en Yakarta. “Ya estará volando hacia su nuevo destino”, comentó como si me estuviese contándome un chiste. Se aprende mucho más con las decepciones que con las alegrías. Es duro aceptar las derrotas pero son las que te enseñan a vivir. Nadie llega a entender algo cuando todo le sonríe y se pasa la vida de alegría en alegría. Seguramente por eso me molesta mucho ver esas caras que parecen haber sido hechas con piel de sonrisas, cuando no de risas. Está claro que para entender algo a lo que nos pasa, a la vida que es tan cruel, tan bastarda y tan cobarde, recibir una bofetada de vez en cuando es el mejor medicamento.

Cristina me enseñó mucho. Me enseñó que las mujeres son capaces de decirte las cosas más agradables, darte de la impresión que antes de que tú llegaras no habían existido, ellas tienen sus objetivos que no varían ni por una noche habanera aunque sea hablando de Jesús. Cuando se aburren te echan ilusión para mantener el tono de la conversación pero siguen teniendo sus objetivos en los que muy a menudo tú no eres más que el escuchador equivocado. Se aburren y tal vez las haces sonreír. Se divierten con las ilusiones que saben te estás haciendo y si eres un tanto brillante mejor. Los hombres, desde la manzana a las puertas del paraíso somos muy a menudo payasitos que hacen pasar el tiempo menos aburridamente. Las mujeres tienen una voluntad férrea mientras los hombres se mueven por sentimientos, que raramente corresponden con los de ellas. Saben cuándo hay que acabar una conversación, un flirt, hasta una relación que parece corresponder a un interés recíproco. Quizá tengamos nosotros la culpa por haber aceptado la manzana, primera y definitiva prueba de que casi siempre somos un juguete, con el que ellas juegan hasta que se cansan. Fisiológicamente somos muy distintos. Ellas tienen unas necesidades medidas, comedidas diría yo, y nosotros no tenemos freno. Ellas utilizan un cambio de marchas que adaptan a sus caprichos o a sus necesidades. El machito no tiene más que una velocidad y nunca o casi sabe frenar. Jesús era hombre pero toda su vida estuvo rodeado de mujeres que representaron en la historia mucho más de lo que se cree. La famosa María Magdalena nunca fue una fulana ni siquiera una simple discípula. Como María, la madre de Jesús, estuvo siempre a su lado, discretamente, pero en todo momento en los instantes más críticos. El crucificado fue él. Y ellas las encargadas de acompañarlo hasta el suplicio, antes y después de la cruz.

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