Proust y el puré de patata

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Era una comida que servida en vajilla se Sévres y cubiertos de plata parecía todavía más lujosa. El puré de patatas de mi infancia era una ocasión que ni pintada para quedar bien en la mesa ya que no había maldito caldo chorreante. Eran tiempos en que las comidas eran ceremoniosas, donde se hablaba poco y donde siempre predominaba la voz del Coronel.Ahora, tantos siglos después, recordando aquel almuerzo, leo un libro sobre Marcel Proust que me hace pensar que él lo pasó peor que yo en las comidas que mi padre me imponía, supongo que para que me preparase a ser todo un caballero. Quizá también por eso prefiero una exageradamente grasienta hamburguesa que chorrea de todo por todas partes. El libro lo escribió hace ya más de veinte años Alain de Botton y refiere anécdotas sobre las obras de Proust, en particular sobre la grandiosa “En busca del tiempo perdido”, una de las obras maestras de la literatura mundial, ahora, no cuando la presentó a un editor. El primer editor que abrió el manuscrito era célebre en el mundo de los libros de París y se llamaba Humblot. Cuando le presentaron el manuscrito, escribió al amigo proustiano remitente diciéndole: “Mi querido amigo, es probable que yo sea obtuso, pero no logró entender por qué ese amigo suyo (Proust) necesita treinta páginas para describir cómo da vueltas en la cama antes de quedarse dormido”. Eran tiempos en que hasta los editores sabían escribir con humor remojado en ácido prúsico. En el mismo libro, que he encontrado en la ventana de una compañía de seguros de mi isla africana, cuenta otra anécdota más sabrosa que algunos párrafos del mismísimo Proust, quien ante el aburrimiento de los editores que leyeron el manuscrito tuvo que auto editarse, como ahora hacemos los escritores que no tenemos la suerte de encontrar editores mordaces pero inteligentes.

En el libro, Botton cuenta que a finales de 1921 las aclamaciones eran estentóreas. El libro que nadie quería porque decían que era capaz de dormir a todo un zoológico se convirtió en un éxito de campeonato. Lo que se llama una obra maestra o mejor un chef d’oeuvre. Esto que relata luego Botton vale todos los aplausos; “A finales de 1921, Proust recibió una carta de una norteamericana que, según aseguraba, tenía veintisiete años, residía en Roma y era extremadamente bella. También le explicaba que durante los tres años anteriores no había hecho otra cosa que leer su obra. Sin embargo, existía un problema: “No entiendo ni palabra, no entiendo absolutamente nada. Querido Marcel Proust, déjese de poses y afectaciones, vayamos al grano y explíqueme en dos palabra qué es lo que de veras ha querido decir”.

Por muy bella que fuera la lectura, es seguro que Proust, que al parecer no tenía tampoco muy bien definida su sexualidad, pasó un mal rato con la cartita de la norteamericana.Por supuesto que nunca ningún editor me ha mandado a paseo y luego el libro que le había presentado se ha convertido en un best seller. Imagino que eso ocurría en aquellos años en que la gente sabía leer y escribir y era capaz, pese a todo el choteo de los editores que rechazaban su obra de convertir un libro rechazado por todo el mundo en un triunfo mundial.

Cuando yo comía el puré con el que mi padre quería hacer de mí un hombre de bien, la novela “En busca del tiempo perdido” ya había triunfado en los cinco continentes, pero en mi casa nunca oí hablar de Proust. Los militares no aman excesivamente la literatura y se me ocurre pensar que si hubiese sido español en lugar de francés quizá le hubiesen fusilado como a Federico García Lorca.

Es verdad que entonces, como ahora, yo vivía en una isla africana donde eso de los libros no creo que estuviese muy bien visto.Muchos años después, ya habían enterrado a Proust, una amiga cubana me aseguró que de niña leía novelas clásicas como “Los miserables” de Victor Hugo. Y yo, en mi isla africana, casi por su misma edad, aprendía a tomar correctamente un puré de patata.

Y quien sabe si esa amiga no estaría ya dándole vueltas a “En busca del tiempo perdido”,

mientras yo acababa mi aprendizaje de hombrecito de mundo. Lo que es la civilización.

Extraña civilización literaria. Un colega que acaba de descubrir a Proust, quiero decir que ha terminado por leerlo después de mucho tiempo, es incapaz de afeitarse en menos de cuarenta y dos páginas.

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