Fidel Castro y la lectura

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Leo todo lo que me cae a mano porque hay que leer para escapar a la locura que te asfixia desde el último sueño terminado. Leo porque es la única manera de no volverse peor que loco, que es cuerdo total.¿Se imagina usted sin un poquito o un mucho de locura, capaz de distinguir entre una cuchara de plata normanda y una cuchara de mercadillo? ¿Se imaginan que todo el día tuvieran que estar dando conversación a cuatro imbéciles para no morir de aburrimiento? Pero no lo imaginen porque se van a deprimir y los antidepresivos son cada día más chungos y menos eficaces. Leo hasta lo que escribo yo mismo y a veces me sonrío satisfecho y me brindo un miura que ni Manolete. Otras veces, la mayoría, cuando escasea una revista, un libro, le meto mano a la literatura que unos dementes peores que yo insertan en las cajas de medicamentos. Pero lo que adoro por encima de todo es leer esos panfletos que trae cualquier medicamento, incluso el de limpiar orejas. He cogido un recorte de una revista que me cuenta que Fidel Castro era un macho bravío al que no importarle salir en Play Boy o en Lui, las dos más bellas biblias del amante de papier couché que han existido en nuestro mundo occidental. Dicen que sabía que era una publicidad formidable para la Revolución. Lo cuenta un cubano, Abel Sierra Madero que por lo visto ha escrito un libro sobre las relaciones peligrosas entre la Revolución cubana y esas revistas glamurosas que leían hasta los sordos. Lo justifica por lo visto, no he leído el libro, porque Fidel consideraba que aparecer en medio de señoritas que quitaban el sueño era una excelente publicidad, lo cual es auténticamente cierto. Porque lo que tenían esas revistas que podrían parecer destinadas únicamente a un uso visual es que publicaban tremendas entrevistas y Fidel, por lo visto, oído y supuesto, se expresaba sobre la Revolución en medio de modelos que solo se vestían para ir al supermercado.

Leo en el artículo que me ha caído en suerte en un momento de intimidad que, según los franceses, ni el Rey puede quitártela, que “la exaltación de su virilidad y «sex appeal» se incorporó a la leyenda de Castro y se fue asentando lo que el historiador Van Gosse denomina «yanquifidelismo», que tenía que ver con la «reafirmación de una masculinidad heroica y creativa» y contrastaba con el «paternalismo blando» del presidente Dwight Eisenhower, indica Abel Sierra.”

La verdad es que todos los héroes que han influido en mi vida, y Fidel fue uno de los principales, cuando yo ya tenía edad sobrada para pensar por mí mismo, han sido personajes de subido tono viril, como Errol Flynn en su encarnación del bondadoso y tramposo Robin de los Bosques, con su Lady Mariana que le adoraba como una gatita adora a sus crías.

Entiendo por qué los norteamericanos se enamoraban del cubano que les presentaba Play Boy. ¿Imaginan trabajar de 8 a 19 en una ferretería de Milwaukee (¿se escribe así?) y envolver artículos diversos en las páginas de Play Boy?. Seguro que más de uno de esos empleados modelos se enamoraron de la Revolución cubana gracias a esas entrevistas que en páginas de papel couché podrían parecer anodinas.

Lo que observo es que desde que se marchó para siempre, desde que ya no pronuncia discursos en la Plaza de la Revolución, Fidel Castro sigue siendo un personaje del que se habla, al que se recuerda de las más diversas maneras. Y como decía el otro, lo importante es que hablen de ti, aunque sea para decirte que eres feo.

Y ahora les dejo porque tengo un prospecto de unas píldoras gástricas que me vuelven loco porque parece traducido del holandés antiguo.

Buenas noches. Que duerman con los angelitos.

× ¿Cómo puedo ayudarte?