Nicolas Sarkozy, ángel o demonio

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

En la historia política del mundo, Europa es la excepción por su grandeza política y Francia el país donde ser algo en política, de ministro a Presidente de la República, ha constituido siempre una aventura plena de pasión, de interés apasionado para las demás naciones. Desde la II Guerra Mundial (1945), Francia ha acumulado los personajes más diversos pero siempre interesantes y a veces apasionantes al mando del Estado. Es el país de Jacques Chirac, el político más carismático, el de Charles de Gaulle, al que su condición de general y de héroe en la Liberación de Francia de las garras alemanas no disminuyó en nada, al contrario, su valor político. El de François Mitterrand, una especie de tremendista del misterio y de la cultura. Repasar la lista de presidentes franceses es como ver una serie apasionante de televisión. Personajes de muy diverso talante, con personalidades diversas pero siempre fuertes y a veces de un calado de insoportable importancia mundial. Francia es el país del que muchos querrían formar parte. La nación que con De Gaulle y el alemán Conrad Adenauer, comprendieron la necesidad de un continente unido frente a la hegemonía de unos Estados Unidos que nunca se sabe en qué campo juega desde que la Unión Soviética y sus satélites desparecieron por la voluntad de Dios y de la CIA. Fueron los padres del Mercado común, hoy llamado y deshecho como Unión Europea.

Uno de los últimos que ocuparon el Palacio presidencial del Elíseo fue Nicolas Sarkozy, hombre de aspecto nada seductor que sin embargo es esposo de una de las más bellas estrellas de la canción, la italiana Carla Bruni, tras un divorcio atormentado con Cecilia, una mujer muy especial, de una belleza dulce y tranquila que dejó una huella profunda en el corazón de los franceses.

Sarkozy, mal hablado, a veces al borde de la mala educación, pendenciero, capaz de liarse a bofetadas como un simple estibador de un puerto, acaba de publicar un libro, “Pasiones”, que por muchos momentos es apasionante y eso que el protagonista no es precisamente el Ronald Reagan que sonreía como un muñequito de serie o el Kennedy que se valía de sus enfermedades y de sus vicios para atraerse las simpatías. Sarkozy es un luchador y no es casualidad si su familia procede de otro lugar de Europa donde nunca existió la trilogía libertad, fraternidad, igualdad. Un abogado más de los muchos que invaden Europa con la esperanza de entrar en política como se entra en una religión de laicos ambiciosos sin escrúpulos.“Toda mi vida he tenido suerte –cuenta, o alguien cuenta por él al comenzar estas memorias—mucha suerte, incluso quizá demasiada cuando pienso en aquellos que no tienen más remedio que afrontar la negrura de la desesperación diaria, a menudo dolorosa”.

No es que este hombre político que fue Presidente de la República de 2007 a 2012, sea un tierno escritor, que para eso hay esos “negros” que escriben por los que tienen mucho que decir pero no saben agarrar la pluma del teclado de un ordenador. Desde que tenía 18 años, ya estudiante de Derecho, único camino hacia la política en un país de tradiciones arraigadas como Francia, está metido hasta el gorro en la cosa pública. Su primer mentor fue el extraordinario Jacques Chirac, extraordinario por su carisma personal, por las simpatías que despertaba hasta entre sus más feroces enemigos y lugarteniente de Charles de Gaulle, el general que se quitaba el uniforme para dirigir la nación más difícil del mundo, la de la Revolución que abrió el camino de la libertad al mundo. Sus años de presidente, Sarkozy fue como es, como le describen en el libro, arrogante, metepatas, capaz de agarrarse en un mercado con alguien que le llevaba la contraria, apasionado, apasionante, marrullero, tramposo de altos vuelos.Pero si hoy hubiese un sondeo en Francia es casi seguro que más de la mitad del país querría que regresase al Elíseo, sin importarles que volviera a mandar a grito pelado, con un sinfín de lo que los españoles describen como mala leche.

Fue el más controvertido de los presidentes y es el político más pasional y apasionante que existe en este país de los 246 quesos. Alguna vez De Gaulle, que detrás de su uniforme ocultaba un gran sentido del humor y una pluma de escritor sin par, preguntó en una de esas terribles conferencias de prensa que daba –terribles por sus frases sibilinas que volvían locas a las Cancillerías—que cómo se podía gobernar una nación que probablemente tiene en realidad algo así como mil quesos diferentes. El genial de Gaulle que un día en Montreal, provincia de Quebec, la parte francesa de Canadá, pronunció aquellas terribles palabras que hicieron temblar al mundo anglosajón: “¡Viva el Quebec libre!”, dejando tiritando a los gobernantes y vengativos ingleses que le escuchaban y veían por televisión, temblando y odiándole cada segundo un poco más.

En este libro, que por momentos es apasionante, “Passions”, Sarkozy cuenta algunos momentos claves de su presidencia, cuando tuvo que hacer frente a un terrorífico asalto de terroristas en un avión de Air France, cuando tuvo que enfrentarse a un loco criminal en una escuela de París. En esas páginas es un héroe a lo Marvel, pero con chaqueta y corbata, aunque la escritura trata de dejarlo a veces en un segundo plano más borroso que se quiere modesto. Pasiones de traiciones, a Chirac, su padrino, y a quien se le ponga por delante. Pasión suprema cuando tras su divorcio de su primera esposa, Cecilia, se enamora de la cantante italiana Carla Bruni y se casa repentinamente con ella , como hacía muchas cosas, sin preguntar nada, la Bella y la bestia en cierto modo. Líneas apasionantes en las que se querría aplaudir y otros momentos en que se le odia, cuando dice por ejemplo que los líderes de la Revolución Francesa, entre ellos el terrible Robespierre, son meros criminales.

Claro que Sarkozy no cuenta todo, ni quizá la mitad del cuarto de lo que ha sido su vida política hasta ahora, pero el libro está tan bien construido que emociona y me parece muy difícil que deje indiferente a alguien. Un libro de actualidad, porque pese a los pesares de problemas judiciales, de odios y rencillas de menos enjundia, Nicolas Sarkozy podría volver a intentar ser por segunda vez Presidente de la República. Y creo que todos los que hemos leído su libro votaríamos por él. Después del feroz Charles de Gaulle que se disfrazaba de general para dirigirse a la nación cuando tenía que anunciar o simplemente comentar las cosas más terribles, la vuelta de Sarkozy sería para millones de franceses una recompensa. El malo con sus pistolas en la punta de la lengua volvería a disparar a diestro y a siniestro, pero sobre todo a los que se lo merecen.

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