Cuba, desenfado y reverso

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

Leyendo sobre la rígida etiqueta inglesa recordé a un amigo entrañable y el desenfado cubano, ese que nos da el privilegio de reír hasta cuando tenemos la soga al cuello y que nos asegura que “mañana todo será mejor”, aunque esa perspectiva, claro está, solo se deje ver por nosotros, seres isleños; los demás no son capaces de llegar a tanto. Y evoqué el desenfado en la figura de Jorge Cubiles, fallecido hace algunos años, jodedor por naturaleza, embajador en muchas partes y serio hasta el extremo en su quehacer profesional, quien partió el día que quiso, un domingo, “para joderle el fin de semana a los socios”, según había previsto y me contó su hijo Erik en el mismo funeral al que todos acudimos. El desenfado distingue a los cubanos tanto como la nefasta tendencia a no llegar o pasarnos, como ha ocurrido en estos días con el desmesurado despliegue mediático en torno a la reanudación del servicio de pasajeros mediante nuevos trenes chinos entre el occidente y el oriente o con el rescate del destartalado Monte Barreto, emblemático sitio de recreación en La Habana.

El desenfado relaja , o al menos así me ocurrió la tarde en que Cubiles contó sus peripecias. Con absoluta seriedad dijo que durante su primera misión, siendo muy joven, apenas un tercer secretario, acudió a una cena en casa del embajador del Reino Unido en Bagdad. Era el único diplomático cubano en aquella ciudad. Aseguró que el mayordomo de la residencia vestía con tanta distinción y refinamiento que estuvo a punto de dispararle el discursito en la lengua de Shakespeare preparado para su eminencia, el embajador. Por suerte, se dio cuenta a tiempo –siempre fue un tipo de chispa encendida- , evadió lo que habría sido un desastre y se sentó a conversar con su eminencia. Llegó la cena, pasaron todos al salón con aparente displicencia   – “aunque yo en realidad estaba partido de hambre”, me dijo- y al ser servido el consomé, sin darse cuenta, por un movimiento extraño metió en la sopa la corbata de pequeñas florecillas estampadas en rojo, su color preferido. ¡HORROR!, pareció que llegaban los gritos desde el ambiente crispado, pero entonces, siguió contando, se impuso su espíritu de ahorro –el que venimos aprendiendo desde 1959- , sacó su pañuelo de hilo, limpió la corbata con delicadeza, con aplomo, la devolvió a su lugar original y cuando quisieron sustituirle la taza de consomé por otra menos contaminada, lo impidió con firmeza, “porque desde muy niño -dijo- me enseñaron a no tirar comida”. Doy por seguro que las cosas no fueron exactamente así, pero así las contó y así las disfrutamos aquella tarde donde primó el desenfado.

El reverso del desenfado, que no relaja sino crispa, es no llegar o pasarse, tendencia que descubrió un general dominicano de nuestras guerras de independencias y nos acompaña a cualquier hora. Lo del bendito tren de pasajeros, noticia de mañana, tarde y noche en todos los medios nacionales –otra tendencia nefasta- se diluyó entre incumplimientos de horarios, baños tupidos, vías por reparar y otras incongruencias de un servicio reanimado después de décadas de abandono. Fue un crédito millonario en momentos en que la falta de liquidez aprieta un poco más, y aunque hubo mejoría, porque se reactivó la conexión por tren entre occidente y oriente, el disfrute se resintió por el choque entre la realidad y el sueño disparado a los cuatro vientos por la propaganda. Algo parecido ocurrió con Monte Barreto, inaugurado a bombo y platillo después de décadas de olvido, ¡MENOS DE 24 HORAS ANTES! de que quienes fueron a disfrutar con sus familias descubrieran lo impensado en tan poco tiempo:  roturas en cercas perimetrales, en instalaciones para el disfrute de los niños, suciedad por todos lados, desidia, y de nuevo el divorcio entre lo que se dice y ocurre.

Ojalá que los que mandan ahora tengan presente la tendencia a no llegar o pasarse que se ha empeñado en convivir con el desenfado. Ojalá, porque aunque los cubanos sigamos suponiendo que mañana todo será mejor, el presente desangra, acalambra y deja el descreimiento por marca.

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