Cuando salí de Cuba

Sergio Berrocal Jr. | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Durante los años ochenta más de cien mil cubanos se exiliaron desde el puerto de Mariel con el beneplácito de las autoridades que, se dijo, aprovecharon el tirón para impedir que elementos que no le interesaban siguieran en el país. Había de todo en aquellos barcos, entre ellos gente de Fulgencio Batista, de quien se dice era nigromante. Según El Nuevo Herald y el escritor José Lesta Mosquera, autor del libro “Las claves ocultas del poder mundial”, Batista era ahijado del Babalawo Bernardo Rojas, y un ferviente practicante del mayombe en sí mismo. Cuenta la leyenda que el dictador cubano apeló a su madrina para poder adquirir una prenda llamada “Siete Rayos”, que se cree estaba enterrada bajo su antigua finca “Villa Kuquine”, hoy abierta al público como hotel de lujo. Treinta y ocho años después de la llegada a Estados unidos de aquellos exiliados y tras la disolución de la ley de pies secos, pies mojados a manos del ex presidente Barack Obama una cafetería ubicada en la famosa calle ocho de nombre “Versalles” ha sido durante años el centro de reunión de los exiliados cubanos en Miami. Querer entender los cubanos de Miami es como buscar analizar la mente de Sigmund Freud, dicen algunos especialistas. No todos son iguales. Sin embargo se sabe que la familia de Gloria Maria Milagrosa Fajardo Garcia, más conocida como Gloria Estefan, tuvo vínculos con el dictador Fulgencio Batista puesto que su padre José Manuel Fajardo era guardaespaldas de su esposa cuando estalló la revolución. Seguramente por eso en una de las confesiones hechas a la revista People en marzo de 2009, Estefan confirmó que la agencia central de inteligencia (CIA) le propuso convertirse en espía aprovechando su habilidad para hablar varios idiomas.

En esa entrevista, la cantante declaró: “Yo trabajaba en la aduana del Miami International Airport”. La agencia, dijo, la había seleccionada “por dominar idiomas” y, tal vez, por su afiliación batistiana.

Hace algunos años conocí a uno de esos personajes pintorescos amante del novelista Reinaldo Arenas y homosexual que viviendo en Miami me solía llamar diciéndome: “Compadre me quiero ir a España, la madre patria de todo los cubanos porque aquí en Miami no se puede vivir, no hay seguridad social, cualquier médico es un dolor de huevos… Estoy en trámite para hacer mis papeles en la embajada española, por la “ley de Memoria histórica… con eso me dijeron que podía entrar en España”.

Algún tiempo después y en plena crisis económica española, aquel amigo de Reinaldo Arena arribó al aeropuerto de Barajas Adolfo Suárez de Madrid con su documento nacional de identidad español y pasaporte que le había sido entregado en Coral Cables, Florida, al parecer sin ton ni son y siguió vía la ciudad de Barcelona donde se radicó el tiempo necesario como para pedir una ayuda económica de desempleo y con ello voló de vuelta a la isla a vivir según la ley del mínimo esfuerzo.

De vez en cuando buscaba quién le recargarse su tarjeta de Cubacel pero él seguía contando el dinero que venía de la vieja Europa no por necesidad sino por avaricia. Aquel tipo era el rey de la Habana con los cuatrocientos cincuenta euros que percibía del Estado español y su mundo de “la cage aux folles”.

Algunos años más tarde, en la Habana conocí a una antigua estudiante de lengua extranjera que se pasaba el día soñando detrás de su pc en una vida mejor fuera de una isla en la que no quería estar porque, según ella, el día a día era un continuo agobio…

“Mijo aquí todo es un suplicio -me decía- para que usted sepa aquí la carne de res no se encuentra ni por la izquierda y cuando se encuentra hay que hacer tremenda cola y ni sabes si la puedas conseguir. Sueño con un hombre que me de todo lo que quiera sin necesidad de chingarme, algún Yuma para poder sobrevivir. Quiero vivir, quiero vivir una historia de amor de esas que cortan el sentido a lo Julia Roberts”.

Hoy, aquella chiquita que un día dejó La Habana aprovechando la famosa y desaparecida tarjeta blanca cubana puso rumbo a Miami donde se casó con uno de esos millonarios de Indian Creek y se divorció años después tras conseguir la Green Card. Acto seguido puso rumbo a Madrid donde la volví a ver muchos años después trabajando como camarera de un restaurante cubano en Gran vía.

Aquella muchacha que había conseguido una carrera universitaria en La Habana ahora se contoneaba de mesa en mesa sirviendo los platos de aquellos comensales. Es que aquella aventura multimillonaria que la unió a aquel empresario había terminado en una historia de sábanas blancas de usar y tirar. Ibet, como ella se llamaba, tenía ya casi treinta años y no había conseguido aquella historia de amor como ella decía a lo Julia Roberts; aquello era pura fantasía. Con un hijo de tres años, mestizo y rechazado por el padre por su color de piel, la muchachita decidió poner tierra de por medio por segunda vez y buscarse la vida en la capital madrileña a la que llegó unos años atrás.

Mientras tanto, en Indian Creek aquel acaudalado hombre de negocios pactaba el posible financiamiento de una película escrita por un novelista cubano que narraba la leyenda de un amor imposible que acontece en el escenario de la Revolución cubana. Cuentan que la sinopsis estaba ambientada en la Cuba de los años cincuenta, en la época de la transición del régimen de Batista y el estado marxista de Fidel Castro. El argumento era la historia de un propietario de uno de los night-clubs más selectos de la Habana que lucha por mantener unida a su familia, el club y el amor de una mujer.

Sin embargo con el tiempo su club se convierte en algo más que un lugar de diversión y aquel selecto dueño es testigo de la desintegración de su familia y la desaparición de cultura al son de la voz de Celia Cruz quien cantaba aquella canción titulada “Cuando salí de Cuba”. Aquella voz negra de Santos Suárez que durante julio de 1960 salió de la isla con aquel conjunto musical cubano conocido como La Sonora Matancera vía México jamás volvió a pisar suelo cubano y moriría en suelo norteamericano a la edad de setenta y siete años convirtiéndose así en la referencia y mártir de los exiliados cubanos de Miami. Y aquel famoso son titulado “Cuando salí de Cuba”, en realidad compuesto por el argentino Luis Aguilé, no es solamente un referente musical del destierro sino también el punto de encuentro de los cubanos en Madrid, donde poder degustar mojitos y ropa vieja por veinte euros por cabeza sin pena ni gloria alrededor de multitud de fotos de Ernest Hemingway y la no existencia fotográfica del Comandante Fidel Castro Ruz.

× ¿Cómo puedo ayudarte?