Los ojos de Audrey Hepburn

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Les informo de un secreto de estado cinematográfico. La casi eterna sonrisa que le flotaba a Audrey Hepburn en los ojos y en los labios en Vacaciones en Roma nada debía ni a su talento ni a sus maquilladores. ¿Quién ha podido olvidar sin morir fulminado por un rayo a aquella princesa de un minúsculo y lejano principado perdido en los vericuetos de los tratados internacionales? ¿La recuerdan cuando llega a Roma en visita oficial y una noche, harta de la estupidez del protocolo que le carcome su vida, decide descubrir el mundo por su cuenta? Transcurren los benditos años cincuenta, umbral de los deslumbrantes sesenta. Europa es una fiesta en la que los jóvenes de mi edad conocen la locura feliz de los veinte años sin sida y sin demasiados quebraderos de cabeza. Todavía andaba yo por Tánger, ciudad internacional enclavada en Marruecos donde Lucky Luciano, gran obispo de la Mafia norteamericana, tenía su cuartel general en el bulevar Pasteur, el inventor de la vacuna contra la rabia. Estaba muy cerca del semanario Cosmópolis, en cuya redacción yo descubriría la maravillosa religión del periodismo. Tánger también era una fogata de alegría. Vida fácil, sin impuestos, con contrabando barato por todas partes mientras el sol nos alegraba la existencia. En el puerto yacían potentes lanchas motoras agujereadas por las balas de aduaneros sin el menor sentido del humor cuando se trataba de contrabandistas de tabaco rubio, la cocaína de entonces. Errol Flynn había estado a punto de ahogarme en la bahía de Tánger al pretender entrevistarle desde un bote que pegaba saltos entre olas poco amables. Él se reía desde su yate, el Zacca, y yo profería maldiciones. Sus ojos estaban abotargados por el güisqui ingerido en una clínica tangerina.

Le habían hospitalizado a raíz de una violenta infección en la mano derecha como resultado de un puñetazo asestado a un visitante que le molestaba. Los nudillos pegaron en los dientes del desconocido, que debía tener la santa rabia de Pasteur. Perdí una oportunidad de ser brillante mostrándome prudente hasta la cobardía al titular estúpidamente aquel reportaje: “Errol Flynn olvidó la amabilidad”. Vacaciones en Roma la ví por primera vez en el cine Rex de Tánger, una sala chapada a la antigua que olía a pasado de siempre. Quedé prendado con el periplo romano de la princesa Audrey Hepburn a bordo de una moto Vespa – en aquellos años, y sobre todo desde entonces, símbolo de la juventud y de la aventura – en compañía de un Gregory Peck con traje y corbata y en el pellejo del periodista Joe Bradley.

Con su falda ancha y su blusa blanca de colegiala, el talle cogido por un cinturón ancho, la muchacha parece tener menos de los 24 años de su certificado de nacimiento… Gregory Peck era casi un cuarentón. 37 años tenía cuando el realizador William Wyler le contrató para interpretar a un corresponsal de prensa norteamericano en la capital italiana que una noche rara descubre a la princesa dormida en un banco de Roma.

Cuatro años después de la filmación de la película llegaba yo a Marsella huyendo de la quema y a bordo de un carguero que en mis cortas luces y en mi reducido presupuesto había confundido con un trasatlántico. Cuando en París me incorporé a la Agencia Keystone,  rápidamente empecé a cumplir reportajes en los desfiles de lencería que por entonces, y vaya usted a saber por qué, se organizaban en grandes hoteles. Una noche, en la que no todos los gatos eran pardos, una de las modelos me recordó a la princesita. Cuando la miré bien me di cuenta de que, desgraciadamente, vaya lata, le faltaba la chispa de los ojos. Pero no se lo tuve en cuenta. Dos días después, una vez acabada la presentación, la bellísima lencera por compasión me dio asilo en su diminuto piso de Saint Michel. (Por favor, no sean mal pensados. Sucedía sencillamente que aquel día, como tantos otros, los francos, por nuevos que fueran, no me llegaban para pagar el hotel de la Rue Mouffetard donde se abonaba la habitación diariamente). Esa mirada de Audrey Hepburn al borde del precipicio del cachondeo ha sido un enigma hasta que he releído unlibro del cineasta español José Luis Garci, Beber de Cine, un repaso a una serie de cócteles cinematográficos.

Además de filmar como los ángeles, Garci, que obtuvo el primer Oscar de lengua española con Volver a empezar, maneja las palabras como quiere. Afirma que la interpretación fuera de serie que gracias a esa película valió un Oscar a la actriz norteamericana estuvo respaldada y decidida por un cóctel Negroni (vermut rojo, ginebra, Campari con hielo picado., pero por piedad no me pregunten en qué proporciones…), que el realizador William Wyler le suministraba en una estudiada dosis todos los días antes de empezar a rodar. Y sin cortarse un pelo concluye: “… En la mirada de Audrey, en la luminosidad de su sonrisa, tuvieron muchoque ver los Negroni que, día a día, le suministraba Wyler”. Nunca he bebido un Negroni. Bebo güisqui con un chorreoncito de agua Perrier y un prudente cachito de hielo. Quizá, y seguramente por eso mi mirada nada tiene que ver con la de la princesita del cuento romano y mi sonrisa en nada es luminosa. La sonrisa y la mirada de Gregory Peck tampoco eran geniales en Vacaciones en Roma. A saber lo que bebía. En todo caso, es seguro de que si hubiese sido el Rick de Casablanca no habría podido contestar lo mismo que Humphrey Bogart al egocéntrico comandante alemán que desde su uniforme nazi le preguntaba su profesión. Con los ojos entornados hacia arriba, Rick-Bogart
contestaba secamente:

— ¡Alcohólico!.

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