Lezama y la poesía del Superhombre

El lenguaje es la morada del ser y el hombre, su pastor. Tal es la fórmula que nos dejaba el siglo XX a la altura del fin de su primera mitad, cuando dos guerras mundiales desgarraron la seguridad de la raza en sí misma, dejando de lado ese estado de inocencia y desocultamiento que era consustancial a las civilizaciones que florecen en las eras prósperas y bellas, donde todo parece siempre mejorar. Para quien formulaba la visión del lenguaje como morada, Martin Heidegger, el poeta era la guía del filósofo, y solo en los hitos de ese giro de la expresión había momentos de lucidez que pudieran expresar al contenido humano, que no al humanista y moderno, ya vencido. Para Heidegger no tenía ya sentido la metafísica, como búsqueda del ser de forma independiente, ni la dialéctica como razón que se alcanza a sí misma mediante el movimiento de lo real, sino que el desocultamiento del ser se daría casi como casualidad, místicamente. A esa reivindicación de los inicios de la filosofía, a la poesía, se vuelven las siguientes décadas de la creación. Y un poeta pendular cubano como José Lezama Lima dialoga en sus ensayos con la visión de Heidegger, aceptando a la poesía como hogar, y más aún a la imagen, pero desechando la concepción del ser para la muerte o dasein (ser aquí y ahora) que el Rector de Friburgo le había legado a los estructuralistas y posestructuralistas (Michel Foucault diría que el hombre es una invención de apenas dos siglos y que ya había muerto). Para Lezama, la poesía convierte al artista en un ser para la trascendencia, donde mediante la imagen, el hombre alcanza no la muerte, sino el paraíso y, más aún, el “Paradiso”, tal y como ocurre en la novela donde José Cemí, a partir de la epifanía de la muerte de su padre, busca al ser, o sea asume a la poesía como una morada donde hallará el sentido de la totalidad de lo real. A la fuerza de Lezama, que le contesta a Heidegger desde la reducida insularidad, no puede escapar ningún poeta cubano, todos o giran o se escabullen, o son lezamianocéntricos o lezamianofóbicos. Y es que la grandeza estuvo en que el gordo de la calle Trocadero recogió, junto a la imagen, la posibilidad de la poesía como hogar del hombre que muere para esta vida, pero que nace, como diría Nietzsche, para el nuevo día, ese que predijo Zaratustra, donde ya no están los últimos, los que son incapaces de engendrar una estrella, los de la moral esclava, los que sucumben al Superhombre. Ese día, cuando ardan las catedrales y caigan las columnas, se producirá el episodio que Cemí y Licario (su maestro) conversaron durante su encuentro, ya casi en las páginas finales de esa alegoría al viaje interior que es “Paradiso”. Por eso, la poesía cubana no debe ser un objeto instrumental, un mero libro que se edita, o una portadilla que se hace con el apuro y sin dioses, sino la gran contesta de Lezama a Heidegger.

Y es que el Rector de Friburgo reivindicaba al griego que creía en el hallazgo, en aquel Tales que mirando hacia la luna cayó en un agujero, porque su terrenalidad no es la terrenalidad, y su nacer no es nacer, o sea no es el nacer de los últimos. Heidegger, de hecho, fue el mejor lector de Nietzsche, y en un volumen homónimo, se refiere al Loco de Turín, como el constructor de un nuevo sentido de la historia, basado no ya en el positivismo y la ciencia que instrumentan al mundo, sino en la salida de ese ser atado al mástil de lo utilitario. Por eso, durante su vejez, ya en la posguerra, el más grande filósofo del siglo XX, perdonado por su militancia nazi y en la miseria, debió vender los originales de “Ser y tiempo”, para poder comer. El pensador jamás habitó este mundo a la manera de los esclavos que trabajan la tierra doblando la cerviz ante los amos de la Humanidad, sino que vivió en la búsqueda última del ser, saliendo de la metafísica, pero en la metafísica, o sea más allá de lo físico como dijera Aristóteles.

Cada poeta cubano, como lo es mi amigo Luis Manuel Pérez Boitel en su mítico Remedios, se erige en Superhombre, y por mucho que suceda en sus malhadadas existencias, termina triunfador, porque la obra es quien habla. Cuando las columnas caigan y las catedrales ardan, y Zaratustra baje de la montaña, no habrá justificaciones, la verdad no será la verdad utilitaria, de lo que convino o no hacer o decir, sino la poesía, esa que siendo el Ser no debe ni puede mentir. José Martí lo supo, cuando ante la carroña del mundo dijo: “Tomad vosotros, yo soy honrado, y tengo miedo”. El giro lingüístico, el poeta sobre sí mismo, es Borges, diciendo que prefiere la espada, antes que la furtiva dinamita, porque se trata de la reivindicación de la ética primera, de aquella que los griegos llamaban arethé y que, intraducible al castellano, llevaba al gobierno de la ciudad en el camino del favor de los dioses.

Cuando Raúl Hernández Novas, una de las voces que continuaban la búsqueda de la morada exacta del ser, decidió desaparecer cotidianamente, para irse de este plano, quizás estaba indagando ese plano poético que no se alcanza mediante la dialéctica chata. Como mismo morir no es morir, ni nacer, nacer, los verdaderos hombres hallan en una supuesta muerte el recurso esencial, la ratio de su sobrevida. “No asumas la existencia a la manera de Lord Byron”, me dijo recientemente un crítico cubano de arte, en una de nuestras tertulias telefónicas, pero sucede que el hombre, como ser para muerte, tiene que elegir, entre esta muerte o la trascendente.

La grandeza, que no es la de los premios, viajes y ruidos, está en la tempestad, en esa que halló Virginia Woolf mientras se hundía en las aguas turbulentas del suicidio. Lo supo Martí, que no era ni un fanático, ni un dasein que vivía inauténticamente, sino que buscaba esa muerte alada de la grandeza, en la tempestad de las balas, como en un río de poesía última. Años después, en la revista Bohemia, saldría un reportaje sobre el destino del cadáver del Apóstol y hasta se ve en las fotos que, a pesar del calor, las heridas y tumoraciones, el cuerpo parece intacto, hasta casi nos observa, meditando desde su altura alcanzada, que no es la de la moral esclava. Y en la frente honrada, él ostentaba ese cinto invisible de luz, que es la Humanidad que se antepone a la avaricia y la gula, a quienes hunden el diente en el manjar del mártir muerto.

Nacer no es nacer, ni la poesía es solo rumba llevada al pentagrama, aunque lo pudiera ser. Cuba vale más que la misa de siempre, de hecho, está en la mesa servida por Doña Augusta, donde lezamianamente se hunden en un caldo de maíz, las viandas más exquisitas, recordándonos que en sus surcos están las volutas de las catedrales y los dibujos flamígeros de un barroco que nos pertenece. No hay que padecer de una moral esclava, ni siquiera el esclavo la merece, y ya lo demostraba Platón en sus diálogos, cuando mediante la anagnórisis, uno de aquellos infelices era capaz de recordar, sin haberlo leído jamás, el Teorema de Pitágoras. La metafísica que nos subyace y nos determina es la del ser trascendente, la de la muerte inmediata, pero de la obra para la trascendencia. Se trata así de una poesía, por eso quienes empiezan quemando libros, terminan quemando hombres, como dijo el poeta alemán Schiller.

La fuerza de la poesía cubana actual no está en publicar, o en subir a la azotea de la “poeta maldita de turno” o en que alguien escriba una sentencia tan vacua que compare el pensar con la cópula más animal, a la manera de los pueblos más totalitarios e instrumentales. La búsqueda donde volvemos a empezar, la del Sísifo-Prometeo, la del camino de los dioses en la arethé, esa es nuestra fuerza. Y en tal camino hemos triunfado ante hidras, concertaciones, silencios y quemaduras. Cualquiera publica o gana, pero el ritmo del mulo al borde del abismo, su tensión y orgullo, son detalles que construyen la esencia, la que ni se aprende ni se aprehende, a la que la astucia de la razón no accede, pues se trata del recuerdo que solo quienes desocultan su ser pueden ostentar.

Ser poeta es aceptar y contradecir a Heidegger desde Lezama, la trascendencia en el dasein que piensa porque muere, pero muere para la moral esclava en tanto nace como Superhombre. Nietzsche reivindica a ese poeta como un guerrero dionisiaco, que lucha contra la casta sacerdotal, que sofoca la vida porque la odia. A esos últimos, cierto hijo de bardos les dejó el tiempo, simplemente, todo el tiempo.

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