Cuba y el cardenal

Manuel Juan Somoza | Sergio Berrocal Jr

La Habana

Escribo desde mis vivencias, sin recurrir a informes oficiales, porque respeto esas acciones mundanas que él protagonizó para bien de la nación. La última vez que nos vimos fue en uno de esos aburridos festejos diplomáticos en La Habana, me acerqué a saludarlo, elogié la vitalidad que proyectaba –desconocíamos los dos entonces que el cáncer le rondaba- y envuelta en una sonrisa me dio su respuesta preferida: “Rezo mucho”. Después renunció a ser Arzobispo de La Habana –ya sabía que luchaba con la muerte o se dejaba llevar, no sé cómo lo interpretaría-, casi desapareció de la vida pública hasta que en los primeros días de julio comenzaron los rumores en anticipo de lo inevitable, y a partir de ahí, los intercambios telefónicos con las fuentes cercanas a la Iglesia, que suele ser parca en asuntos como este y otros muchos; la nota redactada de antemano a la espera, porque este oficio es así, obliga a evitar que las sorpresas nos pongan en la cola; y al final, el mismísimo 26 de julio, enredados como estábamos con el acto central en el lejano Bayamo por el Día de la Rebeldía Nacional, el definitivo desenlace. “Ha muerto el cardenal Jaime Ortega”, y a correr sin tiempo para persignarnos .

No citaré fechas, solo el recuerdo de aquellos años de crispaciones, con disidentes, opositores o contrarrevolucionarios –como usted quiera llamarlos- recorriendo en silencio calles de La Habana en protesta por las largas penas de prisión dictadas contra familiares, y nosotros, corresponsales de prensa extranjera, reportando-; los pedidos a la Iglesia a fin de que intercediera con el gobierno; el festín de los anticastristas de Miami, que pedían la represión violenta y la sangre que por suerte nunca hubo; las acciones del gobierno de  Estados Unidos orientando a los inconformes y a las marchistas, mujeres que optaron por vestirse de blanco; la publicidad desbordada fuera de la isla. Y en ese contexto la mediación, las acciones del cardenal hasta lograr la excarcelación de los presos y la salida hacia España de los que así quisieron con sus familiares, fueron pocos los que decidieron quedarse aquí. Tiempo después, porque la vida es también así, buena parte de esos excarcelados y marchistas le dieron la espalda a Jaime Ortega y lo condenaron por no llegar hasta donde ellos querían que llegara.

Fueron meses y meses de secretos y tensiones.  “¿Por dónde andas?”, preguntó una tarde vía móvil mi editora desde México; “Estoy en camino al Arzobispado”, “Tienes tres mil 500 caracteres, y entra temprano con la nota”. Así corrieron esos días para todos nosotros, porque después siguieron los acontecimientos. Huelgas de hambre con fines políticos, siempre al cuidado de los médicos en hospitales públicos, pero acciones que en sí mismas sensibilizan; otras inventadas con vista a agrandar la ola y sumar protagonismo:  “Oye pudiste ver a….”, pregunté desde La Habana a un colega al que su agencia solicitó viajara al oriente; “Estoy saliendo de su casa, pero oye esto es un cuento, el tipo dice que lleva 10 días sin comer ni tomar aguda y está más colorao y saludable que tú y que yo”. Conferencias de prensa casi a diario por opositores-disidentes-contrarrevolucionarios a fin de hablar de sus planes de gobierno en el futuro que anticipaban al doblar la esquina, y en esa vorágine el cardenal intercediendo y sus obispos, de oriente a occidente, apoyando.

Lo demás es historia conocida. Fue Jaime Ortega enviado del papa Francisco en contribución a las negociaciones secretas entre Washington y La Habana  -“A Raúl puedes llegar rápido. Búscate la manera de llegar a Obama, yo pago los viajes”, le dijo el pontífice-. ; también el artífice de que vinieran a la isla comunista Juan Pablo II en 1998, Benedicto XVI en 2012 y el propio Francisco en 2015; y con Fidel Castro del otro lado ayudó a empujar hacia la normalidad las relaciones Iglesia-Estado tras décadas de desencuentros.

Son algunas de mis vivencias, solo algunas,  y por ellas respeto al cardenal.

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