Cuba y los vientos que llegan del Norte

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr

La Habana

Siempre me intrigó la larga historia de Europa con sus siervos enardecidos por leyendas medievales a lo Robin Hood, con sus reyes, sus cortesanas y sus brujas; quizá me atrajo por mis ancestros o por la literatura comprometida de Saramago y la prosa de carretilla de le Carré; o por aquella revolución francesa que despertó a muchos. No descarto que la causa de mi curiosidad radique en el embrujo maligno, pero embrujo al fin que envolvió a la Segunda Guerra Mundial, cuando ni siquiera había nacido, porque desperté a la vida mientras Hitler y sus arrebatos eran derrotados. Llegué allá por primera vez en 1969 y busqué las huellas del desastre – “Aquí radicaron las SS”, me contó una yugoslava en Belgrado- y nunca, que recuerde, he dejado de seguir a la Vieja Europa mediante algunas visitas de trabajo -nunca de paseo- , a través de su literatura, su cine, e intercambiando con amigos llegados de ese lado del Atlántico.

Hace poco accedí a una película italiana -“Loro”-, consagrada a Silvio Berlusconi, cuyo análisis crítico dejo a expertos del calibre de don Sergio Berrocal, y mientras corrían las referencias al magnate devenido presidente del Consejo de Ministros de aquellas tierras de espaguetis, mientras se sucedían las imágenes del capo entre dislates, sueños de grandeza, aplausos de vividores y muertos de hambre, y siempre entre mujeres bellas, sin ropas ni prejuicios, me asaltó la imagen de Donald Trump. E irrumpió el rubio del Norte no porque sea yo demócrata o republicano, ni por liberal, comunista, socialista o anarquista,  ni porque conozca los recovecos de la política estadounidense, sino porque soy, simplemente, otro de los más de 11 millones de cubanos que padecen –padecemos-  hasta los mismísimos cojones las decisiones de ese tipo egocéntrico; decisiones que me llevaron también a evocar aquellos años 30 del siglo pasado  en Alemania, cuando el nacionalsocialismo del Fûhrer movía multitudes a las que hacía soñar con grandezas a costa de los judíos.

La historia la manejan a su antojo los que ganan, pero aun así debería lo pasado servir para abrir los ojos al presente, o al menos es lo que pienso en esta Habana calurosa y cada vez más complicada por las presiones de Washington. No sé, ni me interesa, cómo los expertos encasillan a Trump, si supremacista blanco, si ególatra , o sabio. Lo que sí sé, porque lo padezco como lo demás cubanos -incluidos paradójicamente hasta quienes aquí lo admiran-,  es que cada día que pasa,  el mandatario de la principal potencia militar de este planeta donde sobran las agonías, nos aproxima a otro escenario similar al que precedió a la Segunda Guerra, sin que alcancen para detenerlo la gente sensata de su país, ni las leyes internacionales, ni el multilateralismo, ni la cordura, con el riesgo de que otra conflagración mundial en este tiempo de armas nucleares en muchas manos implicaría no la muerte de decenas de millones de personas, sino la desaparición de eso que nos ufanamos en denominar humanidad.

Como Hitler llamó a acabar con los judíos y el oso rojo para que imperara la pureza área, Trump dice que expulsará los negocios chinos de este continente –porque “EU es lo primero” y “América es para los americanos”-,  y pulverizará al socialismo dentro y fuera de su país, al tiempo que defiende al sionismo –no a los judíos- y convierte en dianas a negros, mestizos, latinos, inmigrantes todos en un territorio de inmigrantes, aunque al menos cuatro con esas raíces hayan ganado un escaño en el Congreso de la Unión (¿?) Americana, “El escuadrón” llaman a esas cuatro damas que lo desafían desde el legislativo, a las cuales él, Trump, invitó a que si no les gustaba como van las cosas por allá, se fueran de EU.

No lo veo todo negro. Si fuera pesimista no habría decidido seguir viviendo en Cuba, si fuera derrotista no creería como creo en la utopía de otro mundo mejor. Pero pienso, como esos millones de compatriotas que padecen –padecemos-, que es hora ya de pararle las patas a la bestia o no habrá espacio mañana para respirar y seguir contando historias.

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