Carta al rey de la novela siciliana
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

El viejo se ha muerto como mueren los viejos, callando, aunque a él la prensa andrajosa le ha puesto en primera plana porque era uno de los más grandes escritores que hemos temido en esta putrefacta Europa. Se llamaba Andrea Camilleri, ya lo sabrán por los periódicos, tenía 93 años, unos cuantos más que yo, y estaba ciego –yo voy por ese camino–. Era feo para matar a las moscas de espanto pero tenía un inmenso talento. Después de Hemingway, es el escritor que más me ha enseñado. Se murió casi escribiendo porque ya dictaba y dictar se puede incluso desde una tumba confortable.Era siciliano y escribió maravillosas novelas que los más torpes, los que no han leído más que los títulos dicen que eran policíacas. En realidad Camilleri era un Balzac que describió con el valor que hay que tener para meterse con la Mafia siendo siciliano y viviendo en Sicilia, esa época eterna de la Italia que vive de las camorras, de los bandidos, como una tradición maldita. Además, tenía una ventajilla. Sabía escribir y sus libros sobre las aventuras de su personaje El comisario Montalbano son una delicia. Un tipo de policía criado y mamado en un pueblo majestuoso de Sicilia donde ni el sol se atreve a hacer sombra a las mansiones ocultas en la piedra de los matarifes de esa Mafia que sigue mandando, ordenando, a sus órdenes mi coronel, y con la que todo el mundo tiene que contar en Italia. Dejaron de transmitir la serie que se rodó sobre el comisario Montalbano en la televisión española porque en este país africano donde yo vivo no gustan mucho de la calidad. Lo que adora la gente es la chapucería, la estupidez, los griteríos y pare usted de contar. Camilleri – te hago promesa solemne de ir a tu tumba—has sido el más grande. Ninguno de los autores de novelas negras norteamericanas, pese a que ellos las inventaran, podía ponerse a tu lado. Camilleri, eras un Gabriel García Márquez nacido en un sitio muy raro que se llama Sicilia, por donde Ulises estuvo dando tumbos en busca de su propia verdad que nunca encontró porque ya de su tiempo, de cuando Homero el ciego lo caligrafiaba, la verdad era una enorme mentira.

Tu personaje, el caprichoso Montalbano, es el niño que habríamos querido tener todos los que escribimos porque era un primor. No es que resolviera casos enfurruñados en las mentiras de nuestra sociedad podrida del siglo XXI. Era Montalbano y bastaba. Sabes, Camilleri, tenías una gran virtud. Sabías escribir, con o sin glaucoma, aunque fuese a tientas de la secretaria a la que le dictabas y que espero que de vez en cuando te recompensaría con un poderoso “¡Olé!” o con un beso de esos que no da cualquiera.

Eras un tipo fuera de serie. Creo que alguna vez fuiste profesor, es decir que tuviste la suerte de empezar en la vida sabiendo leer y escribir, lo cual es una gran ventaja porque ya te acordarás, aunque sea bajo la loza, de todos esos grandes escritores que pueblan Europa, llenan las arcas de las editoriales y son más famosos que el café con leche en vaso de cartón, que por cierto ahora se lleva mucho desde que los norteamericanos nos obligan a beberlo a través de sus series policíacas.

Pero estoy seguro de que tú eras un clásico, un tipo que necesitaba porcelana, y el café modulado en una de esas cafeteras metálicas chiquitas y refulgentes que os inventaste los italianos.No sé qué decirte más, maestro. García Márquez contaba que hace un montón de años se cruzó a larga distancia en París con Hemingway y que entonces no pudo aguantarse y le gritó: “¡Maestro!. Eso me hubiese gustado hacer contigo. Cruzarte en una de esas ciudades extrañas de vuestra Sicilia y dedicarte un “¡Olé!” de tarde de toros monumental. Que los ángeles, que estoy seguro se han leído todas tus novelas, te den ese aplauso eterno que tanto te mereces.