Un chorro de amor

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Al terminar la Guerra Civil española, allá por el año 1939, el Coronel había sido designado por Franco para ocuparse de Marruecos teniendo como cuartel general una isla estratégicamente situada de la que pocos volvían sin autorización sellada. Su fiel escudero, Don Gonzalito, su mano derecha y parte de la izquierda, debía seguirle en cuanto se casase. Se había encaprichado a la sazón de Rosarito, una chiquilla de 17 años, hija única de un matrimonio tan lleno de dinero como de franquismo, que se había enamorado de aquel hombre pese a que sus padres desconfiaban por aquellas gafas que como dos mármoles negros le cerraban los ojos e impedían verle pensar, decían ellos. La familia de Rosarito tenía tantos títulos de nobleza, la mayoría concedidos por Alfonso XII, como caudales ganados con el estraperlo al por mayor durante la guerra. Fue un noviazgo rápido pero ejemplar. Ella, pese a que su braga se humedeciera cada vez que miraba los cristales negros de aquellos ojos eternamente ocultos de su novio, nunca le dejó tocar a su himen. La noche de bodas se encaramaron en la suite que el gobernador militar de la región les había cedido en un hotel casi secreto, donde sólo tenían entrada ciertos iniciados. Más tarde, por lo que se supo de sus declaraciones ante los jueces que debían preparar la anulación matrimonial ante el tribunal de la Rota, la muchacha confesaría que nada más pisar la enorme habitación matrimonial, los orgasmos se sucedían entre sus muslos a medida que iba quitándose la ropa en el cuarto de baño, antigua terma romana. Cuando salió temblando de que él le arrancara la virginidad a dentelladas lo encontró totalmente desnudo –lo único que había conservado de su habitual indumentaria eran las gafas negras—y espatarrado en el suelo. Contó la pobre que cuando vio aquel enorme falo que se reflejaba en los cristales de las gafas del novio cerro los ojos para empalarse en él, olvidando todo cuanto sobre conducta sexual no le habían enseñado las monjas. Abrió las piernas y entonces oyó la voz del amado que desde el suelo le suplicaba: “¡Méame, Rosy!”.

En este punto de relato, las versiones difieren. Uno de los oficia- les del entorno más secreto del gobernador, que observaba aquella extraña noche de bodas desde una ventanilla minúscula practicada en el ojo derecho de un Richelieu de pie que desde un cuadro monumental presidía la suite, contó que la novia quedó durante unos segundos paralizada por el grito de su novio pero que no tardó en reaccionar. Se colocó encima de él y cumplió su deseo. Los chorreones hicieron saltar las gafas del novio. Y en el momento en que se dejaba caer sobre el falo que le había hecho soñar hasta empalarse totalmente, las gafas de su recién estrenado esposo saltaron y ella empezó a gritar. Primero fue el placer de aquel descomunal cipote que se le clavó hasta la garganta, como contaría más tarde a Pepita, amiga de infancia y de convento. Luego, a los orgasmos múltiples que le provocó tan salvaje penetración siguió un chillido histérico. Rosy acababa de descubrir el hueco que en la órbita derecha de su esposo provocara la faca del bereber.

La otra versión, la de la propia interesada, detenía la acción sexual en el momento en que él le pedía que le meara encima. Entonces ella echó a correr y se encerró con llave en otra habitación, donde esperó la llegada de sus padres. Fue el escándalo conyugal más silencioso de los ocurridos en la corte de Franco. Llamado de urgencia a Madrid para resolver tamaño desbarajuste, el Coronel optó por hacer desaparecer en su isla a su fiel escudero. Un pedacito de leyenda muy aprovechable sobre todo por el público que más le interesaba, el de las damas. Los maridos cornudos y los muchos pretendientes a la cornamenta de aquella colonia africana de Franco sonreían con desprecio cuando oían esas cosas, debidamente propaladas a través de sus esposas aunque reconocían que el tío tenía la mejor coraza para romper todos los corazones. Pero sabían que no podían hacer nada contra él y por ello le odiaban a muerte. Los papás de las muchas mozas casamenteras con más ansias de sementales que de velo blanco temblaban igualmente. Algunos llegaron a establecer estadísticas que demostraban de modo palpable – al menos así lo aseveraban en los bares donde podían hablar lejos de los oídos del Coronel— que el número de bodas estaba disminuyendo desde su llegada y algunas pretendían que aumentaban los abortos y algún que otro nacimiento clandestino. Los papás no le odiaban; sentían por él la misma repulsión que por los depredadores que en los cercanos desiertos sembraban el pánico en los rebaños de ovejas. Las mamás, más al tanto de las cosas, más realistas y más enteradas, llamaban al depredador el Rompebragas. Contaban y no acababan, pero con cierto orgullo, cómo sus niñas, algunas de sus niñas, las más bonitas, pasaban el día comprando ese accesorio tan femenino. Y como, de un tiempo a esta parte, a todas ellas les daba por comprar las más elegantes y, por supuesto, las más caras. La razón era, decían en los corrillos a la salida de la misa de doce, que un armario del gigantesco despacho del Coronel estaba dedicado exclusivamente a sus trofeos. Bragas de Londres, París y hasta de Madrid, capturadas en el combate siempre fácil de la cama, se jactaba él, llenaban aquel armario que rezumaba un olor muy especial. Los sueldos de los papás temblaban ante este capricho del general que no permitía que sus amantes, pasadas o futuras, ofreciesen al tacto de sus dedos algo que no fuese seda de la más exquisita y encaje de bolillo. Algunas de aquellas mujeres, orgullosas pese a que el depredador las tomase y las dejase según el capricho del momento, aseguraban que la primera vez que intimaban, el Coronel adivinaba con sus largos y finos dedos si el encaje de Bolillo era de Brujas o de Belém do Para. Contaban y no paraban porque todas le amaban. Entre ellas se confiaban cómo le gustaba romper el fino tejido y llevárselo metido en un bolsillo de la guerrera mientras ellas tenían que regresar a sus casas desbragadas.