La luz Clara de la mujer

Por Mauricio Escuela | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Vivimos en una era, en la cual los derechos de los grupos históricamente marginados se colocan en la picota propagandística, se ideologizan desde una derecha a veces suave, pero evidente. Las mujeres vienen de luchar por una emancipación que el patriarcado les niega a lo largo de milenios de construcción de poder, un modelo que el gran capital respetó, en su movimiento en espiral, y que legitimó a partir de las estructuras feudales. En la Alemania de fines del siglo XIX, las mujeres y los niños tenían forzosamente que incorporarse al trabajo fabril, un fenómeno más cruel si se quiere que el sistema de servidumbre, ya que este último ofrecía, al menos, un halo de paternidad y protección por parte del señor de la tierra hacia sus vasallos. Pero el mercado, que solo define las realidades a partir de la regla ganancia-beneficio, les pagaba muchísimo menos a niños y mujeres que a hombres.Aquel horizonte necesitaba una vanguardia ideológica, una respuesta desde la izquierda que trazara estrategias inmediatas, pues casi toda la política oficial estaba en manos de hombres, a los cuales por una cultura de machismo, no les interesaba la emancipación de la mujer. Fue ese el horizonte de acción de Clara Zetkin, primero una socialdemócrata, durante la era en que esa etiqueta significaba aspirar al cambio social, luego, revolucionaria convencida de las tesis acerca de la praxis como transformación, que parten de la 11 sentencia de Marx sobre Feuerbach.

La mujer en el capital

A partir de la excesiva y rápida industrialización de Alemania desde su unidad nacional durante el gobierno de Bismarck, las ciudades se repletaron de campesinas arruinadas, muchas de ellas madres solteras, con más de una criatura. La situación se podía calificar de caótica en un país por demás predominantemente religioso, donde la socialdemocracia representaba una crítica al capitalismo, pero no el cambio radical en los estamentos sociales.

Clara Zetkin, una joven de 25 años que adoptó el apellido de su esposo, fue la voz más fuerte en un movimiento feminista naciente. En un país de tensiones, la socialdemócrata recibió no sin sorpresa, un bulo en sus manos que la declaraba «alemana no grata», se sabe que dicho libelo fue escrito de puño y letra de parte del mismísimo Canciller Bismarck, entonces enfrascado en conservar tanto las estructuras feudales, como los elementos conservadores del capital, en aquel país al que todos miraban como el escenario de la próxima, grande y definitiva revolución.

El desprestigio de las maniobras de los ultraconservadores y el ascenso de una socialdemocracia poderosa, pero que ya venía pactando  con el Káiser, le dieron a Clara la posibilidad de regresar a su país de origen, luego de estar exiliada por el decreto del Canciller. A partir de allí, su rostro sería el de las cientos de miles de mujeres campesinas que laboraban en condiciones mucho peores y por jornales que apenas daban para comer.

Periodismo, riesgo, exilio

El diario «La igualdad», creado por ella en 1891, recogió la tradición del periodismo de denuncias de Carlos Marx, bajo la etiqueta de que «hay que hacer más ignominiosa la ignominia», y allí, en las páginas de aquel primer medio de prensa socialista y feminista, aparecieron las cifras reales acerca de la situación de la mujer como trabajadora y ciudadana sin derechos.

Muchas veces se acusa a los filósofos de machismo y, de hecho, una institución como el pensamiento crítico, por su tensión con el poder, estuvo casi siempre en manos de hombres. Fue Clara quien sentó las bases teóricas de las actuales luchas acerca del género, el derecho a la diversidad, las minorías sociales. Se trata de una historia donde estuvo, como espada de Damocles, el peligro de la censura y el encarcelamiento, así como la indiferencia de los líderes de la socialdemocracia, envueltos en su patrón machista.

En la Conferencia Internacional de las Mujeres Socialistas en Stuttgart, se acordaron los lineamientos de un activismo que el poder estatal vio con malos ojos, a partir de allí, la vigilancia de la policía secreta, la apertura de cartas, fueron el pan de cada día, para una luchadora a la cual los socialdemócratas quisieron subestimar, restarle visibilidad, sobre todo por su posición contra la guerra en el Parlamento alemán. A Clara, sus excamaradas la dejaron sola, se avizoraba un final violento para ella, si se juzga por la correspondencia y los ataques de la política tradicional.

Moscú

De su exilio en la Rusia bolchevique trasciende su famosa entrevista con Lenin, quien le aseguró que sin las mujeres «era imposible la toma de poder y la emancipación». Ella sorprendida de hallar, en el motor de la primera revuelta libertaria del proletariado, un eco a su propia voz, le preguntó cómo conseguir esa meta lo más rápido posible. «Debemos emprender un movimiento feminista internacional, sin esto los partidos no funcionarán», dijo el líder del Kremlin.

Años después Clara moría, dejándonos la huella de una mujer que llevó en sí misma la fuerza de la Historia.