El día del niño muerto

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

El niño se ha convertido en la víctima ideal, cínicamente ideal, del siglo XXI, estos maravillosos años en que los gerifaltes de los mandamases hacen tratado apocalípticos, piensan en como cortarse el cuello el uno al otro, y otras lindezas.Los niños son las víctimas de un siglo en el que se les tiene poco en cuenta. No es que tengan que ir a las barricadas mandados por Victor Hugo. Hoy ya los niños no son héroes y si caen muertos o heridos es en las batallas burocráticas y políticas que libran los grandes, los mayores, los imbéciles con estrellas o títulos que les dan derecho a todo lo malo. De ellos no se pueden defender. El mar Mediterráneo es el más vasto escenario en el que los niños, de cualquier edad, a veces todavía mamando, suponiendo que les quede una madre y leche para tirar de ella, empiezan a luchar por la vida. Se embarcan, los embarcan en cosas que parecen embarcaciones y los echan al mar previo pago de una cantidad de dinero, ahorrado por las familias que quieren alejarlos de la miseria, las guerras y otras lindezas que nos ha dejado la civilización colonial, de cuando África pertenecía a varios países europeos. Ahora ya no es igual. Son países libres donde la gente no piensa más que huir del tirano de turno. Porque el tirano es peor que los de las colonias. El mar Mediterráneo se ha convertido en un enorme cementerio para muchas de esas criaturitas. Qué festín se dará toda la fauna que juegan en esas aguas a yo me lo como antes que tú pero te dejo el siguiente si tiene menos de tres años. En Oriente Medio no tienen ni agua para huir. Los niños palestinos están metidos en una franja, un cacho de tierra, donde los israelíes, con una bondad infamante los tienen detrás de un muro. Son chiquillos que nacen sin patria puesto que se la niegan. Palestina es una ilusión que ellos defienden pero que saben que por el momento no conduce a ningún sitio. Algunos se escapan pero la mayoría se amontona en Gaza y sus alrededores y esperan. Es una manera de hablar. Porque saben que no hay nada que esperar. La lotería es más segura y generosa. De vez en cuando llega el ejército de Israel, uno de los mejores pertrechados del mundo gracias a la bondad de Estados Unidos y se lía la gorda. Los soldados disparan y los palestinos, entre ellos muchos niños, muchos jóvenes, les tiran piedras. Es lo que se ha llamado con el dulce nombre de Intifiada. Las casas, muchas casas, son dejadas en puro escombro, pero así los palestinos se entretendrán en reconstruirlas y no pensarán en cosas malas.

La prensa del mundo, cuando no tiene de que hablar, pone en sus páginas y hasta en sus portadas, la generosidad es increíble, fotos de niños palestinos de todo tipo. Pegando pedradas, peleando con soldados que parecen todos ellos Schwarzenegger o sentados con las manos atadas y los ojos vendados. En primer plano, un severo guardián respetablemente uniformado que los vigila porque esos bandidos son la remonda. ¿Qué por qué les vendan cuidadosamente los ojos? Por misericordia sin duda, para que no se den cuenta de la situación en que se encuentran antes de ingresar probablemente en una limpia prisión israelí donde la bondad de sus carceleros les enseñarán a vivir.

Pero no recuerdan esos soldados del apocalipsis que no hace tantos años en Europa muchos de sus antepasados fueron masacrados por un loco. Y que fueron otros soldados, que no llevaban el uniforme israelí, los que acabaron con aquellas locuras. Se acuerdan cuando les conviene. Ah, iba a olvidarme del otro frente que el respetable y venerable presidente Donald Trump ha abierto en la frontera con México. Hasta allí llegan desesperados de toda América Latina para tratar de entrar en ese país que siempre nos hizo soñar a todos. Entrar no para robar, perpetrar atentados o meterle fuego a la Casa Blanca. Simplemente para tratar de conseguir un trabajo, el que sea y por asqueroso que sea, para comer, cosa que al otro lado de la frontera les es más difícil. Trump ha decretado que todo eso es basura y que no pueden ensuciar su casa y ha mandado a sus soldados para que se respete la frontera. Y entonces el mundo entero, sin que a ninguno de nosotros se nos caiga la cara de vergüenza, vemos a diario niños que apenas saben andar con las manos esposadas en las espaldas o metidos entre alambradas. Viva la libertad. Maldita idea la de los franceses de regalarle una estatua de la libertad a Estados Unidos.

Y se me ocurre en este día de calor, por qué esa prensa mundial tan gentil y maravillosa no hace algo por esos niños, olvidémonos de los padres, que ya están en edad de ser fusilados o por lo menos encerrados en mazmorras al aire libre de los 40 grados de la frontera con México.

Ah, sí, claro, tienen ustedes razón. Los periódicos dedican muchas fotos, muchos comentarios a la situación e incluso de vez en cuando se enfadan y dicen. Bueno, no dicen nada, insinúan, porque el enemigo es muy poderoso.

Pero, digo yo, ¿no sería posible que lo mismo que se celebra con fastos impresionantes el Día del Orgullo Gay que se dedicara un día a celebrar el Día del Niño asesinado o por asesinar en tierra de nadie? Ya sé que esos chiquillos no tienen nada que aportar. Los gays dan publicidad a los periódicos y tienen poder para comprar y hacer crecer la industria. Imaginen que en Cuba les han hecho un hotel nada más que para ellos. Y cómo no habrán pensado las autoridades herederas de la Revolución de Fidel Castro en hacer otro hotel para los esposados de Donald Trump aunque ya sabemos que esos chiquillos no les traerían más que rompederos de cabeza porque los israelíes protestan, y como son tan buenos y tienen tantos amigos en el mundo, algunas de esas protestas vienen de muy alto y caen como pedradas en los periódicos. Pero, bueno, podíamos hacer una excepción, al día siguiente del Orgullo Gay, para que la gente lo tenga en el recuerdo, todos los periódicos del mundo deberían dedican sus primeras páginas exclusivamente a los niños perdidos por la imbecilidad humana. Propongo que ese día las portadas sean la silueta de dos niños, a los Dickens si ustedes quieren, pintados exclusivamente de rojo sangre. Nada más que veinticuatro horas. Y las emisoras de radio no retransmitirían más que gritos de los chiquillos que separan de sus padre en la frontera norteamericana, aullidos de los niños árabes que se ahogan en el Mediterráneo, pedradas de los chiquillos en Jerusalén y así hasta que se nos acabe la imaginación.

¿Qué es mucho? ¿Qué si estoy loco? ¿Que qué dirían las Cancillerías donde se reparte el caviar entre los invitados a cualquier imbecilidad?

No podrían ni aplaudir porque para comer caviar hacen falta las dos manos, una para sostener el recipiente y otra para meter la cucharilla de plata en el agrio manjar.

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