Cuba, El Africón y lo imposible

Manolo Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

Nunca imaginé que este oficio bello e ingrato me llevaría por África de Norte a Sur; que sería el primer cubano en entrar a Liberia en los años 80 por la ayuda del colega Paul Baltra, reconocido especialista del diario Le Monde, –el intento anterior, de Alcibíades Hidalgo, habría terminado en arresto y deportación, me aseguraron en Paris. Mucho después, él se fue con los que nunca creyeron-; que sobreviviría con mi compañera de casi siempre, Vivian Núñez, al ametrallamiento de un F-5 marroquí en medio del desierto del Sahara; que entrevistaría en Lusaka a un presidente con capacidad de hablar con dios y con el diablo –Kenneth Kaunda- ; o que viviría para informar de aquella caravana FAPLA en la que me enrolé de último momento para penetrar por el Paso de la Canjala en un territorio bajo control de los kwachas de Savimbi. Desandando la exuberancia de “El Africón”, como lo llamaba en Luanda Reynaldo Casañas, amigo de aventuras de la agencia Prensa Latina, supe de otros compatriotas –soldados, médicos, maestros, ingenieros- con vivencia superiores, infinitas y mucho más riesgosas, que fueron a empujar la independencia de Guinea, del Congo, de Mozambique, de Namibia, de Sudáfrica y de Angola, y algunos dejaron sus sueños sembrados en ese continente mancillado por los europeos, a quienes más de un siglo antes les dio por repartirse buena parte del planeta. Supe desde entonces que la independencia llegaría y desde muy lejos me estremecí de alegría también con la victoria de Quito Cuanavale, aquella batalla de cubanos y angolanos contra el ejército del apartheid, que marcó un camino propio en el Cono Sur.

Dejé amigos de los que nunca más volví a saber, solo logré dos excepciones, Manolo Ostos, con quien por obra de la casualidad me comuniqué desde La Habana para saber que continuaba en Argel como corresponsal de la agencia EFE al despuntar el siglo que corre, y Jaime Azulay, joven soldado de las FAPLA cuando nos conocimos, compañero de caravana desde Benguela a Kuaku-Kungu, pasando por Lobito y Sumbe -con explosión de mina y otras sorpresas incluidas-, quien al pisar la isla por primera vez mucho después, se las arregló para buscarme, encontrarme y abrazarnos en el oeste de esta ciudad en la que vivo, convertido en abogado eminente en ejercicio, corresponsal en el Sur del Jornal de Angola y teniente coronel de aquel ejército en el que según me confirmó en su segunda visita –acompañando al presidente Joao Manuel Gonzalves Lourenço- cuenta en su alta oficialidad a un cubano, el único que es general de plantillas aquí y allá.

Así de curioso es ese continente, como digna es, con el sufrimiento eterno de las madres de los muertos, la historia tejida por hijos de esta isla diminuta, que sigue enviando médicos, maestros e ingenieros al otro lado del Atlántico –dos de ellos se mantienen secuestrados por una banda vinculada a Al Qaeda entre Kenya y Somalia-, y que en medio de la abrumadora falta de liquidez que padece, cuando le ronda el fantasma de otra crisis económica, no ha dejado de poner el hombro, ni cuando se acumularon las deudas de alguno de aquellos países independientes ya, donde sobran las riquezas naturales y afloró la corrupción.

Me ufano de haber estado entre quienes siempre confiaron en que África andaría por sus propios pies y me equivoqué al suponer que independencia es sinónimo de justicia social plena, pero 40 años después de llenarme de vivencias africanas no tengo la menor duda de que el llamado Continente Negro no olvida ni olvidará a esta isla, donde se siguen formando muchos de sus hijos, a quienes tocará continuar el largo camino de independencia y justicia por lograr, realidad que llegará, aunque les corresponda a otros la bendición de darlo a conocer en este mundo, donde los que siguen sembrando hegemonías nos quieren convencer de que los caminos propios están prohibidos. No olvido que el oprobio del apartheid reventó, no por resoluciones de la ONU ni por el cinismo condenatorio en público de las antiguas metrópolis, sino por la voluntad y el idealismo, por los cojones, de quienes no creyeron, no creen, ni creerán en imposibles