Brasil: la bossa nova del Presidente

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La voz viene de once mil kilómetros, allá por el otro mundo, sobrevolando la Amazonia, donde los yacarés (cocodrilos locales) se miran en las aguas del Pantanal. No hablamos de lo que pasa con el capital presidente Jair Bolsonaro, que todos los días está en los periódicos por algo que acaba de ocurrírsele: explotar la reserva natural más importante del mundo, la Amazonia, claro, dejar que el que fuera presidente dos veces y no tres porque le pararon a tiempo, Lula, se pudra en la cárcel aunque todos los días se anuncie que ya está a punto de salir. Ay, Lula, cuando nos decía usted, siendo solo jefe del izquierdista Partido dos Trabalhadores, que un día sería presidente, cómo nos reíamos con una copa de vino fresco llegado de Chile o de Argentina, en aquel restaurante metido en el lago Paranoá. Pero por el teléfono ni ella ni yo hablamos de aquellos tiempos que olían a esperanza. El presidente de la República era entones un tipo simpático, guapo y talentoso, Fernando Henrique Cardoso, que cuando el real, la moneda nacional, la más fuerte de América Latina, se hundió, tuvieron que sacarlo en helicóptero militar de una playa perdida donde tomaba el sol con una preciosidad que compartía labores periodísticas con nosotros. Ella se ríe al teléfono. Que ahora reine Bolsonaro le parece una piada, una broma. Ni le pregunto por su última gilipollez, que es conseguir que los niños menores pobres puedan trabajar legalmente, algo que hoy está prohibido, aunque lo hacen. Bolsonaro, además de un militar fallido es un iluso. Cuando yo estaba en Brasilia todos los supermercados empleaban jovencitos muy jovencitos, casi niños, que al final del mostrador de compras se ocupaban de meter las mercancías en paquetes, para que el comprador no se cansara con tanto esfuerzo. Es decir, que trabajaban. Otros lo hacían por unas monedas en los aparcamientos de los alrededores. En el nordeste de Brasil supe cómo muchos padres dejaban que sus hijos, niños o niñas, fueran introducidos en la prostitución por sinvergüenzas altamente calificados para sacar algunos reales y llevarlos a casa porque se morían de hambre. Porque, con el capitán o sin el capitán, el hambre sigue dando palos en Brasil, sobre todo en esa parte del país frita por el sol donde no crece más que calor. Era tan evidente que las autoridades ponían carteles advirtiendo a los turistas que estaba prohibido meterle manos a las “crianças”, los chiquillos o chiquillas.

Pero el nordeste está muy lejos de Rio de Janeiro. Sao Paulo o Brasilia y había que comer. Pobre Capitan Bolsonaro, al que no le dejan cumplir su sueño. Que los niños trabajen para que no se dejen tentar por otras cosas feas. Reconozco que una tarde escuché a un sindicalista, que se supone era un hombre de izquierdas, decirnos en una conferencia que el trabajo para los niños no estaría mal… Y no se llamaba Bolsonaro.

Ella se ríe, porque siempre se ha reído, incluso cuando la situación e ponía fea y había que acudir a escuchar al ministro de Hacienda decirnos cosas sobre la devaluación del real que a casi todos los periodistas extranjeros presentes nos sabía a chino. La situación era tan penosa que un día pedimos al ministro del ramo, Pedro Malan, vecino mío, que por favor nos diese un curso acelerado sobre devaluación. Y el hombre cumplió, lo que no impidió que nada más terminar la crisis del real el compañero que más sabía del tema se jubilara aceleradamente con una morenita deliciosa al nordeste y yo pasara unos días en observación en un magnífico hospital, donde la muchacha que hoy se ríe por teléfono me acompañaba con una chequera abierta para que me atendieses debidamente. Ay, Bolsonaro, eres lo que los españoles llaman un cachondo. Pareces Donald Trump, que no se cansa de inventar pavadas aunque sea por twiter para el mundo entero.

Me da mucha pena que Lula esté enchironado en una cárcel, y créanme que en Brasil no son de lujo ni para los altos cargos. Pero más pena me da todavía oír todos los días o casi todas las mañanas que Lula está a punto de salir de la cárcel cuando el hombre que lo metió, Sergio Moro, que antes de ser ministro de Justicia era un vulgar abogado, ha suscitado grandes manifestaciones de apoyo en las calles de todo Brasil. Esto ocurrió hace solo unos cuantos días. Vaya usted a saber y sobre todo a entender.

Curiosamente la prensa que yo recibo, la del mundo entero, apenas habló de esas manifestaciones porque algunos podrían interpretarlo como que hay muchos brasileños que no echan de menos a Lula. Ya se sabe que la gente cambia rápidamente de opinión y que hay que atenerse a lo que está ocurriendo y no querer jugar a Robin de los Bosques. La mujer con la que hablo por teléfono a once mil kilómetros encuentra que la vida es bella y es cierto que Brasil es un país aparte, aunque un oficial de mala muerte jubilado sea quien lleva las riendas del poder. Los brasileños han pasado por otras, muchas y muy gordas, como la dictadura que les duró de 1964 a 1983. Así que un militar más o un militar menos. Los brasileños saben que las cosas cambias y que nada es eterno. Acaba de morir Joao Gilberto, uno de los creadores de la música más popular del mundo, la bossa nova. Y no pasa nada. La muchacha de Ipanema que ellos crearon en una de sus canciones seguirá paseándose por el paseo marítimo de Río cuando el capitán-presidente esté criando flores.

Y en el mundo entero seguiremos tarareando su música.