El último abrazo

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Supo que se estaba yendo porque ya nada respondía. Dormía, se despertaba, a veces después de haber soñado, desayunaba. Todo parecía normal. Pero nada de lo que hacía lo hacía con entusiasmo. Escribía porque era lo único que sabía hacer. Y escribía y escribía, a veces con aplausos, otras con silencios y algunas veces salía por la puerta grande, a hombros de las mismas letras que pegaba en la pantalla del ordenador. Ellas eran agradecidas. Apreciaban cuando se las utilizaban bien y chillaban cuando no les gustaba lo él les hacía contar. Ahora quería decir que se estaba muriendo como esos peces que sacan del agua más de la cuenta. No, no estaba enfermo, ningún médico lo había diagnosticado. Pero no tenía ganas de vivir. No vale la pena. Me muevo, se decía, entre gente que siempre he conocido y que ahora apenas si me echa una sonrisa de conmiseración. Una amiga suya, que vivía en el fin del otro mundo, del auténtico, allá en el quinto continente, le daba a veces ganas de seguir cuando leía lo que él le mandaba. Pero ya hasta desconfiaba. Eran muy viejos amigos y ella quizá tenía compasión, que no pasión, y eso que las dos palabras están tan cerquitas. Cada día le parecía que decepcionaba más a más gente. Los besos de amor los veía en las películas, esas películas que habían alimentado su vida desde que muy niño iba a los cines de los mayores para que les enseñaran a vivir o por lo menos a sobrevivir.

Ahora se daba cuenta de que en realidad nunca aprendió a vivir. Había tenido muchas experiencias, había amado tanto y tan fuerte que los labios los tenía rotos de besar ilusiones. Pero ya nadie le besaba ni en las mejillas, como a los niños. No recibía un abrazo, de esos fuertes, abrazo de oso, desde que una tarde en una calle una muchacha inglesa joven y bonita se le echó al cuello y lo abrazo para no despertar. Cuando aquella primavera de su propia Praga guerrillera hubo terminado, la chiquilla le dijo con una sonrisa de anuncio televisivo y en un español simpático que perdonara, que le había abrazado así, tan repentinamente, porque era el día del abrazo. Qué desilusión.

Nunca más hubo abrazos para él. Y un día que, desesperado, saludó a un amigo que no había visto hacía dos semanas echándosele al cuello y abrazándole como si fuera ruso, los demás le miraron con extrañeza. Por lo bajines alguien comentó que ya no se sabía dónde andaban los gays. El abrazo fue frío, ni lo sintió. Y era porque ya no estaba existiendo. Estaba dejando de existir y cuando escribía tenía que pedir ayuda para que los renglones no saltaran y se fuera cada uno por su lado. Su amigo Sánchez Dragó, extraordinario escritor y hombre de mujeres, que se lo rifaban, le contó alguna vez que cuando le operaron a corazón abierto vio un pasillo muy iluminado y muy largo. Pero luego hablaron de mujeres, que era mucho más interesante, y nunca supo si Dragó llegó a hablar con algún empleado de Jesús, que es quien debía de tener a su cargo el paraíso.En ese momento se dio cuenta de que si Dragó vivía, sonreía, hablaba como nadie y expresaba ideas bonitas, es porque nunca había muerto y porque no se quería morir. Lo mantenía vivo el amor. Y el amor, el último una chiquilla, se le pegaba como aquellas almejas de la playa de Tánger, para no soltarse nunca. El amor era como el elixir de la vida eterna. Dragó era inmortal. Y lo seguiría siendo aunque un día se anunciara que había fallecido. Eso serían las apariencias, puñeteras apariencias de periodistas medio cocidos y de periodistas envidiosos.El, sin embargo, él se estaba muriendo por falta de gasolina. Ninguna mujer le sonreía, nadie le daba un abrazo, sentía más desprecio que aprecio y a menudo se le reprochaba que escribiera demasiado triste. Pero no sabía hacer otra cosa y a su edad ir a la escuela…

Miro el retrato en blanco y negro que le acompañaba desde hacía más de cuarenta años. Era el de una chiquilla que sonreía sin dejar ver los dientes que tan bonito eran, como si la hubiesen condenado a sonreírle únicamente con los ojos. Pero ella nunca le decía nada. Ni siquiera en la iglesia cuando, desesperado, se metía corriendo para charlar con Jesús. Él tampoco le hacía caso ya. No le preocupaba lo que pasara después de que todo hubiese terminado y de que sus dedos no volviesen a hundirse en el viejo teclado blancuzco del ordenador. Pero le hubiese gustado vivir un rato más, con más alegría, aunque solo fuese el abrazo de la inglesa que obedecía a una moda pasajera de abrazar a su vecino. Seis meses más de cariño, aunque fuese fingido, hasta con guión de la Metro Goldwyn Mayer. Ya no escribía, rechinaba de dientes, lloraba, imploraba.