El cojo que quería bailar

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Atravesó la calle y se metió en el bar que estaba frente al hospital, donde había pasado una parte de la mañana, arrastrándose con lo que le quedaba de dignidad y de fuerza en las patas, con dos enormes muletas como sostén.La gente estaba adormilada y no se oía más que el ruido del aire acondicionado. Se sentó en una mesa e hizo como que examinaba atentamente el menú y todas las existencias de la casa. El camarero de guardia, se le ocurrió que en fin de cuenta en los bares necesitaban que alguien asegurara las urgencias, como en los hospitales, le miraba mientras los párpados se le caían con el relente de los 40 grados de calor que hacía en la puerta. Estuvo pensando en lo que le había dicho la médica, una mujer joven, no más de 35 años, de nariz aguileña como a él le gustaban. “Sefardita”, murmuró para sus adentros. Era más que mona, interesante y pese a ser una chiquilla tenía los ojos de alguien que ha vivido porque no había más remedio. Sin embargo, llevaba una bata blanca impecable sin abotonar, como si quisiera que se supiera que tenía unas promesas de pechos insensatas y unos labios que parecían prometer el paraíso de Alá. Pero no le sonrió ni una vez, aunque tenía clavada las pupilas en sus ojos mientras le decía cosas que él no quería oír agitando un papel verdoso. La carrera de la enfermedad y la fatalidad de dejar de andar por sí solo. Volvería a ser un bebe tonto.

Hablaba, explicaba, le razonaba, como si estuviese convencida de que hablaban lenguas diferentes.Él estaba emborrachado de desgracia, un poco como cuando bebía el champán de los pobres con los canapés sobrantes de alguno de los cócteles parisienses a los que estaba obligado a asistir. Le habían encargado una rúbrica mundana por tres meses, el tiempo que un compañero regresara de un reportaje, y en París era un juego imbécil al que había que someterse.Ya le había hecho una entrevista a un iraquí que según la prensa, no la suya, claro, decía que era el no va más de la música antológica del mundo árabe. Lo bueno que tenían aquellos magnetófonos era que te daba igual las imbecilidades que pudiesen contarte. A la mañana siguiente escucharía y sacaría cuatro estupideces no muy evidentes para la rúbrica musical.

Era genial. No entendía nada de música árabe y le mandaban a informar sobre la estrella del momento que volvía locas a las vírgenes de Damasco y de Beirut. No le gustaba nada el champaña pero lo tomaba porque había descubierto que podía aguantar la noche entera sin emborracharse.No supo decirse por qué pero esas vírgenes de Damasco que se le habían venido a la memoria –¿habría todavía vírgenes?—le entremetió en los botones nacarados de la médica de bata blanca y profesionalismo evidente.Cuando iba a decidirse por tomarse un vino blanco peleón, ella apareció con un vestido plagado de margaritas. Se sentó a su lado como si fuera lo más natural y le convenció de que estarían mejor en su casa.

No era capaz de dejar de olerla. La bata la había trocado por una falda de mil flores y una blusa que cubría lo estrictamente necesario para entrar en una iglesia, confesarse y salir excomulgada.

Cuando subían hacia el primer piso de una casa de madera, pudo contemplarle las piernas, esplendidas, teñidas de sol. Antes de abrir la puerta le sonrió y, una vez más, él creyó en su Jesús que nunca le abandonaba ni cuando ella le había dicho un rato antes que su problema de cadera era de sillas de ruedas a corto plazo. A menos que se sometiese a unos ejercicios tan bárbaros que él se echó a reír.Ella no tenía ninguna intención vergonzante al invitarlo. Lo vio tan abatido, recordó lo que decía su expediente y le dio remordimiento, para algo era cristiana de misa matinal. Pero aquel tipo tarado le había hecho sentir lo que ningún hombre había conseguido.El piso era suficientemente grande como para pasarse allí la vida sin necesidad de ir al supermercado ni de querer nada más. Ella apareció de pronto con una niña en los brazos. Cuando le dijo que era su hija, esperó a que saliera el marido, pero solo apareció una muchacha de rasgos muy mexicanos que le sonrió como solo sabe hacerlo la gente pobre.

Se sentaron en un inmenso sofá rojo y rápidamente tuvo en la mano una copa.

Se bebió el güisqui antes de que la muchacha de la trenza mexicana tuviese tiempo de llegar con una botella de Perrier.

La doctora le sirvió otra dosis de caballo mientras ella se echaba un recatado vermut con soda y le contó la historia de la chiquilla.

–Estuve en una misión de Médicos sin fronteras al lado de Rio Bravo. Nos la encontramos vagando, apenas podía andar. Pregunté por su madre y me contaron que sus padres habían emprendido el camino de los Estados Unidos con la intención de buscar una vida mejor. La dejaron a cargo de una tía que falleció cuatro días después de una embolia pulmonar.

Me la llevé a casa y hablé con un oficial de la policía de la provincia con el que habíamos simpatizado. Me contó que los padres habían perecido en la frontera de Estados Unidos. Un tiro de más o de menos y se acabó. Le entregó las cédulas de fallecimiento que muy protocolariamente le había enviado el consulado de México.El futuro silla de ruedas no quería tener nombre porque nunca lo había querido tener. Se llamó Luis, Sergio, Manolo. Le importaba un carajo. Por lo tanto no atendía cuando le llamaban. Pero estaba pendiente de aquellos labios de la médica que le había dictado la muerte en silla de ruedas a corto plazo.

-La niña es hoy mi hija, adoptada con mil trucos, pero me importa un carajo. Estamos en el país de las trampas…

-Y por mí ¿qué vas a hacer? Regalarme una silla de ruedas con motor y teledirigida como la de ese Stephen Hawkins que tenía aquella mujer tan guapa.

-Ya es muy tarde para salir a comprar una. Quédate esta noche aquí y mañana veremos.

Entonces ella empezó a murmurar, en realidad estaba cantando algo que había improvisado: “Y cuando tengas la silla, cuando la silla sea tu universo, te llevaré en brazos a la cama y haré que creas en Dios y no solo en Jesús”.Cuentan que en aquella casa de madera vivieron la eternidad de la juventud que les quedaba por consumir y que todas las tardes, cuando ella llegaba se oía el crujir del suelo de madera que era como una oración, mientras bailaban con la silla que rechinaba como una promesa de felicidad.

 

 

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