Las damas del Coronel

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Las madres de la colonia eran las mejores alcahuetas del Coronel, quien no perdía ocasión para tratarlas a cuerpo de reina. El jueves a las cinco les ofrecía un sun- tuoso té del que se contaba que él mismo se había encargado de prepararlo mezclando las especies más ricas y raras. Lo que nadie sabía es que lo que aquellas damas tomaban no era más que un té corriente que el Coronel, a ratos algo avaro, compraba por kilos en Larache. Pero sabía adornar tanto aquella ceremonia llena de plata, manteles de lino que parecían no haber servido nunca, que las damas hubiesen dado cualquier cosa para estar presentes cada jueves. Sólo faltaban a esas meriendas en las que el salmón ahumado se cruzada con un caviar caspiano de lo más exquisito y con trescientas veinticuatro tipos de quesos, algunos menos de los que poseía Francia según el general Charles de Gaulle, aquellas señoras cuyas hijas habían caído momentáneamente en desgracia. Pero como el anfitrión era muy generoso, no tardaban más de dos semanas en reaparecer para ensayar su elegancia y su olor a sexo generoso con aquellas exquisitas tazas que parecían salidas de un cuento de la Cenicienta. Y cuando llegaba la hora de despedirse, cuando el té había sido reemplazado por champaña y licores de los más enloquecedores, ya bien entrada la noche, los oficiales de la guardia personal del amo de casa despedían a las señoras entregando a cada una de ellas un regalito que jamás se repetía.

Las mamás-amantes se marchaban encantadas. Durante tres o cuatro horas habían vivido una secuencia de las mil y una noches, servidas por soldados guapos y elegantes transformados en camareros con el estilo de los grandes restaurantes de París. Pese a todas estas precauciones y a estos rituales de lavado de imagen, durante los cuales se le veía tomar té con el mismo fervor que la reina de Inglaterra, de vez en cuando se desmadraban los rumores sobre la esposa del Coronel internada en un manicomio. Era lo que más irritaba al Coronel.

Más que se rumorease sobre sus tendencias bisexuales porque su guardia personal estaba formada por doce oficiales escogidos por su belleza y a los que vestía con toda la fantasía que le permitía el reglamento. También es verdad que a él le hubiese gustado ponerles uniformes inspirados directamente de Chanel. Aunque las malas lenguas decían que era un caprichoso al que Franco permitía cualquier cosa, la verdad es que el General no había hecho más que copiar por adelantado al general francés de Lattre de Tassigny, quien se había constituido en Indochina una guardia pretoriana que dejaba patitiesos a sus visitantes. El Coronel no era tan transparente como la gente se creía. Ese lado mundano suyo, ese derroche de lujo y de extravagancia ocultaba muchas cosas. La mujer del manicomio era una de ellas. Nadie sabía que tenía una doble vida. O hasta una triple. La policía política lo consideraba como un “anarquista” pero esta mención no figuraba en ninguna ficha del ministerio de Gobernación aunque sí su papel de fundador de la Falange de José Antonio Primo de Rivera. Cuando ya caída la noche se retiraba a sus apartamentos, se sentaba en un enorme sillón de cuero verde inglés. Era el único momento del día en que un ordenanza le retiraba las brillantes botas y le ayudaba a quitarse el uniforme. Lo trocaba por un esmoquin blanco copiado de “Casablanca”. Y mientras Sam tocaba una y otra vez aquellas notas inmortalizadas por la propaganda militar norteamericana, que salían en el palacete a través de altavoces incrustados estratégicamente en las paredes, un camarero ataviado como los del bar de Rick le traía una botella de Johnny Walker, siempre acorchada, nunca la misma –unos decían que era por superstición y otros pretendían que por miedo a ser envenenado—y una botella de Perrier, un agua en botella verde que le mandaban especialmente desde Francia. Al lado siempre había un recipiente negro acorchado lleno de cubos de hielo de impecable simetría. El camarero dejaba caer sin ruido dos trozos de hielo en el fondo de un vaso largo tallado en Murano. Exactamente dos minutos después, cuando el frío empezaba a impregnar las paredes del vaso, el coronel abría la botella y dejaba caer un generoso chorreón de güisqui en el fondo. Dos minutos más tarde el agua completaba el brebaje. El camarero ya se había retirado. Era el momento en que el Coronel tomaba las decisiones que al día siguiente aplicaría.

El güisqui le ayudaba a meditar. A veces se acercaba a un mueble que afirmaba haber pertenecido a la Pompadour, la favorita de Luis XIV, y del entramado de cajones secretos que lo conformaban sacaba una bolsita de piel de gacela que le había fabricado un viejo artesano de Tetuán. Dentro había seis balas aplastadas por el impacto y el tiempo. Eran los proyectiles que habían sesgado la vida de su hijo mayor, soldado raso durante la Guerra Civil. Tenía apenas 17 años y estaba lleno de ilusiones. Las mismas que un día tuvo quizá el Coronel, quien ahora ya no podía soñar o casi. Su último sueño era una andaluza que le había dado un hijo, un chiquillo que vagaba sin rumbo entre los mil escondrijos de aquel palacete. El Coronel ignoraba si aquel sueño podría seguir. Sabía y reconocía que era un enamoradizo empedernido y que aquella ginecóloga a la que había conocido dos años antes en una recepción ofrecida por el gobernador militar de Zamora en la Alhambra de Granada le quería con la pasión de las primerizas. Estaba convencido de que la amaba pero, como siempre que tamaña desgracia le ocurría, se preguntaba una y otra vez, delante de la bolsita de piel de gacela si aquel amor duraría. No estaba seguro de nada. Nunca lo había estado ni siquiera cuando siguió ciegamente, con un puñado de otros uniformados, el Alzamiento de Francisco Franco. Por si fuera poco, en esta isla donde todos sus habitantes eran números que no obedecían más que a sus caprichos, las mujeres se le rendían con una facilidad asquerosa.

Le hubiese gustado poder abandonar el teatro del uniforme, pero sabía que el día que se lo quitara los enamoramientos cesarían. Las mujeres se sentían atraídas por las leyendas que aquella guerrera suya que de vez en cuando vestía y en cuya pechera lucían los restos de dos discretas quemaduras de bala apenas disimuladas. Sus ordenanzas sabían que si las ocultaban con las condecoraciones se ganarían el infierno de sus broncas. Se sirvió otro güisqui con mucho hielo y poco Perrier. Pensó diez segundos en el hijo perdido y en la mujer loca. Y cerró los ojos. Luego, al día siguiente, cuando volvieran a sonar las cinco campanadas de la catedral, volvería a ser el indomable guerrero del antifaz. Hasta entonces podía llorar como un cobarde lo que nunca defendió por miedo, pereza y conveniencia. En la habitación inmensa y llena de fotos de actores y actrices, no quedaba ningún testigo. Bueno, sí, pero ni el Coronel lo sabía. O hacía como que lo ignoraba, que era mucho más fácil. Al fondo de la inmensa estancia, alguien le observaba casi siempre, a hora fija, como los trenes que ya empezaban a querer ser europeos, desde un cuartillo que servía de guardarropas. Era un niño de siete años de edad. Tenía una graciosa melena rubia y siempre estaba impecablemente vestido con un pantalón corto de terciopelo y una camisa de seda. Hacía meses que a la misma hora, justo antes de que el general entrase, se encerraba allí y por una celosía observaba durante la hora y media que duraba la ceremonia. Luego, tan calladamente como había entrado, salía y bajaba al piso inferior. Una niñera vestida con riguroso uniforme de nany inglesa, le tomaba por la mano y sin mediar palabras bajaban a la calle. Un largo coche negro les esperaba y les conducía a la parte alta de la ciudad. La muchacha a la que habían confiado su educación le adoraba y era cómplice de aquel capricho. Cuando llegaban a una villa rodeada de cedros del Líbano, el coche entraba en un inmenso jardín donde una mujer esperaba. Era de estatura mediana y a la luz de las farolas se adivinaba una belleza que Julio Romero de Torres hubiese encerrado en un cuadro. Morena, con el pelo recogido en un moño a la cordobesa, vestía siempre con una elegancia exquisitamente modesta. El vestido por debajo de la rodilla servía para resaltar unas piernas largas y apetitosas.

Doña María sabía que el hombre más poderoso de la isla se enloquecía por ella. Le amaba como se ama lo que nunca se tendrá pero que te da la impresión de que vas a tener para siempre. No le había conquistado el uniforme lleno de glorias pasadas o futuras, empapado de la sexualidad de las batallas. Ella no se sentía alma de Penélope y odiaba a los Ulises de pacotilla que adornaban la nueva España dibujada con la sangre de un millón de muertos. Quería ser la Doña amada, querida y respetada. Cuando el Coronel se le insinuó más de la cuenta lo paró en seco. Entonces le pidió que la respetara. La había encontrado virgen en su camino y tendría que quererla como se quería y amaba en las novelas. Desde aquella primera noche, en que el esperma militar de monje cartesiano empezó a conformar un ser chiquitillo pero rubio y muy vivo, el Coronel creyó que su vida estaba en aquella casa discreta de la calle Falange Española, antes Goya, en la que siempre era recibido al cabo de una escalera empinada por una casi centenaria criada eternamente vestida de negro asexuado. Las botas negras y estiradas por el charol resonaban en el mármol del salón antes de que apareciese Doña María, que le trataba de usted delante de la servidumbre y que una vez encerrados en la alcoba, sin botas ni guerrera de héroe, se lo comía a besos y se abría como si respirar fuese esencial para el hijo que estaba en camino.

(De la novela “Calle Falange Española”, del mismo autor)

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