La trampa

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

A veces, muchas veces, más de las que piensas, más de las que querrías, te dan ganas de salir corriendo, de cambiar de sitio, de abandonar el lugar donde has vivido tantos años, toda una vida diría Machin. No sabes por qué porque te consta que no cambiará nada. Estés en una isla africana o en Roma, qué más da.Sabes, te consta, que todo seguirá igual, que lo tuyo no es una película.Si hay una cámara y un director para vociferar siempre es distinto. Acuérdate de cuando en “Vacaciones en Roma” el periodista Joe Bradley se enamora de la princesa que encuentra dormida en un banco de una calle romana, donde hace de noche porque para eso están los focos. Se enamora primero y en realidad de la hechura que puede tomar su vida si consigue convertir en primera plana a aquella loca La trampa que no sabe dónde está. Le hubiese dado igual que se hubiese tratado de la Reina de Inglaterra pero esta es más mona (Audrey Hepburn) y tiene más misterio. Destino no hay más que uno por persona y el rezo cristiano de que puedes cambiarlo, de que puedes hacer lo que te de la gana, es una mentira de confesionario. Ya le hubiese gustado a Jesús. Si hubiese podido escapar al destino que le prometía el mariquita de Poncio Pilato no lo habían mal clavado en una cruz y él no hubiese tenido que aullar en un llanto: “¿Padre, por qué me has abandonado?”.Tú, que no eres Jesús ni te van a crucificar sino peor, has pasado toda tu vida en París, ciudad maravillosa cuando no estaba plagada de turistas japoneses con muchos yenes que tanto les gustaba a los joyeros de la Rue de la Paix. Era tu destino, antes de que vinieras al mundo, y eso que fue en la isla africana donde ahora te has refugiado. No es que nadie lo hubiese elegido por ti. Era así y punto. Y estaba dicho que un día te encontrarías a muchos kilómetros de las palmeras, intentando hablar francés para sobrevivir.

No se escapa al destino, por mucho que los católicos quieran creerlo, por mucho que cuatro listos que no cogerían un autobús ni en una cuesta de Luis Buñuel te lo repitan cada vez que se te viene el alma a los pies. Lo único que sucede es que el destino debe de tener también un sentido del humor y quiere jugar con nosotros. Incluso cuando está chistoso te hace creer que te dejará elegir. Elegiste París cuarenta años atrás, pero era falso. Si tomaste un barco que iba a Marsella en lugar del carguero que a su lado se disponía a zarpar para Nueva York no fue por casualidad, porque eras tonto o porque el billete estuviese en saldo. Cuando llegaste al muelle de Tánger, creíste que elegías el barco que te daba la gana. Y entonces el destino quiso darte una lección.

El castigo fue que finalmente, después de esos cuarenta años hinchándote de Torre Eiffel, viniste a parar a esta isla africana donde las gaviotas, las más listas, porque hay otras que dan para poco, hablan todas las lenguas y dialectos nórdicos como la gente con la que diariamente toma el sol en la playa.

Tienes ahí al lado una foto tomada hace cosa de treinta años en una conferencia de prensa en La Habana, cuando Fidel Castro te entusiasmaba. Al fondo de la sala está Olimpia, con la que pasaste una noche entera hablando de Jesús y de vuestras vidas. También creíste que ella formaba parte de tu destino. Que estábais enamorados. Al día siguiente te llamo para decirte que acababan de destinarla a Cabo Verde. Ella tampoco formaba parte de tu destino al que intentabas escapar una vez y otra, como si el destino fuese tonto y no supiese de qué iba el cuento.Se te está acabando la cuerda y el destino sigue desarrollándose como aquellos hilos que tejía Penélope, consciente de que su destino era seguir haciendo alfombras para turistas adinerados y esperar a que su descocado Ulises apareciese de una vez para quitarla de trabajar. Ulises apareció al cabo de veinte o treinta años, que Dios sabrá. Y porque se lo inventó el poeta Homero, que tampoco sabemos si era muy real.

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