En el nombre de la hija (cuento moral norteamericano)

Sergio Berrocal

El agente examinó a la niña de apenas dos años que había sido imposible arrancar del cuello de su padre con el que se había ahogado con la cabeza metida en la camiseta del hombre. El padre había tratado de protegerla hasta el final. Los dos se habían ahogado a orillas del rio Matamoros. Eran salvadoreños y trataban de llegar a los Estados Unidos, al ladito de Mëxico. Para meterse en una aventura tan difícil, el papá debía de haber visto alguna película norteamericana en blanco y negro, donde al final se impone la bondad de los norteamericanos, aunque no haya ángel por medio. O estaba más desesperado de la cuenta. El agente tenía hambre y le dijo a su compañero que ya se ocuparían los servicios sanitarios. Qué él tenía ganas de una hamburguesa gigante con muchas patatas fritas. El otro, recluta que nunca había visto un muerto, tenía ganas de vomitar pero calló y le siguió al chiringuito donde Manuela, con su mejor sonrisa, daba de comer a toda la tropa que impedía la infiltración de emigrantes.

–¿Tú crees que la niña habrá sabido que iba a morir? Tenía solo dos años. Yo tengo una hermanita de esa edad…

— Manuela, estoy hambriento, date prisa…

Miró con un profundo desprecio al joven policía, con la superioridad de quien ha guerreado en Irak, en Siria y en tantos otros sitios.

–Esa gente sabe a lo que se expone…

–Pero tenía dos años, era una niña…

El muchacho estaba a punto de echarse a llorar pero se contenía como podía.

–¿Crees que se habrá dado cuenta de que iba a morir, y quizá que su padre ya se había ahogado cuando la arropó con su camiseta para protegerla?

— Manuela, no hay nadie que le consiga dar a las patatas ese gusto… Eres la mejor.

— ¡Y yo qué coño sé!

— Pero era una chiquilla, como mi hermanita…

Bud, el jefe gordo masticó ruidosamente y se limpió la mostaza que le caía sobre la estrella plateada:

–Es la vida, John. Esas cosas ocurren en todas partes. Mira, en Europa hay muy a menudo niños y mayores ahogados en el Mediterráneo, que es un mar que separa a África de Europa… Es la vida. Nadie quiere que ocurre. Pero ellos se empeñan en correr esos riesgos para buscar una vida mejor.

–¿Habrán tenido tiempo de rezar y de arrepentirse de sus pecados?, insistió el joven.

–¡Qué cosas se te ocurren! Si hubieras visto todos los muertos que yo he visto en esas guerras de árabes sabrías que te matan y no tienes tiempo de nada…

–Pero ellos no estaban en ninguna guerra. Solo querían entrar en Estados Unidos, como todos esos latinos que viven aquí. Una niña de dos años no abulta mucho. Podría estar ahora comiéndose una salchicha, porque seguro que no habían comido nada desde que salieron de su país, al otro lado, lejos, de Rio Bravo.

Gruesos lagrimones caían sobre la camisa gris del muchacho. El gordo ya había engullido la hamburguesa.

–No te pongas así, hombre. Mira, nosotros estamos en la frontera precisamente para evitar que la gente corra esos riesgos insensatos. Trata de ver las cosas de otra forma. ¿Tú te hubieses puesto a atravesar el rio llevando en tus brazos a una hija tuya?… Es gente que no tiene principios, que además cree que basta con atravesar y ya vas a llevar una vida de puta madre. ¿Sabes cuántos extranjeros acogemos a diario en Estados Unidos? Escucha al Presidente y te darás cuenta de que no podemos. Hay que frenar esta emigración. Piensa que esa niña podría estar ahora jugando en su casa si el cabroncete de su padre no se hubiese tomado por Tarzán.

— Pero seguro que tenían hambre, seguro que no lo hicieron como tú y yo vamos a dar un paseo con nuestra familia. Seguro que pensaron que no les quedaba más remedio y prefirieron jugárselo todo a una carta.

El barullo en el chiringuito no cesaba. Otros guardas fronterizos entraban y salían y miraban con cierto asco las lágrimas que el muchacho ya no podía contener.

–Mira, el viejo Bud te promete que haremos una colecta para que esos dos tengan un funeral decente, con velas y todo. Y avisaremos a todos los chicanos que conocemos en el pueblo y ya verás qué funerales van a tener. Ahora tienes que calmarte. Hace ya un rato que el teniente Laurent nos mira muy cabreado. Date cuenta de que es un mal ejemplo para los compañeros. Esto ocurre todos lo días.

El teniente no tardó en acercarse a ellos con caras de pocos amigos.

-Oiga, John, usted es un soldado y esto es una guerra. Protegemos nuestras fronteras, protegemos nuestra patria, protegemos a los nuestros, como siempre hemos protegido a todo el mundo, en Irak, en Afganistán, en cualquier parte. Somos los justicieros no los malos.

Antes de dar media vuelta miró las lágrimas de John y con un espantoso cabreo le espetó;

-¡No se da cuenta del espectáculo que está dando usted! En todas las guerras hay muertos. A las 8.oo preséntese en mi despacho. Le mandaré al hospital. Es solo que está usted un poco nervioso… La niña y el padre no los hemos matado nosotros. Ha sido un accidente y eso no lo podemos evitar. ¿Usted es practicante? ¿De qué Iglesia? Pues luego cuando llegue a casa recé y verá cómo se siente mejor. Y tenga en cuenta que nosotros somos los buenos. Que nosotros somos los salvadores del mundo. A usted lo que le hace falta es una buena guerra como en las que hemos estado Bud y yo… Ya verá lo que es morir de verdad. Aquí no ha habido muertos. Solo dos ahogados. La fatalidad.

Manuela salió sonriendo de la cocina con dos enormes hamburguesas que el grueso Bud le había pedido por señas. El negocio funcionaba aquella noche como nunca con los enviados especiales que habían llegado por la tarde.

Ella también había llegado hacía un montón de años como clandestina procedente de El Salvador a través del rio. Pero entonces no era tan difícil.

De todos modos, ahora la vida era bella. Y los Estados Unidos un gran país.

Dos días antes del accidente que llenaba su establecimiento le habían concedido la Tarjeta Verde, documento de permanencia en los Estados Unidos con el que sueñan todos los extranjeros, especialmente los latinoamericanos. Como para no estar contenta.