Angola y el camino del hombre libre

Mauricio Escuela | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Cuando el último soldado cubano, que cruzó el Océano para cooperar en la libertad de Angola, dejó las costas africanas, ambas naciones iniciaron un proceso de cooperación basado en el entendimiento, en un nuevo tipo de diplomacia que se distanciaba de la establecida en el Tratado de Berlín de 1885, el cual repartió el continente más rico del mundo, entre las potencias. «Nunca ha habido descubrimientos,/África fue creada con el mundo», rezaba un verso del poeta Agostinho Neto, que más de un soldado cubano grabó en los diarios de campaña, muchos de los cuales pasarían a conformar memorias, libros, documentales, ilusiones al vuelo llevadas de la mano del heroísmo. En las tierras selváticas y calurosas quedaban los más de 2 mil hermanos caribeños caídos por un nuevo mundo. Estados Unidos, que regenteaba al régimen del Aparheid en Sudáfrica y le proporcionó bombas atómicas, propuso a Cuba que se retirara a cambio de levantar todas las sanciones económicas contra la pequeña nación del Caribe, pero el último soldado cubano solo abandonó África, cuando oyó cómo un maestro le enseñaba a los niños angolanos los versos de Neto, con la libertad y la paz conquistadas:  «Yo soy. Existo/Las manos ponen piedras fundacionales del mundo. /Tengo derecho a mi pedazo de pan». Había concluido un ciclo, más de 500 años en los que el negro, constructor de la riqueza, apenas comía para vivir. Cuba, la tierra donde tantos angolanos cayeron bajo el sol del esclavismo o los disparos del coloniaje, regresó para escribir una nueva historia en Cuito Cuanavale, en las luces de un combate que, por primera vez en África, libraba un país extranjero por la libertad y no a cambio de recursos. Hacía poco tiempo que el continente negro se relacionaba con el país caribeño, ya que antes de 1959, Cuba solo tenía una embajada en El Cairo, Egipto, pero para fines de los años 60 e inicios de los 70, la colaboración se intensificó y la nación del Caribe devenía en lo que el propio Comandante Fidel Castro llamó «un país afrolatino», en justa alusión a las deudas mutuas entre ambas orillas. África, la creadora de la riqueza del mundo, no solo contó con las tropas cubanas para expulsar el proyecto hegemónico sudafricano (un país fuerte y blanco, rodeado de satélites negros subordinados a Occidente y los Estados Unidos), sino con miles de oportunidades de estudio y becas en Cuba.

En La Habana se formó el nuevo personal angolano que sostuvo las instituciones boicoteadas por el coloniaje, los médicos, los cuadros políticos, los abogados, el mundo que salía hacia la madre patria negra. Los africanos, los angolanos en especial, iban hacia la isla con la «libertad en los ojos/el sonido en los oídos/ de las manos ávidas sobre la piel del tambor», como en peregrinaje a las palabras del poeta fundacional, que entendió la maravilla de la naturaleza del esclavo liberador de sí mismo y del universo. Agostinho Neto, años atrás, había celebrado que los mercenarios al servicio del imperialismo no establecieran su dominio sobre la capital angolana, lo cual hubiera llevado al negro a condenarse a sí mismo, como ocurrió a inicios del coloniaje. A Cuba y Angola las unieron el poeta, la lucha y el brillo de la vida celebrada. Uno de esos soldados cubanos le narraría, décadas después, a un médico internacionalista, acerca del olor del almuerzo abandonado por los colonialistas sudafricanos, cuando huyeron en desbandada hacia el Sur, sin siquiera mirar atrás.

Y el médico, con aquel brillo nuevo del relato, iría a las tierras selváticas, para atender a los tantos miles de africanos que asisten a su segunda independencia: la del desarrollo, la medicina, la educación, la equidad y el acceso a las metas que establece la Humanidad para una vida digna, en medio de un sistema que intenta reproducirse y recolonizar los mismos territorios que dominara en el pasado. Con los acuerdos de Cumene, Pretoria firmó una paz en la que Cuba tuvo un papel imprescindible. La libertad fue la causa que por primera vez se expandió por el continente, hasta desbaratar las apetencias de la élite del Aparheid, obligando a los sudafricanos a unas elecciones democráticas que marcaron los límites de la leyenda. De aquellas historias, Occidente no quiere acordarse e invierte millones en apagarlas.

África se hacía a sí misma, según las tesis del filósofo Jean Paul Sartre acerca del hombre libre y que fueron el caldo de cultivo también de la Argelia independiente. Los restos de Carlota, la esclava lucumí que lideró una sublevación en Matanzas un siglo antes, tornaban a la vida. Aún hoy, quien camina por Angola, encuentra mujeres llamadas Carlota, y no pocas de ellas son poetas o maestras, que murmuran los versos de Neto: «Sigo, con hombres libres, mi camino por la libertad y por la vida. /Perdóname cinco minutos de locura. /He vivido».