Adiós rabioso a la nostalgia de Coppelia

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Vivo en Europa. Soy europeo. Es un conjunto de países donde hay pobreza, enormes riquezas y países que pertenecen a la Unión Europea, de la que forman parte hasta los viejos países otrora comunistas porque ya no hay Unión Soviética y de algo hay que vivir. Este verano, el gobierno español ha hecho saber que destinaba una partida de muchos millones de euros para que los niños de las escuelas, donde suelen comer gratuitamente a mediodía cuando hay clase, puedan seguir manteniéndose cuando ya estamos en vacaciones de verano y los comedores de las escuelas están vacíos y cerrados.Hay mucha justicia, somos libres, pero también pecamos de injusticias y a veces la llegada masiva de emigrantes de los países más pobres plantea muchos y lastimosos problemas porque las arcas del Estado no son extensibles. Pero vivimos con la libertad de lo posible, en medio de un sinfín de problemas políticos porque conjugar 26 países es un rompecabezas todavía no resuelto. Algunos países subsisten del turismo, pero ya están frenando la llegada de extranjeros para tomar sol y playa porque destruyen el medio ambiente, hacen que mucha gente tenga que abandonar sus casas de siempre porque los alquileres aumentan extravagantemente para estafar a los turistas que solo vienen por temporadas.Pero somos libres de gritar a la mar morena y de patear a los gobiernos de turno. Es lo menos imperfecto que conozco de libertad. Porque, al contrario de lo que creen algunos países todavía no acostumbrados a la democracia plena, la libertad se ejerce en función de los demás. No es libertinaje ni pasotismo. Ni comunismo. Entonces cuando un lector cubano de peso intelectual, a quien por supuesto adoro y por el que tengo el mayor respeto profesional, me escribe diciéndome que he estado “irrespetuoso” al quejarme amargamente de la remodelación que acaban de haber en La Habana de uno de los lugares con más solera de la ciudad, la heladería Coppelia, porque yo no la hubiese convertido en algo que se me parece a Disneilandia, con pinturas sin sentido y otras cosas que lo tienen menos, me sale el miserable que Victor Hugo nos legó a todo los europeos y contesto que el irrespeto es no respetar la opinión respetuosa, respetable y sobre todo cariñosa de los demás.

Desde que Cuba descubrió el turismo parece que mucha gente considera que hay que inclinarse hasta el suelo delante de los visitantes con tal de que te den una moneda. Eso se llama mendicidad.Desde que Cuba descubrió oficialmente, con Fidel Castro esos “descubrimientos” habían quedado postergados por vergüenza serrana, que llenar hoteles con gente, sea cual fuera, cobrándoles lo que un cubano o un turista europeo medio no puede pagar, eso se llama granujería y no estafa. Muchos turistas de clase media europea, los antecesores de los norteamericanos, prohibidos por un capricho de Donald Trump durante un ratito, ya tienen que hacer muchos esfuerzos para alojarse en los hoteles en que se alojaban antes, para comer lo que comían antes o beberse doce daiquiris donde les de la gana. Sí, señores del jurado, la cosa que han hecho ustedes con ese monumento al buen gusto y al romanticismo que se llamaba Coppelia no estaba en ningún programa de gente sensata. Pero como a los norteamericanos les gustan los colorines y las estupideces tipo Coca Cola light de su presidente, hay que darles gusto.

Pero cuando se gobierna, aunque sea su casa, hay que saber. Hasta hace tres días y medio, hasta la muerte de Fidel Castro, la práctica de la homosexualidad en Cuba era delito. Tanto que el más valiente cineasta de ese país, Alfredo Guevara, compinchado con el propio Fidel Castro, abrió las compuertas de la transigencia con la película “Fresa y chocolate”, la historia de amor entre un homo y un joven “normal” y comunista..

Y, entonces, de pronto, cuando antes ser homosexual merecía y tenía derecho a una paliza e incluso a un exilio en un lugar especial, fuera de toda circulación, para que nadie se contagiara, se decreta por ley no solamente la libertad total para los señores que tienen esa opción sexual sino que se les construye hoteles para que puedan pasar largas temporadas en Cuba ejerciendo su sexo. Miren, ustedes, señores que dan lecciones a troche y moche, la libertad consiste en hacer lo que uno quiere cuando quiere, no cuando el Estado lo decide como truco nada elegante para sacar dinero a los turistas.¿Se dan ustedes cuenta de que pintarrajeando Coppelia le han sacudido el polvo de muchos años que tan bien le sentaba, el encanto romántico, viejo de película en blanco y negro que tenía? ¿Se dan ustedes cuenta, oh grandes mentes que iban a traerse a Hollywood para rodar en Cuba y todavía están esperando, que destruyen un cachito de esa Habana que los viejos amábamos tanto, aunque tuviésemos que esperar lo que hubiese que esperar para tomar un helado de fresa y de chocolate, dos gustos que se convirtieron en el símbolo de la libertad sexual en Cuba en 1993. Un amigo español, que por su profesión ha viajado a Cuba más que un piloto de Iberia, me hablaba ayer mismo de lo que llama la sucursal de Coppelia en Varadero “donde íbamos con los niños a tomar helados sentados en los banco, cuando Varadero no era un contubernio para turistas europeos y canadienses y el único hotel que había eran unos bungalows con chiringuito al borde de la playa”.

Lo que mi amigo dice, lo que se le escapa por las teclas, se llama nostalgia.

¿Y yo soy un impertinente, un irrespetuoso porque quiero que no me arranquen ustedes mi nostalgia?

Pues, miren, escuchen, lean, mi edad, la que muchos tienen cuando empiezan a pensar, me lleva a decirles que ni me van a destrozar mi nostalgia ni me la van a prohibir.

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