Ay, mi Coppelia

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

No acuso a nadie porque no sé, pero el caso es que me están jodiendo mi Habana. Acabo de ver fotos de la nuevo Coppelia y se parece a un parque de atracciones europeo, con brochazos de colorines, taburetes como si fuésemos al cabaret de mentirijilla. Que, no, oiga, que no, que yo quiero que me devuelvan aquel lugar un poco añejo donde se entraba como se podía y si cogías una mesa tanto mejor, aunque fuese a empujones. Me entero además de que pronto Cuba va a tener un primer ministro, como cualquier país europeo. Entonces ya se puede esperar todo, porque los primeros ministros, salvo Churchill cuando se chuleaba de “sangre, sudor y lágrimas”… Imagino que cualquier día me quitan el restaurante con escalerita metálica que hay frente al Hotel Nacional y a los camareros los cambian por muchachitas yanquis con patines. Ya no le hablo de esos hoteles al lado de los cuales mis habituales Nacional y Capri son pensiones para familia con escasos recursos. Lo juro por la Virgen de la Caridad del Cobre, que no se si entretanto no se la habrán llevado de la catedral que esto no hay quien lo entienda para ponerla los ángeles saben dónde.Siempre me han asustado mucho los genios que quieren cambiarlo todo. Yo creía que habría alguien para decirles que porque Obama estuvo por La Habana en cuyo paseo maravilloso desfilaron figurines de Chanel la ciudad de los quinientos años no puede convertirse en un circo. Recuerdo los tiempos de las diplotiendas, que eran lugares donde sólo tenían derecho a comprar los diplomáticos y los periodistas extranjeros, aunque media Habana compraba allí más o menos lo que podía o le daba la gana a través de uno u otro amigo. Siempre me parecieron lugares para turistas encerrados en jaulas de seguridad ambiental.

Lo mío, lo que yo prefería, era tener que buscar el güisqui en una tienda de la Marina Hemingway o comprar tomates desde una carretilla que pasaba por la puerta de mi amigo Chango, en Playa. Era más excitante.Ahora me cuentan que hay hoteles donde dan ganas de limpiarse las suelas de los zapatos antes de entrar. En mis tiempos, los forzudos agentes de seguridad del Nacional no querían dejar entrar a los cubanos, y sobre todo a las cubanas. Tenían aquellos tipos una mentalidad perversa. Cada vez que yo llegaba con una señorita amiga y me paraban tenía que explicarles que era mi ayudante para una conferencia sobre el periodismo del Caribe visto desde el Malecón. Aunque parecían un poco brutos creo que la dejaban entrar porque me veían con cara de querer armar escándalo, aunque la verdad es que de una bofetada me hubiesen sentado en el loby del Capri, donde por cierto nunca tuve problemas con las amigas que a veces me acompañaban.

Estoy seguro de que aquellos agentes de la autoridad hostelera no sabían que en Cuba existía una institución llamada jineteras, porque aunque ustedes no se lo crean, me dirijo a mis doce lectores de Winnipeg, la prostitución nunca ha existido en este país del Caribe. Había, eso es cierto, doy fe, unas muchachas que después de salir de la facultad iban a pasear y muy amablemente y siempre estaban dispuestas a enseñarte cosas que tú no conocían de La Habana. Y con una sonrisa que carcajéense de Esther Williams.

Hoy, ahora que van a tener un primer ministro, creo que hay una prostitución telefónica con precios no aptos para todos los bolsillos.

Fíjense lo retrasaditas que eran las autoridades de aquellos tiempos, les hablo de 1993, más o menos, que hubo un proyecto muy vistoso de filmar una película sobre las jineteras, el monumento cubano más conocido en el extranjero, y quien fuera lo boicoteó. Acababa de proyectarse “Fresa y chocolate”, que acabo con la veda de los homosexuales gracias a la valentía de aquel tipo llamado Alfredo Guevara, sin el cual el cine cubano ya no ha vuelto a ser lo que fue. Me comentaron que los que se oponían a todas estas libertades maravillosas con más fuerza eran los más viejos del partido comunista. Qué gente más rara, oiga.

Y ahora, díganme ustedes ¿cómo voy a llevar a mis amigos a un paladar prohibido, uno de esos comedores que las cubanas listas convertían en un restaurante de lo más delicioso, que cuando yo lo conocí estaba medio oculto por la maleza de las prohibiciones y donde te ponían unos daiquiris que ríanse ustedes de los bares del centro, por mucho que Hemingway hiciera escala en algunos de ellos? Ahora por lo visto todo está permitido o casi. Nos quitan todas nuestras emociones.

Soy de la vieja guardia Art Deco que considera que lo que está bien para que querer mejorarlo a riesgo de joderlo.

¿Se dirá todavía jinetera o se habrán convertido en algo así como empleadas del sexo? A menos que las hayan prohibido, siguiendo las costumbres de Europa, donde hay algunos sitios donde te pueden meter preso un ratito, o por lo menos ponerte una multa, si se te ocurre acercarte a una señorita de mal vivir A menos que este en lo que elegantemente se llaman puticlubs. Pero no nos quejemos. En Europa pueden detenerte por delito sexual, es decir por tirarle un beso a una muchacha e incluso decirle uno de esos piropos en los que los albañiles españoles eran artífices con el grado de catedráticos. Ahora me dicen que ven pasar debajo de sus andamios a lo más bello del género femenino y se callan.

Qué tiempos.

Por cierto, en el nuevo Coppelia, ¿siguen sirviendo un fresa-chocolate o se considerará como un atrevimiento sexual con derecho a multa?