Los ojos del padre

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Los ojos del padre miran descarriados hacia un lado, como si quisiera ocultar la vergüenza de no poder sonreír al niño, su hijo, que está a su lado y lo mira sin comprender. Es un fotograma de la película “El ladrón de bicicletas”, una película que probablemente casi ninguno de ustedes han visto o recuerdan. La guerra mundial, la segunda, había terminado y los italianos lo pasaban muy mal. El hombre que mira descarriado, con sombrero, como un caballero, sentado en la acera, no se había manejado hasta ese momento de la película nada mal. Tenía un trabajo y su familia comía. Qué más pedir en tiempos de hambruna. Pero su trabajo necesitaba de una bicicleta para el trayecto, porque si no no hubiese llegado nunca. O hubiese llegado al taller cuando los demás salían. Es la historia de la miseria. La bicicleta se la habían robado y él, a su vez, había querido robar otra para poder seguir dando de comer a su gente. Pero le habían cogido, los pobres nunca ganas, ante la vergüenza del niño-hijo que le miraba sin comprender, o más bien sin querer comprender que aquel hombre que era toda su vida podía ser ladrón.

Los hijos somos muy severos con los padres. Bueno, yo no tanto. No sé lo que habría dado porque mi padre hubiese sido el señor ese del sombrero y de la desesperación en lugar de un coronel con fusta de mando. Porque nunca le vi una mirada que hubiese podido compararse a la del ladrón de bicicletas, que parecía comerse las lágrimas. El mío, mi padre, nunca lloró delante de mí. Yo lloraba por él, porque creía que no me quería, que era un estorbo. El tiempo me daría razón, pero seguí hasta el final esperando verle la mirada perdida del actor de “El ladrón de bicicletas”.

Ya sé que las miradas de las madres son más enternecedoras. Son las que crían, las que padecen, las que paren. En aquellos años, que eran más o menos los de la película, yo era el principito de mi casa. Pero pasé los ocho años que viví con él esperando una sonrisa, una mirada de miedo, de amor. Porque hay en los ojos del actor de las bicicletas más amor que en todas las películas que Hollywood ha rodado para probar que el amor no fue solo una invención de novelitas de madres queridas e hijos abandonados.

Me enamora la mirada de un padre, aunque sea la del vecino que vino hace algún tiempo de Bangladesh o sus alrededores para buscarse la vida en esta Europa en decadencia. Y adoro cómo el niño lo mira cuando él le sonríe o le dedica unas palabras que aunque no entiendo sé que son de amor del más sagrado. Del que sentía Jesús por la gente.

En cada hombre bueno, en cada padre que se preocupa por sus niños, hay un mucho de aquel profeta de Belén al que le atribuían aquellas palabras tan cinematográficas: dejad que los niños se acerquen a mí.

El autor de aquella mirada cuajada de lágrimas en “El ladrón de bicicletas” era un actor no profesional, sería sin duda su primera película, Lamberto Maggiorani. Ya ha muerto. Pero seguramente antes de irse se enteraría de que aquella escena de “El ladrón de bicicletas” ha pasado no a la historia del cine, que finalmente no es más que una enciclopedia, sino a la ternura de millones de personas. Me pregunto si el director de la película, Vittorio de Sica, se enteró de que había filmado la mirada más bella de todo el cine conocido hasta entonces.

La mirada del padre, la pena del padre, la rabia del padre, el dolor del padre, visto por los ojos sin lágrimas de un niño.

Los padres también lloran.

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